Papa Francisco. Mensaje Urbi et Orbi, 2013


Papa Francisco. Mensaje Urbi et Orbi, 2013.

No es, nunca fue sumo pontífice de la Iglesia universal. Celso Alcaina


(Un enfoque histórico. Tomado de ATRIO. http://www.atrio.org Con comentarios )

No es, nunca fue sumo pontífice de la Iglesia universal
Celso Alcaina, 27-Marzo-2013

Año 1414. Constanza. Sur de Alemania. Segismundo, Rey de Hungría y emperador germánico (autoproclamado rey de Roma), se impacienta. Él había convocado el Concilio. Intenta zanjar el cisma. Los tres vigentes papas han prometido su asistencia. Estan dispuestos a renunciar en aras de la unicidad del Papado. Juan XXIII insistió, sin éxito, en llevar el evento a Italia. Allí podría controlarlo. Se plegó a la voluntad imperial. Viaja, con su séquito, a Constanza, ciudad bajo el efectivo dominio de Segismundo, árbitro de la situación.

Ya está presente Juan XXIII. Pasan los días y no llegan los otros dos papas con sus respectivos cardenales y obispos. El Concilio se inicia. Lo preside el mismo Juan XXIII quien da por hecho que será confirmado único papa legítimo.

El Concilio de Pisa (1409) había propiciado que de dos papas se pasara a tres. Ni Gregorio XII (Angelo Correr, de Roma) ni Benedicto XIII (Pedro Luna, de Avignon) aceptaron sus respectivas deposiciones. Pisa eligió a Alejandro V (Pietro de Candia). A su muerte en 1410, le sucedió Juan XXIII ((Baltassare Cossa), un ducho y docto cardenal romano. No era clérigo. En pocos días recibiría el presbiterado para, inmediatamente, ser coronado papa.

Por entonces, era normal que el emperador convocase concilios cristianos. El primero, el de Nicea, había sido convocado por Constantino el Grande. Sucesivos emperadores habían convocado sucesivos concilios.

En su primera sesión, el Concilio de Constanza declaró la primacía de su autoridad sobre la papal. Doctrina conciliarista. Luego, en contra de su expectativa, Juan XXIII fue depuesto. Irritado, huyó. Fue capturado y obligado de renunciar. Prestó obediencia al papa designado por el Concilio.

Aunque tarde, se hizo presente Gregorio XII con sus cardenales. Un alivio para Segismundo y para los miembros del Concilio. No obstante ser contrario a la doctrina conciliarista, Gregorio renunció.

En contra de sus iniciales promesas, Benedicto XIII no acudió a Constanza. Ni él ni sus 22 cardenales. Eso sí, abandonó Avignon y se refugió en Peñíscola con su Curia. Segismundo presionó al rey de Aragón quien logró que 17 cardenales del papa Luna se unieran a la asamblea. El Concilio depuso y condenó a Benedicto XIII. Éste no se dio por aludido. Con la protección de los reyes de Aragón, actuó en España como legítimo papa hasta su muerte en 1424. Martín V (Oddone Colonna) resultó elegido papa en Constanza. Su pontificado, en Roma, va del 1417 al 1431

Los anteriores jalones históricos enmarcan el Papado de Roma en el siglo XV. Su influencia social y geográfica está limitada a la Europa occidental. Es precisamente la porción socio-político-religiosa que había correspondido al Patriarcado de Occidente. Constantino y Licinio, con su Edicto de Milán (a. 313), dieron libertad y bienes a los cristianos. Más tarde, Teodosio el Grande, con su Edicto de Tesalónica (a.389), institucionalizaría el Cristianismo declarándolo religión del Estado. Los obispos y líderes cristianos acordaron repartirse el mundo, su mundo, por patriarcados. El Concilio de Constantinopla, a. 381, estableció cuatro: Occidente (Roma), Constantinopla, Alejandría y Antioquía. Años después (Concilio de Calcedonia, a. 451), se agregó el patriarcado de Jerusalén. Esta “Pentarquía” se respetó durante el resto del primer milenio. Cada uno de los cinco patriarcados era autónomo. El Patriarcado de Occidente ostentaría el primado de honor por residir en la sede del Imperio. “Primus inter pares”. También, por haber heredado prerrogativas imperiales. No era por estar ligado a la predicación o/y muerte de Pedro. Por lo demás, no era la única comunidad cristiana de origen petrino. Le seguía en honor el Patriarcado de Constantinopla, por ser la Nueva Roma. Constantino ya había trasladado la sede imperial a Bizancio. Su origen se atribuye al apóstol Andrés. La sede de Antioquía tenía origen en Pedro y Pablo, igual que Roma. La de Alejandría, en el evangelista Marcos. La de Jerusalén, en Santiago, hermano de Jesús.

El Cisma de Oriente tuvo una evolución larvada y larga. De las disputas teológicas medievales (“filioque” y otras) se pasó a continuos conflictos jurisdiccionales. Constantinopla se había hecho más y más importante. Como consecuencia de la expansión musulmana, los patriarcados de Antioquía, Alejandría y Jerusalén desaparecieron o fueron engullidos por la antigua Bizancio. Constantinopla pretendió estar por encima de Roma. El patriarca Focio (a. 858) se declaró patriarca “ecuménico”, universal. Una definición prematuramente paralela a la del Concilio Vaticano I con respecto al patriarca de Occidente. Roma, vinculada a los reyes francos y germánicos, rechazó dicha universal jurisdicción de la sede oriental. Intentado y roto el diálogo político-religioso entre el romano León IX y el constantinopolitano Miguel I Cerulario, ambos se excomulgaron recíprocamente con sendas bulas en 1054.

Lo que vino después del 1054 dependió de los avatares históricos. Los Estados Pontificios, con su constitución (s. VIII) y evolución, encumbraron el papa de Roma hasta hacerlo rey de reyes durante siglos. Resultaron estériles los intentos de entendimiento en el II Concilio de Lyón (a.1274) y en el Concilio de Basilea (a.1439). Ambas Iglesias, la Ortodoxa y la Romana, reivindican la exclusividad de la fórmula: “Una, Santa, Católica y Apostólica”. Cada una se considera heredera legítima de la Iglesia primitiva y universal. Cada una atribuye a la otra haber abandonado la Iglesia verdadera. El diálogo ecuménico surgido con el Vaticano II apenas ha tenido éxito. En 1965 ambos patriarcas, Pablo VI y Atenágoras I, cancelaron las mutuas excomuniones del siglo XI. Son notorias las recientes muestras diplomáticas de amistad. Pero eso no atañe al fondo de la cuestión jurisdiccional. Tampoco a dogmas, doctrinas, ritos, canonizaciones, disciplina… Es más, las definiciones dogmáticas de los últimos siglos, particularmente de la Iglesiaa romana, auguran una prolongación del cisma per secula seculorum.

