Para no perecer: la convivialidad necesaria; el necesario rescate de lo sagrado. Leonardo Boff


[Noten que van dos artículos, 
el primero («Para no perecer») es el acostumbrado artículo semanal;
el segundo («El necesario rescate») es el quincenal adicional del pasado martes 11.
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Para no perecer: la convivialidad necesaria

2012-12-13

 La convivialidad, como concepto, fue introducida por Ivan Illich  (1926-2002), uno de los grandes pensadores proféticos del siglo XX, que  vivió un tiempo en Petrópolis. Nacido en Viena, trabajó con los latinos  en Estados Unidos y más tarde en México. Se hizo famoso por cuestionar  el paradigma de la medicina y de la escuela convencional. A través de la convivialidad intentó responder a dos crisis: la del proceso  industrialista y la de la ecología.

Con el proceso industrialista el dominio del ser humano sobre el  instrumento se ha convertido en el dominio del instrumento sobre el ser  humano. Creado para sustituir al esclavo, el instrumento tecnológico ha  acabado esclavizando al ser humano al enfocarse a la producción y al  consumo masivo. Ha hecho surgir una sociedad llena de aparatos, pero sin alma. La producción industrial actual no se combina con la fantasía y  la creatividad de los trabajadores. No los ama. Solo quiere utilizar su  fuerza de trabajo, muscular o intelectual. Cuando incentiva la  creatividad es con vistas a la calidad total del producto para  beneficiar todavía más a la empresa y menos a los trabajadores.

Sin embargo, muchos empresarios han tomado conciencia de esta distorsión y se han dado cuenta del grado de deshumanización de la sociedad  industrial. Empiezan a poner en la agenda de la empresa su  responsabilidad socio-ambiental, la importancia de la subjetividad y de  la espiritualidad, las relaciones de cooperación entre todos,  empresarios y trabajadores, en vez de pura competencia y acumulación.

¿Qué se entiende por convivialidad? Por convivialidad (palabra que no  consta en el famoso diccionario de portugués brasileño «Aurélio») se  entiende la capacidad de hacer convivir las dimensiones de producción y  de cuidado, de efectividad y de compasión, de modelado de los productos y de creatividad, de libertad y de fantasía; de equilibrio  multidimensional y de complejidad social: todo para reforzar el sentido  de pertenencia universal contra el egoísmo.

El valor técnico de la producción material debe caminar junto con el  valor ético de la producción social y espiritual. Después de haber  construido la economía de los bienes materiales es importante  desarrollar urgentemente la economía de los bienes humanos. El gran  capital, infinito y inagotable, ¿no es por ventura el ser humano, el  capital espiritual?

Los valores humanos del amor, la sensibilidad, el cuidado, la  comensalidad y la veneración pueden imponer límites a la voracidad del  poder-dominación y a la explotación-producción-acumulación.

La convivialidad pretende también ser una respuesta adecuada a la crisis ecológica, producida por el proceso industrial de los últimos cuatro  siglos. El proceso de depredación de los bienes y servicios naturales  puede provocar una dramática devastación del sistema-Tierra y de todas  las organizaciones que lo administran, un real crush planetario.

Este escenario no es improbable. Ya ocurrió antes, con el derrumbe de la bolsa de Wall Street en 1929. En aquella ocasión era solo una crisis  parcial del sistema capitalista y no tocaba los límites físicos del  planeta. Ahora la crisis es del sistema global.

Seguramente en un contexto de ruptura generalizada la primera reacción  del sistema imperante será aumentar el control planetario y usar la  violencia masiva para asegurar el mantenimiento del orden vigente,  económico, financiero y militar. Tal medida, en vez de aliviar la  crisis, la radicalizará por causa del crecimiento del desempleo  tecnológico y de la ineficacia de los ajustes fiscales Es lo que estamos presenciando en la crisis de los países que son el centro del sistema.

Algunos han lanzado la hipótesis de una catástrofe de dimensiones  apocalípticas. Pero esto no sería fatal. Es importante dejar abierta la  posibilidad de un uso convivencial de los instrumentos tecnológicos al  servicio de la preservación de la vida, del buen vivir de la humanidad y de la protección de nuestra civilización.

Ese estadio nuevo posiblemente conocerá un viernes santo terrible que  precipitará en el abismo la dictadura del  modo-de-ser-trabajo-producción-material para dar paso a un domingo de  resurrección: la reconstrucción de la sociedad mundial sobre la base del cuidado y de una sostenibilidad real.

El primer párrafo del nuevo pacto social entre los pueblos será el  sagrado principio de la autolimitación y de la justa medida; y después,  el cuidado esencial de todo lo que existe y vive, la gentileza con los  humanos y la veneración hacia la Madre Tierra.

Entonces el ser humano habrá aprendido a usar los instrumentos  tecnológicos como medios y no como fines; habrá aprendido a convivir con todas las cosas sabiendo tratarlas con reverencia y respeto. ¿No sería  esta la verdadera inauguración del nuevo milenio?


El necesario rescate de lo sagrado

Una dimensión sine qua non para inaugurar una nueva alianza  con la Tierra reside en el rescate de la dimensión de lo sagrado. Sin lo sagrado la afirmación de la dignitas Terrae y de sus derechos  solamente es una retórica sin efecto. Lo sagrado es una experiencia  fundadora. Subyace a las experiencias que dieron origen a las religiones y a las culturas humanas.

