La base biológica de la espiritualidad; ¿Es el universo autoconsciente y espiritual?. Leonardo Boff


Español: Vista doble de un cuadro de la serie ...

Español: Vista doble de un cuadro de la serie “El Ojo del Universo”. Arriba con luz y abajo con luz propia del cuadro. (Photo credit: Wikipedia)

Amit Goswami

Noten que estamos enviando los dos artñiculos de Leonardo de esta semana.

Em português, conferir


La base biológica de la espiritualidad

2012-09-07


Hemos afirmado anteriormente en estas páginas que el espíritu  representa la dimensión de lo humano profundo. La espiritualidad, que de él se deriva, es un modo de ser, una actitud fundamental, vivida en la  cotidianidad de la existencia: en el arreglo de la casa, en el trabajo  de la fábrica, conduciendo, conversando con amigos. De repente, irrumpe  como un relámpago de algo más profundo e inexplicable. Es el espíritu  que se anuncia. Las personas pueden conscientemente abrirse a lo  profundo y lo espiritual. Entonces se vuelven más centradas, serenas e  irradiadoras de paz. Propagan una extraña vitalidad y entusiasmo porque  tienen a Dios dentro de sí. Este Dios interior es amor, el cual en las  palabras de Dante al final de cada libro de la Divina Comedia “mueve los cielos y las estrellas”, y nuestros propios corazones, añadimos  nosotros.

Dicen investigaciones científicas que esta profundidad espiritual tiene una base biológica. Estudios realizados al final del siglo XX y  dirigidos por los neurobiólogos Michael Persinger y Ramachandran, por el neurólogo Wolf Singer y por el neurolinguista Terrence Deacon, además  de por técnicos usando scanners modernos para hacer imágenes cerebrales, detectaron lo que ellos llamaron «el punto Dios en el cerebro» (God Spot o God Module). 
Personas que en sus vidas han dado un espacio significativo a lo  profundo, a lo espiritual, revelan en los lóbulos frontales del cerebro  una excitación detectable por encima de lo normal. Estos lóbulos están  ligados al sistema límbico, el centro de las emociones y los valores.  Ahí se da una concentración en aquello que tales científicos llamaron «mente mística» (mystical mind). Tal estimulación del ‘punto  Dios’ no está ligada a una idea o a algún pensamiento objetivo. Es  activado siempre que la persona se siente envuelta emotivamente en los  contextos globales que confieren sentido a la vida o cuando, de forma  autoimplicada, se refiere a lo Sagrado, a temas religiosos o  directamente a Dios. Se trata de emociones y no de ideaciones, de  factores ligados a experiencias de gran sentido que implican una  percepción del Todo y de algo incondicional.

Estudios más recientes indican que puede haber de hecho no solamente  una sino mucha regiones del cerebro estimuladas por la experiencia de  totalidad y de sacralidad. Eso indica que el ‘punto Dios’ puede ser, en  realidad, una ‘red de Dios’ que comprende zonas normalmente asociadas a  emociones profundas y cargadas de significado. Otros investigadores como Eugene D’Aquili y Andrew Newberg llamaron a esta realidad, como hemos  mencionado antes, «mente mística».

Esta mente mística pertenece al proceso más general,  antropogénico-cosmogénico. Ella representa una mejora evolutiva de la  especie homo. Así como externamente estamos dotados de sentidos por los  cuales aprehendemos la realidad a través del oído, de la vista, del  tacto y del olfato, de igual manera estaríamos internamente enriquecidos con un órgano mediante el cual captamos el Misterio del Mundo, nos  hacemos sensibles a aquella Energía poderosa y amorosa que recorre de  punta a punta todo el universo y que subyace a nuestra existencia. Las  tradiciones religiosas la llamaron Dios.

Si está en nosotros, y nosotros somos parte del universo, entonces significa que esta inteligencia espiritual constituye una propiedad del propio universo. Sólo porque está en el universo puede estar en  nosotros. Por esta razón la filósofa y física cuántica Danah Zohar y el  psiquiatra Ian Marshall afirman que el ser humano no está solamente  dotado de inteligencia intelectual y emocional, sino también de  inteligencia espiritual. Ésta es un dato de la realidad con el mismo  derecho de ciudadanía que la libido, la autoafirmación, la inteligencia y el amor (QS: inteligência espiritual, Record 2000).

Hoy, más que antes, se hace urgente dar relieve a la inteligencia  espiritual porque vivimos en una cultura entorpecida por el materialismo y por el consumismo inducido. El efecto de este modo de ser está bien  relatado por la literatura contemporánea: sentimientos de náusea  (Sartre), de estar-de-sobra (Marcel), de alienación (Marx), de “desamparo-abandono” (Heidegger), de extranjeros en la propia patria  (Camus). En una palabra, padecemos graves enfermedades de sentido como  denunciaron los psicoanalistas Rollo May y Victor Frankl. Todo esto  porque embotamos la inteligencia espiritual.


 La espiritualidad nos ayuda a salir de esta cultura enferma y  agonizante. La integración de la inteligencia espiritual con las otras  formas de inteligencia  ̶ intelectual y emocional ̶ nos abre a una  comunión amorosa con todas las cosas y a una actitud de respeto y de  reverencia ante todos los seres, mucho más antiguos que nosotros. Sólo  así, podremos reintegrarnos en el Todo, sentirnos parte de la comunidad  de vida y acogidos como compañeros en la gran aventura cósmica y  planetaria.

¿Es el Universo autoconsciente y espiritual?