De cuanto llevamos apuntado se puede concluír que aquellos títulos que contienen la idea de universalidad son tan inadecuados para el patriarca de Occidente (papa de Roma) como lo son para el patriarca de Constantinopla. Ni siquiera con matizaciones podrían atribuirse a alguno de los dos patriarcas.

Durante la Edad Media, hasta el siglo XV, las áreas de influencia de uno y otro patriarcado eran similares en amplitud geográfica y demográfica. Por mucho que abusaran del concepto “ecuménico”, ambos patriarcas conocían sus límites. Para Roma, iban desde los Urales y el Adriático hasta Irlanda y Finisterre.

Pero, apenas traspasado el siglo XV, el Occidente se ensancha y con él la jurisdicción del patriarca de Roma. En las carabelas españolas y portuguesas, con los conquistadores y exploradores de todo rango, viajan misioneros de obediencia romana. Frenética y embriagadora es el ansia por nuevas conquistas temporales y espirituales allende el Atlántico. El papa de Roma, a la sazón con autoridad sobre reyes y emperadores de Europa, desempeña un papel decisivo. Se involucra en la “conquista”. Incluso decide a qué corona pertenecerá cada región descubierta.

Fue a raíz de las misiones en el continente americano cuando nació la moderna Curia romana con halo de universalidad. Sixto V (a. 1588) la estructuró copiando de gobiernos europeos de la época. Creó 15 congregaciones o ministerios. Sin duda, tuvo presente la ampliación de su jurisdicción romana que ya oteaba la Tierra del Fuego y California. Con anterioridad, el papa sólo había necesitado media docena de secretarios, entre ellos el “cardinale nepote“, que solía ser sobrino o hijo del papa, su hombre de confianza. Seguían activos los tribunales de la Rota, la Signatura y la Inquisición. De tarde en tarde, el papa consultaba con otros cardenales. Ahora, la normativa jurídica tuvo que ser acomodada a los nuevos pueblos, con una visión casi universal. La casuística surgida de la evangelización del Nuevo Mundo era amplísima. Bautismos, matrimonios, conversiones, ritos, fundaciones religiosas, prelaturas, bulas, gracias, privilegios, dispensas, indulgencias, herejías…Alejandro VI, con sus cuatro bulas, impulsó conjuntamente la conquista y la evangelización. Lo hizo a petición de nuestros Reyes Católicos a los que favoreció indecentemente. La condición era evangelizar a los infieles de las tierras conquistadas, ampliando la Cristiandad hacia el Ocaso. Además, concretó el reparto de las tierras descubiertas. Se arrogó todos esos poderes en cuanto Vicario de Cristo en la tierra. Los otros patriarcados no podían disputarle ese ensanchamiento de su jurisdicción hacia el Oeste.

Está claro que, a partir de Colón, el Patriarcado de Occidente creció en proporciones monstruosas.Y ello incluso después de las escisiones luterana y anglicana. Los indígenas americanos, en buena parte, fueron eliminados. Otros muchos fueron obligados a bautizarse. Año tras año, siglo tras siglo, crecieron los asentamientos de católicos europeos colonizadores. Venían a sumarse a las históricas conversiones masivas por decisión real y a las siempre inconscientes adscripciones, mediante el bautismo infantil, al Catolicismo. Roma dejó de ser igual o semejante al Patriarcado de Constantinopla. Esta desigualdad era y es de cantidad, no de calidad. Es el poder o la jurisdicción del rey que pasa a ser emperador por mor de agregación de tierras conquistadas. En nuestro caso, el patriarca de Occidente lo es de un mucho más amplio Occidente. No de la Iglesia universal. Ni de hecho ni de derecho.

El papa Francisco se presentó como “obispo de Roma”. Evitó llamarse con otros títulos. Con sus expresiones y sus omisiones enmendó a la Curia. Llamó a Benedicto XVI “emérito obispo de Roma”. Lamentaría mucho equivocarme si Francisco siguiera llamándose, igual que sus inmediatos predecesores, de palabra o/y por escrito, “sumo pontífice de la Iglesia Universal”.

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Tema: Historia, Papado
10 comments to No es, nunca fue sumo pontífice de la Iglesia universal

Hypatia
30-Marzo-2013 – 16:18 pm

En Jerusalen, si puede llamarse concilio,… Santiago. Al de Nicea, presidido por Osio obispo de Córdoba y asesor religioso del convocante Constantino, no asistió el obispo de Roma Silvestre. Tampoco asistió el obispo de Roma al de Constantinopla, convocado por Teodosio I y presidido por el Patriarca de Antioquía hasta que el propio concilio nombró a Gregorio Nacianceno obispo de Constantinopla y pasó a presidirlo. Gran artículo el de Celso.
Santiago
30-Marzo-2013 – 2:27 am

