Nostalgia por Tacubaya .J. Antonio Aspiros V.


(Proporcionado por Salvador Flores LLamas)

Nostalgia por Tacubaya

J. Antonio Aspiros V.

A mis inolvidables abuelos María González y José Antonio Villagómez, en sus aniversarios luctuosos 40 y 60 respectivamente

Al llegar la época del año en que retornan las nostalgias, permítanos el lector dedicar estas líneas a un tema pequeño en el contexto nacional, pero interesante en la trama histórica tanto del país como de la Ciudad de México.

En efecto, la otrora importante localidad de Tacubaya, que comprende inclusive el área donde se encuentra la mansión presidencial (Los Pinos), verá remozada su vieja alameda antes de que finalice diciembre.

Así lo ofreció el nuevo delegado en Miguel Hidalgo, Víctor Hugo Romo, quien allí dará el Grito de Independencia en septiembre de 2013 y convertirá el lugar en una zona turística y recreativa.

Hasta ahora, la página oficial de la Secretaría de Turismo capitalina dice que tal alameda fue un sitio importante, pero recomienda “al visitante que siga de largo, porque actualmente la plaza está invadida por el comercio informal y esto hace imposible su apreciación”.

Y no sólo hay puestos. El delegado Romo pretende con esos trabajos que costarán nueve millones de pesos, acabar con el deterioro del parque que actualmente “se utiliza como basurero, como refugio de alcohólicos, delincuentes, y drogadictos”, por lo cual es “considerada como una de las zonas más peligrosas de la demarcación”, según informó El Sol de México.

Tacubaya es un lugar más antiguo que la misma Tenochtitlán, e inclusive de allí se tomó la tierra necesaria para terraplenar la que sería capital de México. De los molinos de Tacubaya salió la harina para alimentar a los habitantes de la ciudad y en ese lugar se asentaron en el siglo XIX familias adineradas por lo que fue muy importante el servicio de tranvías que unían con la urbe esa zona entonces campestre.

Cómo olvidar que allí comenzaron las reclamaciones de residentes franceses que dieron lugar en 1838 a la Guerra de los Pasteles. O que el general conservador Leonardo Márquez recibió el apodo de El tigre de Tacubaya por la matanza de 53 prisioneros liberales, así como de los médicos que los atendían, en 1859.

Un obelisco en la alameda recuerda a esos mártires y también existe un busto del cantante Javier Solís, uno de los personajes más populares del rumbo y una de cuyas novias, de nombre Maura, conocimos.

Allí vivieron -entre muchísimos más- el boxeador Trini Ruiz, la actriz Sonia Infante, sobrina de Pedro y compañera nuestra en la primaria ‘República de Costa Rica’, y ‘Chayito’ Iglesias, voceadora y deportista que ganó competencias internacionales de atletismo entre los 80 y los 95 años de edad.

Pero también personajes de la historia nacional como Guillermo Prieto, Justo Sierra y Miguel Lerdo de Tejada, según datos de Araceli García y María Martha Bustamante en su libro Tacubaya en la memoria (GDF, 1999). En la casa de Guillermo Prieto vivió también nuestro maestro Antonio Muñoz Ochoa.

En su inmensa y muy documentada obra histórica Tacubaya (Porrúa, 612 páginas, 1991), Antonio Fernández del Castillo menciona la alameda como escenario de -por ejemplo- una leyenda de fantasmas a los que se refiere también Claudia Marcucetti en su novela Heridas de agua (Santillana, 2012).

Porque, como todo lugar que se respete, Tacubaya también ha tenido sus aparecidos según le consta a este tecleador, nativo y vecino del lugar por muchos años, lo mismo que su madre y sus hermanos, en la casa de los abuelos cerca del barrio del Chorrito, llamado así porque cuando hubo esca(de agua los habitantes agujeraron las tuberías que llevaban el líquido a la ciudad, para aprovechar cuando menos el chorrito que lograba escapar.

Esta zona ya integrada plenamente al Distrito Federal, ha sufrido muchos cambios y mucha destrucción “por intereses políticos y particulares”, dicen las autoras de Tacubaya en la memoria. Y “se han ido perdiendo las piezas que armaban su historia”. A los nativos de allí, sólo nos quedan los recuerdos: aquí estuvo el árbol bendito, allá el cine Primavera, por acá el portal de Cartagena donde comprábamos la piñata de barro cada Navidad.

Y queda también la esperanza de que el delegado Víctor Hugo Romo, además de rescatar la alameda pueda impedir el avance de la piqueta que, en nombre de una supuesta “modernidad”, ha desfigurado no sólo a Tacubaya, sino a tantos rumbos de la capital mexicana para satisfacer el insaciable apetito de quienes lucran con el crecimiento desmedido de la misma.

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