Los últimos siglos se vienen caracterizando por una sistemática  intervención en los ritmos de la naturaleza hasta el punto de quedar  sordos a la musicalidad de los seres y ciegos ante la grandeza del cielo estrellado. Con ello perdemos la experiencia de lo sagrado del  universo. En su lugar ha empezado a prevalecer una vasta profanidad que  reduce el universo a una realidad inerte, mecánica y matemática y la  Tierra a un simple almacén de recursos entregados a la disponibilidad  humana. Se ha quitado la palabra a todas las cosas para que sólo  imperase la palabra humana.

Si no conseguimos rescatar lo sagrado, difícilmente garantizaremos el  respeto a la Tierra y a los demás seres que poseen un valor intrínseco.  La ecología se transformará en una simple técnica para administrar la  voracidad humana pero jamás para superarla. La pretendida nueva alianza  significará solamente una tregua para que la Tierra se rehaga de las  llagas recibidas, y para recibir otras inmediatamente después, porque el modelo de relaciones agresivas no ha cambiado ni se ha transformado  nuestra actitud básica de ausencia de respeto y de sacralidad.

Antes de cualquier otra cosa, es necesario que nos reencantemos con el  universo. Esto lo expresó muy bien el astronauta norteamericano Edgar D. Mitchell en 1971 a bordo del Apolo 14 camino a la Luna. Exclamaba  boquiaberto: «Desde aquí, a miles de millas de distancia, la Tierra  muestra la increíble belleza de una joya espléndida de color azul y  blanco, fluctuando en el vasto cielo oscuro. Cabe en la palma de mi  mano. Ahí está todo lo que es sagrado y amado por nosotros».

¿Qué es lo sagrado? No es una cosa. Es una cualidad de las cosas, que de forma envolvente nos toma totalmente, nos fascina, habla a lo profundo  de nuestro ser y nos da la experiencia inmediata de respeto, de temor y  de veneración.

Rudolf Otto, un clásico estudioso del fenómeno en Lo Sagrado (das Heilige), describe en dos palabras-clave la experiencia de lo sagrado: lo tremendum y lo fascinosum. Lo tremendum es aquello que nos hace temblar por su magnitud y porque desborda  nuestra capacidad de soportar su presencia. Ésta nos hace huir debido a  su intensidad arrasadora. Y al mismo tiempo es fascinosum, es  decir, aquello que nos fascina, nos arrastra como um imán irreprimible  porque nos concierne absolutamente. Lo sagrado es como el sol: su luz  nos arrebata y nos llena de entusiasmo (fascinosum), y a la vez nos obliga a desviar la mirada porque nos puede cegar y quemar (tremendum).

Es esa experiencia ambivalente la que los seres humanos originarios  tuvieron y que todavía podemos tener nosotros en contacto con el cosmos, con la Tierra, con la vida, con las personas carismáticas, con la  atracción amorosa entre un hombre y una mujer. Sintieron comunicarse en  estas realidades una fuerza irresistible, expresada clásicamente por la  palabra melanesia de mana o por el axé de las religiones afro. Potencialmente todas las cosas son portadores de mana o de axé. Son por excelencia la revelación de lo sagrado, su epifanía y diafanía.

Por debajo de todo opera, como nos dicen los modernos cosmólogos, la Energía fontal, el Abismo generador de todas las cosas, el Spíritus Creator. Lo sagrado irrumpe en nosotros cuando internalizamos la visión  contemporánea del universo en evolución y en cosmogénesis. No basta esta cosmovisión que podemos encontrar en Google. Lo que necesitamos es una  conmoción y una experiencia de choque. Necesitamos sentirnos dentro de  estos conocimientos sobre el cosmos, la Tierra y la naturaleza porque  son conocimientos sobre nosotros mismos, sobre nuestra ancestralidad y  sobre nuestra realidad más profunda. Tales conmociones son las que  modifican nuestras vidas.

Cómo no extasiarse ante la inmensidad de energia lanzada en la singularidad del big bang, en la formación del campo de Higgs, que permitió conferir masa a las  partículas originarias, la formación de las nubes de gases que dieron  lugar a la primera generación de estrellas, que después de explotar  dieron origen a las galaxias, las estrellas, los planetas y a nosotros  mismos. Es lo fascinosum.

¿Qué existe más tremendo y misterioso que la masiva destrucción de la  materia inicial por la anti-materia dejando apenas un remanente de una  milmillonésima parte, de la cual se origina todo el universo y nosotros  mismos? Aquí lo tremendum se asocia a lo fascinosum. Y podríamos enumerar otras tantas experiencias.

Todas ellas nos colocan delante de una realidad cuya mejor forma de  abordarla es a través de la teoría de la complejidad por la cual los  contrarios se hacen complementarios, y nos lleva a aceptar que somos  parte y parcela de este Todo. Sólo nos integramos y nos sentimos en casa cuando nos asociamos a esta sinfonía y disfonía, cuando comprendemos  que el bombo convive con el violín, cuando usamos nuestra creatividad  para actuar con la naturaleza y nunca contra ella o a contracorriente de ella.

Este sentido de lo sagrado así asumido nos hace regresar de nuestro  exilio y despertar de nuestra alienación. Nos introduce en la Casa que  habíamos abandonado. Solamente una relación personal con la Tierra nos  lleva a amarla. Y lo que amamos no lo explotamos sino que lo respetamos y veneramos. Ahora podrá comenzar una nueva era, no de tregua, sino de  paz perpetua (Kant) y de verdadera religación de todo con todo.

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