Celso, estoy de acuerdo en que actualmente la palabra “pontífice máximo” no es apropiada para designar al Papa….Digamos que es un misnómero cultural heredado del imperio…Pero la Primacía de Pedro no reside en ningún título, ni en la mentalidad de la época, sino del hecho de que Pedro fue el primero de los apóstoles, el que desde el principio presidio la Iglesia primitiva desde el Concilio de Jerusalen, el mismo que recibió el mandato de Cristo por 3 veces de “apacentar” a sus ovejas…y que la Iglesia la entendió perfectamente pues ya en el siglo I el tercer sucesor de Pedro tenía autoridad suficiente para dirimir los problemas que surgían en la recientes comunidades-iglesias, cristianas como se ve claramente en “su primera carta a los Corintios”. Por tanto, la apropiada designación del Papa como “obispo de Roma” nos lleva a la esencia misma del Primado…ya que Pedro vivió y murió en Roma…bajo el reinado de Nerón, siendo sepultado en el mismo sitio donde Constantino (306-307) despues construiría la que es hoy la Basílica de su nombre…Estamos todavía en la pura historia..porque es Pedro el primer obispo de Roma..y a la vez el Primado de la Iglesia de Cristo.
En realidad, no hace falta el título….tanto el oriente como el occidente miraban siempre al obispo de Roma c no solo como el signo de la unidad, y de la fe,…sino de autoridad…ya fueran Padres “occidentales” como Ambrosio, Agustin, Jerónimo y Gregorio el Grande como “orientales” como Juan Crisóstomo, Basilio, Atanasio y Gregorio Nazianceno….Sin contar con los Padres Apostolicos que fueron la base de la transmision de la doctrina del Primado…Por eso, poco importan “los cismas” porque la sucesion del obispo de Roma nunca fue interrumpida, ni destruída, a pesar de las enormes dificultades y turbulencias que surgieron al ministerio petrino a traves de los siglos en la lucha del poder secular y el poder espiritual, especialmente los enormes esfuerzos que hicieron los emperadores y reyes de la historia para acabar con el Papado….Ellos, los reyes, han desaparecido en casi su totalidad..pero el obispo de Roma, sucesor histórico de Pedro, permanece…No ha cedido ante el mal de “dentro” ni el de “fuera”. y la historia, por supuesto, se repite en el siglo XXI…
En cuanto al Gran Cisma de Occidente, admirado Ceslso, quiero recordarte que entre todas esas “galimatías’ papables…hay que recordar que el punto clave es la elección de Urbano VI, (1378-1389) QUE fue perfectamente válida cuando se examina cuidadosamente las “actas del cónclave”. Por eso Gregorio XII (Angelo Correr) de la sucesion de Urbano era el papa legítimo al tiempo de Concilio de Constanza…NO había pues 3 papas sino uno solo…Juan XXIII (Baldassare Cossa) está clasificado como “antipapa” y no era precisamente un candidato a la santidad…Pero por esas cosas de la “vida” fue el antipapa Juan XXIII el que convocó y presidio- al principio- el Concilio de Constanza….Pero Juan XXIII fue destuído por el concilio y Gregorio XII sabiéndose el papa legítimo suplicó convocar el Concilio de nuevo para darle validez “canónica” y a partir de la 14 sesión el Concilio de Constanza queda convocado “oficialmente” por el Papa Gregorio. Tanto Gregorio como su sucesor Martín V rechazaron la teoria conciliarista…pues en el Colegio de los Apostoles, este colegio no puede estar por encima del Primado de Pedro, conferido por el mismo Cristo al primero entre los apostoles.
Ya estamos viendo a Francisco en accion…Sigo pensando que va a gobernar ”en la caridad”, yendo a lo esencial, y prescindiendo de los superfluo, sobreañadido al Papado a traves de los siglos…y mostrando la verdadera “cara” de la Iglesia de Cristo, que tantos han querido ocultar y tergiversar…pero la Iglesia de Cristo permanece en EL un saludo cordial de Santiago Hernandez
Hypatia
28-Marzo-2013 – 11:48 am

Sugiero el asunto del “descubrimiento” de la tumba de Pedro de Betsaida en el Vaticano y la conducta, al respecto, del “pastor angélico” como “guinda” para asentar la primacía del obispo de Roma y consolidar el empadronamiento de Jesús en Roma.
Carmen Pereira
28-Marzo-2013 – 11:17 am

El artículo de Alcaina me sugiere alguna reflexión. El reparto geográfico de poder eclesiástico en la Iglesia constantiniana ya suponía un desmedido encumbramiento del obispo de Roma. Pasó de las catacumbas al palacio quasi imperial. El poder embriaga y el obispo de Roma lo mismo que el de Bizancio optó por más poder, incluso por todo el poder. Lo espiritual quedó en segundo plano durante siglos. La Iglesia como tal (la del siglo I) se fue diluyendo en calidad y creciendo en cantidad. El mismo producto, el mismo jabón, se mezcló en creciente cantidad de agua. En la actualidad, se dice que hay 1.200 millones de católicos. Y suelto una carcajada. Ni siquiera una décima parte se siente católica, ni se comporta como tal. Se contabiliza un 20% los que asisten a los cultos, y una gran parte de ese 20% lo hace por simple costumbre social. Hoy sigue en vigor la trampa del bautismo infantil que en países con alta natalidad como Suramérica supone que cada pareja de nominales católicos produce seis católicos que no se enteran de serlo hasta que alguien se lo dice pasados algunos años. Así cualquiera aumenta la clientela. Se explica, pues, que Suramérica ofrezca el 40% del total de los católicos . Y no hablemos de las conversiones masivas, las de toda una nación estilo Recaredo para España, estilo colonización en la América española, o estilo coactivo en regímenes nacionalcatolicistas. En cuanto al título de Pontífice, sólo se explica por el carácter imperial (no cristiano) del obispo de Roma. Y eso, precisamente, lleva a ambicionar universalidad.Todo un montaje repugnante.
pepe sala
27-Marzo-2013 – 12:10 pm

Me pregunto algo que no tiene respuesta. Es obvio que, si el personaje ya está ” a la derecha del padre”, difícilmente podría haber estado entre los Cardenales con opciones a ser nombrado Papa.

Pero por plantear hipòtesis que no quede. Mi paisano (” Cardenal”) fue homenajeado con el nombre de una importante calle de Santander. El homenaje se realizó en lo que llaman ” democracia”. No tengo dudas de que el tal Cardenal, paisano mío, hubieran tenido muchas opciones en el Cónclave. Tenía, efectivamente ( lo mismo que Juan XXIII) muy buenas relaciones para ascender en su sacrosanta carrera.

Me recuerdo de él por la similitud que tiene con Bergóglio ( salvando las distancias de lugar y tiempos.)

Yo no presumo en absoluto del paisanaje del tal Cardenal. Son otros quienes sí presumen de sus excelentes ralaciones, lo mismo que presumen de las relaciones con Juan XXIII e, incluso, con Pablo VI:
http://www.fnff.es/Opinan_sobre_Franco_Cardenal_Herrera_Oria_600_c.htm

O sea, que menos ruedas de molino y un poco más de memoria…
Javier Renobales Scheifler
27-Marzo-2013 – 11:18 am

Esperanza, por dios, Esperanza, sólo sabes bailar chá, chá, chá.
… Y ahora todo se acabó.
Eso dice la canción por aquí, sin ser tango.
Esperanza porque sí, de nada vale, esperanza por decreto.
oscar varela
27-Marzo-2013 – 10:58 am

Hola Gabriel López!

Te leo:

-”Quizá la iglesia se vea obligada por los nuevos tiempos a lavar su penosa imagen, pero que nadie espere nada“-

En “Tiempos revueltos” (cuando no se tiene ni se sabe de algún Argumento que llene el corazón de nuestro protagonismo) los Escenarios en que se ofertan los dramas, comedias y tragedias que componen nuestro andar viviendo, no ha de extrañarnos el que anden em-barrados y em-pantanados nuestros pies.

