Días de Reencuentro en Ziquítaro


Jesús Narváez Ruiz
y
Marisela Martínez Campos

DÍAS DE REENCUENTRO EN ZIQUÍTARO.

Son las colgadas tardes de aire fresco de la sierra que,
dichosas se muestran en sabios rostros
que deambulan, con noble afán,
por la línea zigzaguearte de la vida:
Vuelan, se van siguiendo el pan conquistado con dolor.
Construyen. Hacen hogares lejanos.
Añoran volver, precipitarse en jubilosa serpentina y,
protegidos con la melancólica presencia
del clemente abuelo que es el Cerro del Metate:
A colgarle luces decembrinas,
Hacerle un nacimiento en su alargada falda.
Aquí, insisten en despertarle: con fiestas de sonidos.
Tus hermanos bajan de la sierra entonando sones abajeños.
Las calles, antes solas, muestran su alegría.
Sin confundirse los pasos van al centro de la plaza.
Comulga el gusto por volver a saludar la mano del amigo.
Reencontrar al pariente que se fue. Volver a vivir.
Many toca y esta vez, del fondo de la casa le contestan.
Se encuentra con su tía fiel. Torrente de felicidad.
Velar. Esperar impacientes el año por nacer.
Viandas generosas comparten familiares y vecinos.
De repente… a borbotones…
se escuchan las descargas en la noche…
Volver a velar la virgen en los barrios:
Salen los gabanes y los cohetes.
(El barroco mexicano se apodera de su altar).
…Un grito rompe el velo de la noche…
(Intimidar quiere al poderoso Orión)
El rojo encino resiste la mañana rota por la sonora cantata de las
horas.
Antes de esconderse la Cruz del Sur.
Diligente el molino empieza la mañana.
Mujeres rebosantes pasan con su masa.
Les espera el fogón. Se escapa el humo de las casas.
Lunas simétricas brotan de sus manos.
(Otras chimeneas se quedan dormidas,
quizá, mañana, las puedan despertar)
Sin cristiana misericordia,
Margarita anuncian chicharrones y sangre guisada en el estanquillo
rojo de la plaza.
Imitando al tenor, informa Don Amado la madera de Purépero.
Adormilado prosigue incesante el día.
Ágiles manos, a la sombra del sabino, limpian dulcemente la muda
del camastro.
Salen, alegres los jóvenes jilgueros a lavar sus camionetas.
El ojo de agua enjuaga y perdona los pecados.
Retoman, en faenas, las tareas pendientes:
Un eterno reconstruir se ve en los eternos rivales:
En la plaza, siempre inacabada y en el templo deformado.
Lalo, como antiguo heraldo, nos convoca a cooperar.
Jubilosos, el domingo pintan el arco que da la bienvenida Ziquítaro a
sus hijos. Benito nos recibe con afecto.
Azules los rebozos acompañan, en la tarde, el rosario de angustias y
alegrías.
En marcha forzada sigue Don Juanito a Mago. Dejando atrás a mi
comadre y Don Amado.
Todos quieren ser los primeros en llegar.
Bajan de todas partes; de los Nopales Altos, de la Penca, la Viscosa,
los Guanumos, del Chorro y hasta del Mirador
Silviano, toma la palabra. (Es el Maestro).
Quiere, como Jürger Habermas, reconstruir: tomar y reencontrar el
mundo, su mundo… el de todos.
Apocalípticamente amenazado
En su diminuta arca retrata al tiempo.
No lo deja escapar. Millo no se escapa.
Todos bailan, ya de noche. Los niños hábiles se entrenan.
(Aldair, Chuyito y Anthar los imagino jugando, ante la impaciencia de
Flavia y de José).
Sin faltar el teniente y su acompasada esposa.
Don Luis… otra vez se emborrachó.
Grotesco bailotea el “Mariachi Loco”.
Coca pide para (ahogar su pena) sus cigarros.
Todos, como Irma y Sergio, disfrutan de su tierra, comparten,
como en Canan el vino. Lucha luce sus mejores galas.
A Javier. gustoso, le sobran las cervezas.
A Estrellita, la hija de Yolanda y el Doctor le sobran pretendientes.
Se los disputa a Mary y a Rosita.
Dulces cañas y cacahuates ofrece Don Vicente Serrato.
Se desparraman los buscapies ante un sin fin de olores gratos.
Queman, definitivamente, la galaxia del castillo.
Dilatado en cascadas de luces multicolores.
Una vida lujosamente consumida perece ante la incógnita mirada.
Se acaba con su cuerpo, ahora inerte, en un instante
Como último suspiro, se escapa la corona.
Quiere ella sola alcanzar el cielo.
Lanza, como yo, zancadas en su triste sueño.
Termina, destartalada, sin luz, en un ecuaro abandonado.
Se apodera el éxtasis, a pleno sol de enero. Todo es alegría.
Los charros en briosos corceles, salen, como José, el hijo de Trinillo;
añorar las manganas del jaripeo ranchero desplazado.
Ágiles jinetes desafían la fuerza desmedida de los toros:
Como chancharros aguantan los reparos y los vencen.
Vuelan los sombreros en medio del aplauso caluroso.
Otros, heridos, confían en mejor suerte.
(Lejos, Orlando, Jacob, Rey y Chuche se juntan a escuchar
nostálgicas canciones.
Hacen planes de volver. Proyectos que no quieren aplazar mas).
Cercan, injustamente, la plaza ahora vigilada.
Queda cautiva el águila de la independencia libertaria ante la
complacencia insana.
Lucen todos su mejores galas.
Mientras sola la banda se despide al pie del Tepeyac.
Observada por melancólicas madres
que no fueron acompañadas por sus hijos.
María Isela no se conforma. No hay reencuentro.
(Los corintos se olvidaron de San Pablo y también él de los helenos)
Como siempre segregada, ruega por el Rolas.
Implora, por su ausente hijo, a la Virgen.
(Desde el cielo, silenciosos, Tita y Chón persisten en ordenar el
caos).
_El próximo año será. Dice.
En años vivimos, partidos como leños, aquí.
En años vivimos aquí.
Cuántos años vivimos realmente?
_Dime: Cuántos?…
Mañana (Sí existe el mañana?).
Otra vez el inclemente éxodo. (Se anuncia buscar en tierra extraña
la tierra prometida).
Se van regando por distintos senderos tus hijos.
Van,
con bendiciones y recuerdos,
una vez más, a conquistar racimos y panes.
Finalmente, como Dios quiere, para todos.

30 de diciembre de2007
J. Jesús Narváez Ruiz.
Ma. Isela Martínez Campos

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