Benedicto,en paz. Por Armando Fuentes Aguirre (Catón)


(Proporcionado por Salvador Flores LLamas)

Benedicto, en paz

Armando Fuentes Aguirre (Catón)

“He caminado leguas y leguas, todas las leguas que Dios ha querido, y me siento cansado y un poco triste. Me detengo a reposar un momento mi fatiga, y vuelvo la vista hacia atrás. El camino recorrido es largo; se pierde en una lejanía indefinible. Pasé por lugares apacibles, de sosiego deleitoso, con verdes lontananzas que le pusieron inefable paz a mi espíritu, y atravesé por otras áridas tierras, grises, polvorosas, llenas de agrios peñascales y cardos punzadores que me acometían para desgarrar mis carnes. Veo hacia adelante, y el sendero se dobla en un recodo oscuro metido entre negros y grandes peñascales informes. ¿Está cerca, está lejos esa revuelta de la vía? Sólo Dios sabe la distancia.

Yo estoy pronto, Señor, para cuando Tú ordenes que entre en la tiniebla misteriosa de esa noche intempesta. Mas para ese atardecer tengo mi lámpara, y mientras Él no me llame para sí cum­pliré contento mi destino. Mi vida ya se encuentra en sosegada tranquilidad. Se ha aquietado en ella toda turbación; se halla en serenidad contemplativa; está en paz.

La paz de la conciencia, la dulce satisfacción del deber cumplido, valen y duran tanto para el corazón humano como la más perdurable gloria…”.

Esas palabras las aprendí de memoria hace mucho tiempo, y las he recordado hoy. Las escribió poco antes de su muerte mi ilustrísimo paisano saltillense, don Artemio de Valle Arizpe. Iba a leerlas él en una presentación pública como parte del ciclo “Trato con escritores” que presentó el INBA en la Sala Ponce del Palacio de Bellas Artes. Anciano, enfermo, Valle Arizpe asistió al acto, pero no pudo dar lectura ya a su hermoso texto, que tituló “Historia de una vocación”. Lo leyó en su lugar, con galanu­ra y sentimiento, quien era incuestionablemente el mejor lector de México: Salvador Novo. Estuve presente en la ocasión, y evoco la emoción que me causó aquel testamento literario de don Artemio, tan bien escrito, tan sincero. Memoricé después -lo dije ya- algunas de sus páginas, y las he llevado conmigo hasta este día.

Hoy las transcribo en homenaje de otro hombre anciano también, también enfermo, que se ha des­pedido del mundo con la misma serenidad y semejante paz con que le dijo adiós aquella tarde mi insigne conterráneo. Ahora el Papa Benedicto tiene el título de Emérito. Tuvo el supremo valor y la humildad suprema de la renunciación. Se va para que otra mano más firme que la suya guíe la nave de San Pedro. Milenario navio es ése; ha conocido otros vientos y otras tempestades. Los tiempos de hoy son para la Iglesia aciagos, borrascosos.

Algunos hijos suyos -pocos cuando se les compara con el número inmenso de los buenos- extravia­ron el rumbo y la dañaron. Más contra la borrasca está la roca. La renuncia de Benedicto, lejos de hacerle daño, le da a la nave más fortaleza y nuevo impulso. Aquellas palabras que arriba transcribí, escritas en México hace ya más de medio siglo por un hombre de profunda fe cristiana, Valle Arizpe, podría decirlas ahora Benedicto. También él se va tranquilo, en paz, a esperar la perdurable gloria que aguarda a quienes en medio de las tinieblas supieron dar su luz… FIN.

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