No veo en el horizonte de las estructuras que el mundo de hoy nos ofrece, alguna que destaque en “imagen limpia” que no requiera re-novarse.

Es posible que muchas de esas estructuras solo atinen -no por maldad- a re-formarse. Y entonces nos queda ese sabor amargo de “gatopardismo” del conde de Lampedusa.

La vida es un soplo y nada más … y sin embargo …

Prefiero y trato de atender al “sin embargo…” ¿Te sumás?

En ese caso, sería bueno ir borrando ese final de trágico tango: -”pero que nadie espere nada“-.

¡Vamos todavía! – Oscar.
Gabriel López
27-Marzo-2013 – 9:44 am

Buenos días, considero estéril y agotador seguir debatiendo y reincidiendo en este tema, la elección del Papa Francisco y las cuestiones derivadas del mismo, por lo que este será mi último comentario al respecto. Bergoglio es un patricio elegido por patricios, y se debe a los de su condición. Dentro de esa elite hay familias que manda más que otras y que dirigen el sistema, poco importa en este caso quién esté al frente de la dictadura, el problema es la existencia de la dictadura. El Papa es y seguirá siendo de hecho y de derecho, Sumo Pontífice de la Iglesia Universal por mucho que se pretenda dar una imagen renovada. No es la primera vez que tímidamente se realiza un lavado de imagen, el más citado y elogiado en este blog fue el Concilio Vaticano II, el claro ejemplo de “cambiar todo para que nada cambie”, promovido por los patricios de entonces y de su representante el Sumo Pontífice Juan XXIII que se paseaba en Silla gestatoria llevado por criados, lucia en su cabeza la tiara de oro y dejaba que se le besara el pié. Quizá, como entonces, la iglesia se vea obligada por los nuevos tiempos a lavar su penosa imagen, pero que nadie espere nada.
Rodrigo Olvera
27-Marzo-2013 – 8:11 am

Estimado Celso

Siempre un gusto leerte. Creo que no te equivocas. Dudo que Francisco vuelva a usar en palabra o en escrito el título de Sumo Pontífice de la Iglesia Universal.
Pero también dudo que Francisco vaya a modificar el Catecismo y el Código Canónico aprobados por Wojtila, donde se manifiesta en disposiciones concretas -más allá del título- la pretensión de ser Sumo Pontífice de la Iglesia Universal.

Siguiendo la imagen de la margarita de Pepe Blanco: ¿de que tanto sirve que no use la expresión, si mantiene la institucionalidad (Código de Derecho Canónico) y la ideología que la justifica (Catecismo de la Iglesia Católica) que le dan contenido a tal expresión no nombrada pero ejercida? No diré que no sirve de nada. Sí sirve, de un poquito, pero tampoco tanto.

Me encantaría equivocarme y que efectivamente se modifiquen Catecismo y Código. Claro, para ello habría que denunciar tanto a Trento como al Vaticano I y Vaticano II.

Saludos
oscar varela
27-Marzo-2013 – 3:30 am

Hola!

Don Celso Alcaina me resulta confiable. Más no sé.

Lo noto abierto a que Bergoglio ande por buen carril, que el Artículo no desmiente.

Pero pienso que el devenir depende de la responsable madurez que demuestren los Obispos al ejercer sus propios derechos a mandar-sirviendo en sus jurisdicciones.

¡Vamos todavía! – Oscar.

Francisco de Asís y Francisco de Roma. Leonardo Boff


Francisco de Asís y Francisco de Roma
2013-03-29

Desde que el obispo de Roma electo, y por eso Papa, asumió el nombre de Francisco, se hace inevitable la comparación entre los dos Franciscos, el de Asís y el de Roma. Además, el Francisco de Roma se remitió explícitamente a Francisco de Asís. Evidentemente no se trata de mimetismo, sino de constatar puntos de inspiración que nos indiquen el estilo que el Francisco de Roma quiere conferir a la dirección de la Iglesia universal.

Hay un punto común innegable: la crisis de la institución eclesiástica. El joven Francisco dice haber oído una voz venida del Crucifijo de San Damián que le decía: “Francisco repara mi Iglesia porque está en ruinas”. Giotto lo representó bien, mostrando a Francisco soportando sobre sus hombros el pesado edificio de la Iglesia.

Nosotros vivimos también una grave crisis por causa de los escándalos internos de la propia institución eclesiástica. Se ha oído el clamor universal («la voz del pueblo es la voz de Dios»): «reparen la Iglesia que se encuentra en ruinas en su moralidad y su credibilidad». Y se ha confiado a un cardenal de la periferia del mundo, a Bergoglio, de Buenos Aires, la misión de restaurar, como Papa, la Iglesia a la luz de Francisco de Asís.

En el tiempo de san Francisco de Asís triunfaba el Papa Inocencio III (1198-1216) que se presentaba como «el representante de Cristo». Con él se alcanzó el grado supremo de secularización de la institución eclesiástica con intereses explícitos de «dominium mundi», de dominación del mundo. Efectivamente, por un momento, prácticamente toda Europa hasta Rusia estaba sometida al Papa. Se vivía en la mayor pompa y gloria. En 1210, con muchas dudas, Inocencio III reconoció el camino de pobreza de Francisco de Asís. La crisis era teológica, pues una Iglesia-imperio temporal y sacral contradecía todo lo que Jesús quería.

Francisco vivió la antítesis del proyecto imperial de Iglesia. Al evangelio del poder, presentó el poder del evangelio: en el despojamiento total, en la pobreza radical y en la extrema sencillez. No se situó en el marco clerical ni monacal, sino que como laico se orientó por el evangelio vivido al pie de la letra en las periferias de las ciudades, donde están los pobres y los leprosos, y en medio de la naturaleza, viviendo una hermandad cósmica con todos los seres. Desde la periferia habló al centro, pidiendo conversión. Sin hacer una crítica explícita, inició una gran reforma a partir de abajo pero sin romper con Roma. Nos encontramos ante un genio cristiano de seductora humanidad y de fascinante ternura y cuidado que puso al descubierto lo mejor de nuestra humanidad.

Estimo que esta estrategia debe haber impresionado a Francisco de Roma. Hay que reformar la Curia y los hábitos clericales de toda la Iglesia. Pero no hay que crear una ruptura que desgarraría el cuerpo de la cristiandad.

Otro punto que seguramente habrá inspirado a Francisco de Roma: la centralidad que Francisco de Asís otorgó a los pobres. No organizó ninguna obra para los pobres, sino que vivió con los pobres y como los pobres. Francisco de Roma, desde que lo conocemos, vive repitiendo que el problema de los pobres no se resuelve sin la participación de los pobres, no por la filantropía sino por la justicia social. Ésta disminuye las desigualdades que castigan a América Latina y, en general, al mundo entero.

