Cómo se formó el poder monárquico-absolutista de los papas. Leonardo Boff


[Em português, em baixo].

Cómo se formó el poder monárquico-absolutista de los papas

2012-09-21

Escribíamos anteriormente en estas páginas que la crisis de la  Iglesia-institución-jerarquía radica en la absoluta concentración de  poder en la persona del papa, poder ejercido de forma absolutista,  distanciado de cualquier participación de los cristianos y creando  obstáculos prácticamente insuperables para el diálogo ecuménico con las  otras Iglesias.

No fue así al principio. La Iglesia era una comunidad fraternal. No  existía todavía la figura del papa. Quien dirigía la Iglesia era el  emperador pues él era el Sumo Pontífice (Pontifex Maximus) y no  el obispo de Roma ni el de Constantinopla, las dos capitales del  Imperio. Así el emperador Constantino convocó el primer concilio  ecuménico de Nicea (325) para decidir la cuestión de la divinidad de  Cristo. Todavía en el siglo VI el emperador Justiniano, que rehízo la  unión de las dos partes del Imperio, la de Occidente y la de Oriente,  reclamó para sí el primado de derecho y no el de obispo de Roma. Sin  embargo, por el hecho de estar en Roma las sepulturas de Pedro y de  Pablo, la Iglesia romana gozaba de especial prestigio, así como su  obispo, que ante los otros tenía la “presidencia en el amor” y “ejercía  el servicio de Pedro”, el de “confirmar en la fe”, no la supremacía de  Pedro en el mando.

Todo cambió con el papa León I (440-461), gran jurista y hombre de  Estado. Él copió la forma romana de poder que es el absolutismo y el  autoritarismo del emperador. Comenzó a interpretar en términos  estrictamente jurídicos los tres textos del Nuevo Testamento referentes a Pedro: Pedro como piedra sobre la cual se construiría la Iglesia (Mt  16,18), Pedro, el confirmador en la fe (Lc 22,32) y Pedro como Pastor  que debe cuidar de sus ovejas (Jn 21,15). El sentido bíblico y jesuánico va en una línea totalmente contraria: la del amor, el servicio y la  renuncia a cualquier honor. Pero predominó la lectura del derecho romano absolutista. Consecuentemente León I asumió el título de Sumo Pontífice y de Papa en sentido propio. Después, los demás papas empezaron a usar  las insignias y la indumentaria imperial, la púrpura, la mitra, el trono dorado, el báculo, las estolas, el palio, la muceta, se establecieron  los palacios con su corte y se introdujeron hábitos palaciegos que  perduran hasta los días actuales en los cardenales y en los obispos,  cosa que escandaliza a no pocos cristianos que leen en los evangelios  que Jesús era un obrero pobre y sin galas. Entonces empezó a quedar  claro que los jerarcas están más próximos al palacio de Herodes que a la gruta de Belén.

Pero hay un fenómeno de difícil comprensión para nosotros: en el afán  por legitimar esta transformación y garantizar el poder absoluto del  papa, se forjaron una serie de documentos falsos. Primero, una  pretendida carta del papa Clemente (+96), sucesor de Pedro en Roma,  dirigida a Santiago, hermano del Señor, el gran pastor de Jerusalén, en  la cual decía que Pedro antes de morir había determinado que él,  Clemente, sería el único y legítimo sucesor. Y evidentemente los demás  que vendrían después. Falsificación todavía mayor fue la famosa Donación de Constantino, un documento forjado en la época de León I según el cual Constantino  habría hecho al papa de Roma la donación de todo el Imperio Romano. Más  tarde, en las disputas con los reyes francos, se creó otra gran  falsificación, las Pseudodecretales de Isidoro que reunían falsos documentos y cartas como si proviniesen de los primeros siglos, que  reforzaban el primado jurídico del papa de Roma. Y todo culminó con el Código de Graciano en el siglo XIII, tenido como base del derecho canónico, pero que se  basaba en falsificaciones y normas que reforzaban el poder central de  Roma además de en otros cánones verdaderos que circulaban por las  iglesias. Lógicamente, todo esto fue desenmascarado más tarde pero sin  producir modificación alguna en el absolutismo de los papas. Pero es  lamentable y un cristiano adulto debe conocer los ardides usados y  concebidos para gestar un poder que está a contracorriente de los  ideales de Jesús y que oscurece el fascinante mensaje cristiano,  portador de un nuevo tipo de ejercicio del poder, servicial y  participativo.

Posteriormente se produjo un crescendo del poder de los papas: Gregorio VII (+1085) en su Dictatus Papae (la dictadura del papa) se autoproclamó señor absoluto de la Iglesia y  del mundo; Inocencio III (+1216) se anunció como vicario-representante  de Cristo y por fin, Inocencio IV (+1254) se alzó como representante de  Dios. Como tal, bajo Pío IX en 1870, el papa fue proclamado infalible en el campo de doctrina y moral. Curiosamente, todos estos excesos nunca  han sido denunciados ni corregidos por la Iglesia jerárquica porque la  benefician. Siguen sirviendo de escándalo para los que todavía creen en  el Nazareno pobre, humilde artesano y campesino mediterráneo,  perseguido, ejecutado en la cruz y resucitado para levantarse contra  toda búsqueda de poder y más poder aun dentro de la Iglesia. Ese modo de entender comete un olvido imperdonable: los verdaderos  vicarios-representantes de Cristo, según el evangelio de Jesús (Mt  25,45) son los pobres, los sedientos y los hambrientos. Y la jerarquía  existe para servirlos, no para sustituirlos.