2012-09-03

Las reflexiones provenientes de la física cuántica y de la  cosmología moderna, especialmente las de Brian Swimme, director del  Centro de la Historia del Universo, en California, que reúne centenares  de científicos de varias áreas del saber, y autor de los conocidos  libros The Universe Story (1992) en colaboración con el conocido ecólogo norteamericano Thomas Berry, y de Hidden Heart of the Cosmos (1996), e incluso los estudios de Amit Goswami, matemático y físico cuántico, sobre El universo autoconsciente (1998) sugieren que la conciencia y la espiritualidad son  manifestaciones pertenecientes a nuestro universo. Están relacionadas  con fenómenos cuánticos que irrumpen de aquella Energía Universal de  Fondo que está detrás del universo en evolución y que sustenta a todos y cada uno de los seres que existen.

Así como los elementos de nuestro cuerpo surgieron del proceso  cosmogénico, de la misma forma lo hizo nuestra dimensión espiritual.  Espíritu y cuerpo (material) son, en cierta forma, tan antiguos como el  universo. Estaban presentes, en forma potencial, en el primer momento de la llamarada primordial, denominada también big bang.

En términos cosmológicos, el espíritu puede ser entendido como la  capacidad de las energías primordiales y de la propia materia  originaria, formada a partir del campo de Higgs, para interactuar entre  sí creando, organizando sistemas abiertos (autopoiesis) que se comunican y que constituyen un tejido cada vez más complejo de  inter-retro-conexiones, responsables de sustentar el universo en  expansión, en complejidad progresiva y en autocreación.

En el primerísimo momento del estallido silencioso (todavía no había  espacio ni tiempo para que resonase la gran explosión) surgió el Campo  de Higgs, del que tanto se ha hablado  últimamente en la búsqueda de la «partícula Dios» (nombre poco afortunado porque la naturaleza de Dios es todo menos una partícula material). Ese Campo de Higgs está marcado por oscilaciones rapidísimas de energías que son el origen de todas las  energías y de las partículas fundamentales (top quarks, protones etc.).  Estos establecieron relaciones e interconexiones que, al interactuar e  intercambiar informaciones de manera cada vez más compleja, dieron  origen a la red de energías que componen todo lo que existe. Podemos  entender ese juego de relaciones como la alborada del espíritu.

Así, el universo está lleno de espíritu porque es interactivo,  pan-relacional y creativo. Desde esta perspectiva no hay entes inertes,  no hay materia muerta contraponiéndose a los seres vivos. Todas las  cosas, todas las entidades (desde las partículas subatómicas a las  galaxias) participan en cierto modo del espíritu, de la conciencia y de  la vida.

La diferencia entre el espíritu de la montaña y el del ser humano no es de principio sino de grado. El principio de interacción, de relacionalidad y de creatividad está  presente en ambos, pero bajo diferentes grados de realización. En el  espíritu humano en forma autoconsciente y en gran complejidad de  conexiones. En la montaña, también envuelto en relaciones pero menos  complejas y más estables. Repetimos: el espíritu solamente está presente en estos grados de complejidad porque estaba presente en el cosmos  desde su comienzo aunque en grados menos complejos.

El espíritu visto como la capacidad de las energías y de la materia para interconectarse e intercambiar informaciones entre ellas puede ser  entendido también como vida. El principio de vida, por lo tanto, estaba  presente desde los inicios del proceso cosmogénico. Esa vida se fue  haciendo más y más compleja a medida que el propio universo avanzaba, se expandía y se autocreaba, hasta adquirir la forma de una bacteria, de  una célula, de un organismo y de un ser consciente.

Si vida es relación y complejización en alto grado de realización,  entonces su opuesto no es la materia, sino la muerte y la ausencia de  conexiones. La materia no es «material» sino que, por la teoría de la  relatividad de Einstein, es un campo profundamente condensado de  energía, de interacción y de información.

La espiritualidad es el empoderamiento máximo de la vida bajo las más  variadas formas. En la espiritualidad conscientemente vivida por el ser  humano está implicado un compromiso de proteger y promover la vida y  permitir que continúe coevolucionando; no solamente la vida humana, sino toda la vida en su inconmensurable diversidad y formas de  manifestación.

Para que vivamos el cosmos como un ser vivo, para que vivenciemos la Tierra como Gaia (la Gran Madre, la Pachamama de los andinos) es preciso sentir estas realidades y la propia  naturaleza de la cual somos parte como fuentes vivas de energía y entrar en comunión con todos los seres considerándolos como parientes,  hermanos y hermanas, primos y primas y compañeros en la gran aventura  del universo. Efectivamente, todos tenemos el mismo código genético de  base.

Desarrollar tales percepciones significa demostrar que somos  verdaderamente seres espirituales y vivir profundamente una  espiritualidad ecológica, algo extremadamente necesario para la  salvaguarda de la biosfera.

El futuro de la Tierra, un planeta viejo, pequeño y limitado, el futuro  de la humanidad que no cesa de crecer, el futuro de los ecosistemas  agotados debido al gran estrés causado por los procesos industriales, el futuro de las personas confusas, perdidas, espiritualmente  entorpecidas, que anhelan vidas más sencillas, auténticas y  significativas: este futuro depende de nuestra capacidad de desarrollar  una espiritualidad verdaderamente ecológica.

No basta con que seamos racionales y religiosos. Es más importante que  seamos espirituales, en comunión con el Espíritu Universal y Cósmico,  sensibles a los otros, dispuestos a cooperar con nuestra creatividad y a respetar a los otros seres de la naturaleza, es decir, tenemos que ser  auténticamente espirituales.

Sólo entonces vamos a mostrarnos como responsables y benevolentes con  todas las formas de vida, amantes de la Madre Tierra y adoradores de la  Fuente de todos los seres y de todas las bendiciones que existen y están por venir: Dios.


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