El tercer punto de inspiración es de gran actualidad: cómo relacionarnos con la Madre Tierra y con los bienes y servicios escasos. En la alocución inaugural de su entronización, Francisco de Roma usó más de 8 veces la palabra cuidado. Es la ética del cuidado, como yo mismo he insistido fuertemente, la que va a salvar la vida humana y garantizar la vitalidad de los ecosistemas. Francisco de Asís, patrono de la ecología, será el paradigma de una relación respetuosa y fraterna hacia todos los seres, no encima sino al pie de la naturaleza.

Francisco de Asís mantuvo con Clara una relación de gran amistad y de verdadero amor. Exaltó a la mujer y a las virtudes considerándolas «damas». Ojalá inspire a Francisco de Roma una relación con las mujeres, que son la mayoría de la Iglesia, no sólo de respeto, sino también dándoles protagonismo en la toma de decisiones sobre los caminos de la fe y de la espiritualidad en el nuevo milenio.

Por último, Francisco de Asís es, según el filósofo Max Scheler, el prototipo occidental de la razón cordial y emocional. Ella nos hace sensibles a la pasión de los que sufren y a los gritos de la Tierra. Francisco de Roma, a diferencia de Benedicto XVI, expresión de la razón intelectual, es un claro ejemplo de la inteligencia cordial que ama al pueblo, abraza a las personas, besa a los niños y mira amorosamente a las multitudes. Si la razón moderna se amalgama con la sensibilidad del corazón, no será tan difícil cuidar la Casa Común y a los hijos e hijas desheredados, y alimentaremos la convicción muy franciscana de que abrazando cariñosamente al mundo, estamos abrazando a Dios.

Leonardo Boff

Discurso del Papa Francisco, ante el Cuerpo Diplomático acreditado en la Santa Sede


Discurso del Papa Francisco, ante el Cuerpo Diplomático acreditado en la Santa Sede.

El Papa que paga sus cuentas. Leonardo Boff


El Papa que paga sus cuentas. Leonardo Boff.

Florecitas en La Piedad, III. Saira, Beatriz,Giovana


Florecitas en La Piedad, III. Saira, Beatriz,Giovana.

Saturday Edition – What We’re Writing and Reading


Saturday Edition – What We're Writing and Reading.

¿Cómo entender el Papado?. (Algunos apuntes de orden histórico). Eduardo HOORNAERT


(Tomado de RELAT. http://www.servicioskoinonia.org )

¿Cómo entender el Papado?
(Algunos apuntes de orden histórico)
Eduardo HOORNAERT

Nada más concluir el concilio Vaticano II hubo intensas discusiones sobre el papado. Muchas de ellas tuvieron eco en las páginas de la revista «Concilium» a lo largo de la década de 1960. De esos debates quedó la convicción de que es necesario conocer mejor la historia del papado, para evitar los anacronismos (proyectar al pasado las situaciones presentes) y las afirmaciones desprovistas de base histórica que permean el discurso acerca del gobierno central de la Iglesia católica. Ante un tema que toca puntos neurálgicos del sistema católico y de la sensibilidad católica, me parece importante anotar aquí algunos puntos básicos que suelen hacerse presentes cuando se habla sobre el papado.

1. Pedro en Roma

El obispo Eusebio de Cesarea, teórico de la política universalista del emperador Constantino, en el siglo IV, redactó para las principales ciudades del imperio romano listas de la sucesión de obispos, en el intento de adaptar el sistema cristiano al modelo sacerdotal romano. Lo hizo de una forma bastante aleatoria. Así, escribe, por ejemplo, que Clemente fue ‘el tercer obispo de Roma’, después de Lino y Anacleto. Conocemos a Clemente romano por sus cartas, pero nada sabemos acerca de Lino y de Anacleto. Nadie sabe de dónde sacó Eusebio esos nombres, trescientos años después de los acontecimientos.

Para dar consistencia a su tesis de que Pedro es el primer papa, Eusebio escribe, en el segundo libro (14,6) de su ‘Historia eclesiástica’, que el apóstol Pedro viajó a Roma al comienzo del reinado de Claudio, o sea, alrededor del año 44. ¿Qué dicen los escritos de Nuevo Testamento sobre eso? En Hechos de los apóstoles (12,17) se dice que Pedro, en el año 43, salió de Jerusalén y ‘fue a otro lugar’, sin especificar cuál. Los mismos Hechos relatan que Pedro está en Jerusalén en el año 49, con ocasión de la visita de Pablo. Nada se dice sobre la actuación del apóstol entre los años 43 y 49. Lo más probable es que haya viajado a Samaria como exorcista, pues los Hechos relatan su disputa con otro exorcista, de nombre Simón el Mago, que actuaba en aquella región. En fin, las fechas propuestas por Eusebio no se combinan con lo que los Hechos de los apóstoles nos narran.

Los historiadores hoy concuerdan en decir que Eusebio es un historiador sospechoso, pues está involucrado en un proyecto que tiene como finalidad articular la política imperial en su relación con el cristianismo, y contar el movimiento cristiano ajustándolo a un modelo dinástico de tipo romano. Eusebio proyecta la imagen de la Iglesia del siglo IV hacia el pasado. Por ejemplo, proyecta la repartición territorial de las áreas de influencia (diócesis) –repartición que forma parte de la administración romana– a los primeros tiempos del cristianismo, sin ninguna base historiográfica. En los capítulos 4 a 7 de su Historia Eclesiástica, elabora listas de obispos monárquicos que se remontan hasta los apóstoles. En todo ello aparece la intención de asimilar las estructuras cristianas a la organización imperial de la época.

Concluyendo, podemos decir que no hay base histórica para la afirmación de que Pedro haya estado en Roma, y con eso cae uno de los principales fundamentos del discurso oficial sobre el papado.