Como se formou o poder monárquico-absolutista dos Papas

Escrevíamos anteriormente nestas páginas que a crise da Igreja-instituicão-hierarquia se radica na absoluta concentração de poder na pessoa do Papa, poder exercido de forma absolutista e distanciado de qualquer participação dos cristãos e criando obstáculos praticamente intransponíveis para o diálogo ecumênico com as outras Igrejas.

Não foi assim no começo. A Igreja era uma comunidade fraternal. Não havia ainda a figura do Papa. Quem comandava na Igreja era o Imperador pois ele  era o Sumo Pontífice (Pontifex Maximus) e não o bispo de Roma ou de Constantinopla, as duas capitais do Império. Assim o imperador Constantino convocou o primeiroconcílio ecumênico de Nicéia (325) para decidir a questão da divindade de Cristo. Ainda no século VI o imperador Justiniano que refez a união das duas partes do Império, a do Ocidente e a do Oriente, reclamou para si o primado de direito e não o do bispo de Roma. No entanto, pelo fato de em Roma estarem as sepulturas de Pedro e de Paulo, a  Igreja romana gozava de especial prestígio, bem como o seu bispo que diante dos outros tinha a “presidência no amor” e o “exercia o serviço de Pedro” o de “confirmar na fé” e não a supremacia de Pedro no mando.

Tudo mudou com o Papa Leão I (440-461), grande jurista e homem de Estado. Ele copiou a forma romana de poder que é o absolutismo e o autoritarismo do Imperador. Começou a interpretar em termos estritamente jurídicos os três textos do Novo Testamento atinentes a Pedro: Pedro como  pedra sobre a qual se construiria a Igreja (Mt 16,18), Pedro, o confirmador da fé (Lc 22,32) e Pedro como Pastor que deve tomar conta das ovelhas (Jo 21,15). O sentido bíblico e jesuânico vai numa linha totalmentecontrária: do amor, do serviço e da renúncia a toda honraria. Mas predominou a leitura do direito romano absolutista. Consequentemente Leão I assumiu o título de Sumo Pontífice e de Papa em sentido próprio. Logo após, os demais Papas começaram a usar as insígnias e a indumentária imperial (a púrpura) a mitra, o trono dourado, o báculo, as estolas, o pálio, a cobertura de ombros (mozeta), a formação dos palácios com sua corte e a introdução de hábitos palacianos que perduram até os dias de hoje nos cardeais e nos bispos, coisa que escandaliza não poucos cristãos que leem nos Evangelhos que Jesus era um operário pobre e sem aparato. Então começou a ficar claro que os hierarcas estão mais próximos do palácio de Herodes do que da gruta de Belém.

Mas há um fenômeno para nós de difícil compreensão: no afã de legitimar esta transformação e de garantir o poder absoluto do Papa, forjou-se uma série de documentos falsos. Primeiro, uma pretensa carta do Papa Clemente (+96), sucessor de Pedro em Roma, dirigida a Tiago, irmão do Senhor, o grande pastor de Jerusalém, na qual ele dizia que Pedro, antes de morrer determinara que ele, Clemente, seria o único e legítimo sucessor. E evidentemente os demais que viriam depois. Falsificação maior foi ainda a famosa Doação de Constantino, um documento forjado na época de Leão I segundo o qual Constantino teria dado ao Papa de Roma como doação todo Império Romano. Mais tarde, nas disputas com os reis francos, se criou outra grandefalsificação as Pseudodecretais de Isidoro que reuniam falsos documentos e cartas como se viessem dos primeiros séculos que reforçavam o primado jurídico do Papa de Roma. E tudo culminou com o Código de Graciano no século XIII tido como base do direito canônico, mas que se embasava em falsificações de leis e normas que reforçavam o poder central de Roma, além de cânones verdadeiros que circulavam pelas igrejas. Logicamente, tudo isso foi desmascarado mais tarde sem qualquer modificação no absolutismo dos Papas. Mas é lamentável e um cristão adulto deve saber os ardis usados e forjados para gestar um poder que está na contra-mão dos ideais deJesus e que obscurece o fascínio pela mensagem cristã, portadora de um novotipo de exercício do poder,  serviçal e participativo.

Verificou-se posteriormente um crescendo no poder dos Papas: Gregório VII (+1085) em seu Dictatus Papae (“a ditadura do Papa”)se autoproclamou senhor absoluto da Igreja e do mundo; Inocêncio III (+1216) se anunciou como vigário-representante de Cristo e por fim, Inocêncio IV(+1254) se arvorou em  representante de Deus. Como tal, sob Pio IX em 1870, o Papa foi proclamado infalível em campo de doutrina e moral. Curiosamente, todos estes excessos nunca foram retratados e corrigidos pela Igreja hierárquica porque eles a beneficiam. Continuam valendo para escândalo dos que ainda creem no Nazareno pobre, humilde artesão e camponês mediterrâneo, perseguido, executado na cruz e ressuscitado para se insurgir contra toda busca de poder e mais poder mesmo dentro da Igreja. Essa compreensão comete um esquecimento imperdoável: os verdadeiros vigários-representantes de Cristo, segundo o Evangelho de Jesus (Mt 25,45) são os pobres, os sedentos e os famintos. E a hierarquia existe para servi-los e não para substitui-los.llboff


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