2. ‘Tu eres Pedro’

Hoy, las palabras ‘Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’ figuran, con enormes letras, en el interior de la cúpula de la basílica de San Pedro, en Roma. Hay que recordar que se trata de un versículo aislado del evangelio de Mateo. Sin embargo, el sentido del versículo sólo aparece cuando es leído en el contexto, o sea, dentro de la secuencia de cuatro versículos: Mt 16,16-19. El historiador ortodoxo Meyendorff[1] muestra cómo esos versículos han sido entendidos en los siglos anteriores a Constantino y a la alianza entre las jerarquías cristianas y las autoridades del imperio romano. Se trata, según el historiador, de un elogio de Jesús dirigido a Pedro. Cuando éste afirma que Jesús no es un profeta entre otros, sino el ungido de Dios, Pedro muestra que Jesús no sigue la tradicional manera de actuar de los profetas del Antiguo Testamento, que amenazaban e intimidaban a las personas hablando de la ira de Dios por causa de los pecados y de la necesidad de penitencia. Pedro entiende que Jesús, que no amenaza ni condena, sino que apunta hacia el Reino de Dios, la gracia, la misericordia, el perdón, es diferente. Debe ser el ungido de Dios tan esperado, piensa él. Y Jesús elogia a Pedro por expresar de forma tan feliz la novedad que él mismo viene a traer. Es como si quisiese decir: “tú captas mi intención, tú eres la piedra sobre la cual pretendo construir mi Iglesia, si todos entendiesen lo que tú dices aquí, mi Iglesia estaría bien fuerte”.

Eusebio de Cesarea y los demás teólogos comprometidos con la ideología imperial romana no leen el versículo 18 en su contexto, sino que lo aíslan de los demás versículos (16-19) y con ello dan un significado diferente a las palabras de Mateo.

Hoy Eusebio ha de ser severamente criticado (así como los que lo siguen en la exégesis de Mt 16,18), pues la exégesis actual es taxativa en afirmar que no se puede aislar un texto de su conjunto literario y transformarlo en un oráculo. Para quien lee los evangelios contextualmente queda claro que no dan pie para imaginar que Jesús haya planeado una dinastía apostólica de carácter corporativo, basada en sucesión de poderes.

3. La religión del pueblo (y de los papas)

Más y más me convenzo de que el camino cierto, para analizar el papado, consiste en prestar atención a la religión del pueblo. La palabra ‘papa’ (pope) pertenece al griego popular del siglo III y es un término derivado de la palabra griega ‘pater’ (padre). Expresa el cariño que los cristianos tenían hacia determinados obispos o sacerdotes. El término penetró en el vocabulario cristiano, tanto de la Iglesia ortodoxa como de la católica. En el interior de Rusia, hasta hoy, el pastor de la comunidad es llamado ‘pope’. La historia cuenta que el primer obispo en ser llamado ‘papa’ fue Cipriano, obispo de Cartago entre 248 y 258, y que el término ‘papa’ sólo apareció tardíamente en Roma: el primer obispo de aquella ciudad en recibir oficialmente ese nombre (según la documentación disponible) fue Juan I, en el siglo VI.

Entre nosotros no se ha concedido la debida atención a la religión popular en la construcción del cristianismo. Es un dato implícito a toda la historia de la Iglesia, pero que pasa ampliamente desapercibido y sin comentario. Ello proviene, en parte, del hecho de que, hasta hace poco tiempo, la historiografía cristiana estaba principalmente basada en el estudio de fuentes escritas. Ahora bien, esas fuentes prácticamente nunca abordan la religión del pueblo. Por lo demás, es la regla general: los intelectuales no acostumbran a mostrar interés por lo que ocurre en medio del pueblo común y anónimo. La ‘plebe’ no consigue la atención de filósofos como Platón, Aristóteles, Cicerón o Séneca, ni de intelectuales prominentes como Galeno, Plotino o Marco Aurelio. Ni siquiera autores cristianos como Justino, Ireneo, Tertuliano, Cipriano, Clemente de Alejandría u Orígenes, describen lo que ocurre entre cristianos comunes. En definitiva, ellos también pertenecen a la élite letrada. Hoy existen ciencias que nos revelan la vida vivida de aquellos tiempos, más allá de los escritos, como la arqueología y la “iconografía”, o sea, el estudio del arte cristiano.

El estudio del arte cristiano en el transcurso del siglo IV muestra que prácticamente todo lo que se cuenta sobre Pedro proviene de la religión popular. En la época de la construcción de las primeras basílicas cristianas (segunda parte del siglo IV), fueron invitados artistas que trabajaban con mosaicos para cubrir las paredes de escenas relativas a los evangelios y a la vida de la Iglesia. Así, aparecieron las más variadas imágenes de Pedro: crucificado cabeza abajo, con las llaves en la mano, pescador, asegurando en la mano derecha la maqueta de alguna nueva Iglesia, con vestidos sacerdotales romanos (alba, estola, manípulo…), con la tiara persa o la mitra mesopotámica (de la liturgia del dios Mitra) en la cabeza, con su barco (que nunca se hunde), su red (que pesca hombres), su sello, su cátedra (la Santa ‘Sede’).

Pero la imagen que aparece con más frecuencia es la de la tumba de Pedro, al lado de la tumba de Paulo. Efectivamente, el papa es antes de nada visto como el guardián de las tumbas de Pedro y Paulo. Una tradición romana muy antigua cuenta que Pedro fue martirizado en el monte Vaticano y que Pablo lo fue ‘fuera de los muros’ de la ciudad. Desde muy pronto se registran ‘romerías’ a las tumbas de los apóstoles-mártires, Pedro y Pablo[2]. Sin documentación que probase la veracidad de la presencia de Pedro y Pablo en Roma, las historias sobre ambos proliferan en Roma. Ya en el siglo II, ir a Roma significa ir a visitar las tumbas sagradas, como se comprueba en los escritos de Justino e Ignacio de Antioquía.

El papa Pío XII todavía trató de reavivar la tradición de estas romerías por medio del ‘año santo’ de 1950, que fue un éxito, y más tarde, en 1956, mandó ejecutar excavaciones en un cementerio antiguo descubierto en 1956 bajo un garaje en construcción en el Vaticano. En ese cementerio eran enterradas personas pobres, esclavos y libertos, hasta en los siglos IV y V. El papa esperó encontrar ahí señales de la tumba de Pedro, pero las obras fueron suspensas por falta de evidencias[3].

Todo ello indica que la institución cristiana, tal como funciona concretamente, puede ser considerada una creación de la religión popular. Para los obispos, no es tan fácil aceptar eso, pero no hay cómo escapar de la evidencia. Todos sabemos que el pueblo sostiene financieramente a la jerarquía (de una u otra forma) y que él es quien confiere prestigio y honorabilidad a obispos y papas. En definitiva, ¿qué sería del papa si ya nadie saliese de casa para ir a verlo y aclamarlo?

Interesante observar que los propios papas tienen su ‘religiosidad’. Hasta ahora, ningún papa se ha atrevido a adoptar el nombre de Pedro. Sólo tardíamente, en el siglo VI, un papa adoptó el nombre de Juan, y sólo en el siglo VIII apareció el primer Pablo. Hay muchos detalles interesantes en ese sentido, que no menciono aquí por falta de espacio, pero que el lector puede investigar en google.

4. La lucha por la hegemonía

A partir del siglo III se desencadenó entre los obispos de las cuatro principales metrópolis del imperio romano (Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Roma) una dura lucha por el poder. Fue particularmente dramática en la parte oriental del imperio, donde se hablaba griego. Los obispos en litigio fueron llamados ‘patriarcas’, un término que acopla el ‘pater’ griego con el poder político (‘archè’, en griego, significa ‘poder’). El ‘patriarca’ es al mismo tempo ‘padre’ y ‘líder político’. Al principio Roma participaba poco en esta disputa, por quedar lejos de los grandes centros de poder de la época, y por usar una lengua menos universal (sólo usada en la administración y en el ejército del sistema imperial romano), el latín. Por su parte, Jerusalén, ciudad ‘matriz’ del movimiento cristiano, quedó fuera de la escena, por ser una ciudad de poca importancia política.

En el año 330 Constantinopla se autoproclama la ‘segunda Roma’, un título aceptado por los obispos en el año 381, con ocasión del concilio de Constantinopla. De entonces en adelante, el poder divino (ejercido por Pedro) actúa en la ‘nueva Roma’, o sea, en Constantinopla. Fortalecidos por ese consenso, los patriarcas de Constantinopla se implican cada vez más en asuntos internos de las demás Iglesias, un proceso que culmina en Calcedonia (451), cuando Constantinopla nombra obispos para Antioquía y Alejandría. La idea de la transferencia del ‘poder de Pedro’ todavía tiene acogida favorable en el siglo XVI; cuando el patriarca Jeremías II Tranos, de Constantinopla, viaja a Rusia (1589), impresionado por el vigor del cristianismo en aquel país, y hace de Moscú una ‘tercera Roma’. Enseguida, la ciudad se convierte en un centro de peregrinación. Así como los francos y germanos peregrinan a Roma, los eslavos y rusos peregrinan hacia Moscú. La identificación entre el imperio romano, su memoria, sus símbolos, sus ritos, sus vestimentas y ceremonias, y los imperios bizantino, carolingio, ruso y católico es algo que salta a la vista del historiador. Efectivamente, ‘el mundo gira, pero la cruz permanece’[4].

5. Durante siglos, Roma busca el poder

El patriarca de Roma, que al principio no ocupa un papel destacado en la lucha por la hegemonía sobre toda la cristiandad, no deja de hacer valer su poder en la parte occidental del imperio, desde muy pronto. Ya en el siglo III el ya citado obispo Cipriano, de Cartago, reacciona con energía ante las pretensiones hegemónicas del obispo de Roma, y repite que entre los obispos ha de reinar una ‘completa igualdad de funciones y de poder’. Pero la historia avanza inexorablemente. Con tenacidad, los sucesivos patriarcas de Roma consiguen ampliar su ascendencia sobre las demás Iglesias de Occidente. Es una larga historia, de la cual apunto aquí apenas algunos momentos más decisivos[5].

Pienso que es importante recorrer las sucesivas etapas, pues de ese modo resulta más fácil comprender que el papado es una construcción histórica condicionada por el tiempo y por el espacio, como todo lo que el ser humano hace. Y todo lo que el ser humano construye puede ser de-construido, remodelado u substituido por algo que sea más adecuado a las exigencias del momento.

– Hasta el final del siglo III el papado no interviene en las decisiones tomadas por las reuniones de los obispos. Ellos son libres y soberanos. Pero ya se anuncian problemas en el horizonte.

– La misma actitud perdura en la primera parte del siglo IV. Los obispos locales mantienen su independencia ante Roma, aunque siempre manifiesten respeto para con el patriarca de Roma. Así, en las reuniones episcopales de Arles (314), Nicea (325) y Sárdico (342). Cuando se produce alguna cuestión especial, el obispo de Roma es notificado, nada más. Los patriarcas Silvestre y Liberio no interfieren en las decisiones tomadas en las reuniones de obispos (concilios).

– Las cosas comienza a cambiar en la segunda parte del siglo IV. Los patriarcas romanos Damasio (366-384) y Sirico (384-399) se muestran muy desinhibidos y atribuyen a Pedro (y sus sucesores) títulos de la nomenclatura religiosa romana, como ‘sumo pontífice’, ‘príncipe (de los apóstoles)’, ‘vicario (de Cristo)’. Obispos como Basilio y Ambrosio no aprueban las maniobras romanas, pero aun así, los patriarcas romanos avanzan en busca de control sobre los obispos.

– Con Inocencio I, al inicio del siglo V, avanza el proceso de la romanización de la Iglesia cristiana en Occidente. Inocencio interviene sistemáticamente en los asuntos de Iglesias locales de Francia, España e Iliria (región balcánica), exige informes, se reserva la última decisión… A las reuniones episcopales de Cartago y Mileve (sobre el pelagianismo), él manda decir que un problema sólo puede resolverse pasando por Roma. Celestino I sigue el mismo camino y resuelve soberanamente el caso de Nestorio (de Alejandría), y envía como delegado a Cirilo de Alejandría al concilio de Éfeso (431). Una vez más, los obispos y los teólogos reaccionan. Incluso Agustín no está de acuerdo, aunque se diga que él sea autor de la frase ‘Roma hablada, causa acabada’[6]. Agustín mantiene la idea tradicional: la autoridad romana ha de respetar la soberanía de los concilios episcopales. El primado del obispo de Roma es solamente honorario.

– Pero el proceso de la centralización romana continúa. León I intensifica la mística petrina, y principalmente la mitología en torno a la imagen de Pedro. Tiene la osadía de afirmar que su autoridad (la ‘plenitud del poder’[7]), proviene directamente de Cristo. El ‘vicario de Cristo’ es el ‘príncipe de los apóstoles’; no es el ‘primero entre los iguales[8]’ (como decía Eusebio), ni una autoridad ‘honoraria’ (como decía Agustín). En los concilios realizados en España, Italia del Norte y de África del Norte, León actúa como jefe absoluto e interviene hasta en detalles mínimos. Incluso en Oriente se atreve a interferir. En la controversia monofisita, desprecia la intervención del patriarca de Alejandría y manda sus propios legados, transmite órdenes a los padres conciliares reunidos en Calcedonia y declara nulas las decisiones que no le agradan. Esa postura autoritaria impresiona mucho a los contemporáneos, que conservan cuidadosamente su correspondencia, que pasa a constituir la base de la teoría papal vigente hasta nuestros días.

– La victoria definitiva del papado llega con Gregorio Magno, que crea en Lerins, en la actual Francia, una escuela de ‘aristócratas episcopales’ para establecer la organización eclesiástica en el sur de Galia. Intelectual de renombre, Gregorio inicia los tiempos gloriosos de Roma. Su figura puede ser colocada a la altura de otros exponentes da ‘aristocracia episcopal’, como Ambrosio, protagonista da supremacía de la Iglesia sobre el Estado; o Agustín, al mismo tempo ‘padre de la inquisición’ y genial teólogo; o Juan Crisóstomo, orador de renombre, o también Cirilo de Alejandría, fundador de la tradición teológica griega.

– El camino queda abierto. Después de la exitosa alianza con el emergente poder germánico en Occidente (Carlomagno, año 800), los papas romanos elevan cada vez más el tono de su voz y, con ello, sus relaciones con los patriarcas orientales (principalmente con el patriarca de Constantinopla) se hacen cada vez más tensas. El cisma de 1054 viene a cerrar una evolución de siglos. Se rompe la unidad del cuerpo cristiano y dos caminos se separan: el ortodoxo y el católico.

6. Roma en el auge del poder

Ahí comienza la historia de la Iglesia Católica Apostólica Romana propiamente dicha. Es una historia de siglos de éxito. Y ese éxito proviene principalmente de la diplomacia, o sea, del ‘arte de la Corte’ que Roma aprendió con Constantinopla. A lo largo de siglos, prácticamente todos los gobiernos de Europa occidental aprenden en Roma o por Roma ese arte. La diplomacia es un arte nada edificante, pero muy eficiente. Un arte que incluye hipocresía, apariencia, habilidad en saber lidiar con el pueblo, impunidad, sigilo, lenguaje codificado (inaccesible a los fieles), palabras piadosas (y engañosas), crueldad encubierta de caridad, acumulación financiera (indulgencias, amenaza del infierno, del miedo, etc.). La imponente ‘Historia criminal del cristianismo’, en 10 volúmenes, que el historiador K. Deschner acaba de concluir, describe con detalle ese arte eminentemente papal.

Es principalmente por medio del arte de la diplomacia como a lo largo de la Edad Media el papado cosecha éxitos fenomenales. Sin armas, Roma se enfrenta a los mayores poderes de Occidente y sale victoriosa (Canossa 1077). Como resultado, la Iglesia es afectada, al decir del historiador Toynbee, por la ‘embriaguez de la victoria’. El papa pierde el contacto con la realidad del mundo y pasa a vivir en un universo irreal, repleto de palabras sobrenaturales (que nadie entiende).

7. Roma al lado de los más fuertes

Con la llegada de la modernidad, el papado pierde paulatinamente espacio público. En el siglo XIX, principalmente durante el largo pontificado de Pío IX, la antigua estrategia de oponerse a los ‘poderes de este mundo’ ya no funciona. Ya no comporta más victorias, sólo registra derrotas. Entonces, el papa León XIII decide cambiar de estrategia, e inicia una política de apoyo a los más fuertes, estrategia que funcionará durante todo el siglo XX. Benedicto XV sale de la primera guerra mundial al lado de los vencedores; Pío XI apoya Mussolini, Hitler y Franco, mientras Pío XII practica la política del silencio ante los crímenes contra la humanidad, perpetrados durante la segunda guerra mundial a costa de incontables vidas humanas. Tras una breve interrupción con Juan XXIII, la política de apoyo silencioso a los ganadores (y de palabras genéricas de consuelo a los perdedores) continúa, hasta nuestros días.

8. El papado, un problema

Por todo eso, se puede decir hoy que el papado no es una solución: es un problema. Pues el papa no es sólo un líder religioso, sino también un jefe de Estado. Cada vez aparece más claro cómo el papado es una excrecencia del episcopado. Ese episcopado registra, a lo largo de los siglos, páginas luminosas. Aquí, en América Latina hemos tenido, en los últimos tiempos, además de obispos mártires, como Romero y Angelelli, una generación de obispos excepcionales, entre los años 1960 y 1990. Es verdad que el Concilio Vaticano II avanzó la idea de la colegialidad episcopal, con la intención de fortalecer el poder de los obispos y limitar el poder del papa, pero no ha producido avances considerables, por lo menos hasta hoy. Aun así, hay que recordar que el catolicismo es mayor que el papa, y que la importancia de los valores vehiculados por el catolicismo es mayor que su actual sistema de gobierno.

Todo se resume en la siguiente pregunta: ¿‘puede la Iglesia católica subsistir sin papa?’ Es como preguntar ‘puede Francia subsistir sin rey, o Inglaterra sin reina, o Rusia sin zar, o Irán sin ayatolá?’. La propia historia da la respuesta. Francia no desapareció con la destitución del rey Luis XVI, e Irán ciertamente no se acabará con el fin del reinado de los ayatolás. El surgimiento del protestantismo en el siglo XVI demostró que el cristianismo puede subsistir sin papa. Se producirán ciertamente resiliencias y nostalgias, tentativas de vuelta al pasado, pero las instituciones no acostumbran a desaparecer con los cambios de gobierno. En general, el movimiento de la historia en dirección a una mayor participación popular es irreversible (según parece). Tarde o temprano, la Iglesia Católica tendrá que afrontar la cuestión de la superación del papado por un sistema de gobierno central más adecuada a los tiempos que vivimos.

[1] Meyendorff, The Primacy of Peter. Essays on Ecclesiology the Early Church and, Crestwood (NY), St. Vladimir‘s Seminary Press, 1992.

[2] Las romerías ‘ad limina apostolorum’.

[3] Vease: Revue d’ Histoire Écclésiastique, Louvain, 1976, 109-111, con comentario del libro de Väänänen sobre el asunto.

[4] Stat crux dum volvitur mundus.

[5] Veja Wojtowytsch, M., Papsstum und Konzile von den Anfängen bis zu Leo I (440-461). Studien zur Enstehung der Überordnung des Papstes über Konzile, Stuttgart, A Hiersemann Verlag, 1981.

[6] Roma locuta, causa finita.

[7] Plenitudo potestatis.

[8] Primus inter pares. Esa es la tesis clásica de Cipriano.

¿Cómo entender el Papado?. (Algunos apuntes de orden histórico). Eduardo HOORNAERT


¿Cómo entender el Papado?. (Algunos apuntes de orden histórico). Eduardo HOORNAERT.

MAÑANA, VIERNES DE DOLORES


MAÑANA, VIERNES DE DOLORES.