Francisco de Asís y Francisco de Roma. Leonardo Boff


Francisco de Asís y Francisco de Roma
2013-03-29

Desde que el obispo de Roma electo, y por eso Papa, asumió el nombre de Francisco, se hace inevitable la comparación entre los dos Franciscos, el de Asís y el de Roma. Además, el Francisco de Roma se remitió explícitamente a Francisco de Asís. Evidentemente no se trata de mimetismo, sino de constatar puntos de inspiración que nos indiquen el estilo que el Francisco de Roma quiere conferir a la dirección de la Iglesia universal.

Hay un punto común innegable: la crisis de la institución eclesiástica. El joven Francisco dice haber oído una voz venida del Crucifijo de San Damián que le decía: “Francisco repara mi Iglesia porque está en ruinas”. Giotto lo representó bien, mostrando a Francisco soportando sobre sus hombros el pesado edificio de la Iglesia.

Nosotros vivimos también una grave crisis por causa de los escándalos internos de la propia institución eclesiástica. Se ha oído el clamor universal («la voz del pueblo es la voz de Dios»): «reparen la Iglesia que se encuentra en ruinas en su moralidad y su credibilidad». Y se ha confiado a un cardenal de la periferia del mundo, a Bergoglio, de Buenos Aires, la misión de restaurar, como Papa, la Iglesia a la luz de Francisco de Asís.

En el tiempo de san Francisco de Asís triunfaba el Papa Inocencio III (1198-1216) que se presentaba como «el representante de Cristo». Con él se alcanzó el grado supremo de secularización de la institución eclesiástica con intereses explícitos de «dominium mundi», de dominación del mundo. Efectivamente, por un momento, prácticamente toda Europa hasta Rusia estaba sometida al Papa. Se vivía en la mayor pompa y gloria. En 1210, con muchas dudas, Inocencio III reconoció el camino de pobreza de Francisco de Asís. La crisis era teológica, pues una Iglesia-imperio temporal y sacral contradecía todo lo que Jesús quería.

Francisco vivió la antítesis del proyecto imperial de Iglesia. Al evangelio del poder, presentó el poder del evangelio: en el despojamiento total, en la pobreza radical y en la extrema sencillez. No se situó en el marco clerical ni monacal, sino que como laico se orientó por el evangelio vivido al pie de la letra en las periferias de las ciudades, donde están los pobres y los leprosos, y en medio de la naturaleza, viviendo una hermandad cósmica con todos los seres. Desde la periferia habló al centro, pidiendo conversión. Sin hacer una crítica explícita, inició una gran reforma a partir de abajo pero sin romper con Roma. Nos encontramos ante un genio cristiano de seductora humanidad y de fascinante ternura y cuidado que puso al descubierto lo mejor de nuestra humanidad.

Estimo que esta estrategia debe haber impresionado a Francisco de Roma. Hay que reformar la Curia y los hábitos clericales de toda la Iglesia. Pero no hay que crear una ruptura que desgarraría el cuerpo de la cristiandad.

Otro punto que seguramente habrá inspirado a Francisco de Roma: la centralidad que Francisco de Asís otorgó a los pobres. No organizó ninguna obra para los pobres, sino que vivió con los pobres y como los pobres. Francisco de Roma, desde que lo conocemos, vive repitiendo que el problema de los pobres no se resuelve sin la participación de los pobres, no por la filantropía sino por la justicia social. Ésta disminuye las desigualdades que castigan a América Latina y, en general, al mundo entero.

El tercer punto de inspiración es de gran actualidad: cómo relacionarnos con la Madre Tierra y con los bienes y servicios escasos. En la alocución inaugural de su entronización, Francisco de Roma usó más de 8 veces la palabra cuidado. Es la ética del cuidado, como yo mismo he insistido fuertemente, la que va a salvar la vida humana y garantizar la vitalidad de los ecosistemas. Francisco de Asís, patrono de la ecología, será el paradigma de una relación respetuosa y fraterna hacia todos los seres, no encima sino al pie de la naturaleza.

Francisco de Asís mantuvo con Clara una relación de gran amistad y de verdadero amor. Exaltó a la mujer y a las virtudes considerándolas «damas». Ojalá inspire a Francisco de Roma una relación con las mujeres, que son la mayoría de la Iglesia, no sólo de respeto, sino también dándoles protagonismo en la toma de decisiones sobre los caminos de la fe y de la espiritualidad en el nuevo milenio.

Por último, Francisco de Asís es, según el filósofo Max Scheler, el prototipo occidental de la razón cordial y emocional. Ella nos hace sensibles a la pasión de los que sufren y a los gritos de la Tierra. Francisco de Roma, a diferencia de Benedicto XVI, expresión de la razón intelectual, es un claro ejemplo de la inteligencia cordial que ama al pueblo, abraza a las personas, besa a los niños y mira amorosamente a las multitudes. Si la razón moderna se amalgama con la sensibilidad del corazón, no será tan difícil cuidar la Casa Común y a los hijos e hijas desheredados, y alimentaremos la convicción muy franciscana de que abrazando cariñosamente al mundo, estamos abrazando a Dios.

Leonardo Boff

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Discurso del Papa Francisco, ante el Cuerpo Diplomático acreditado en la Santa Sede


Discurso del Papa Francisco, ante el Cuerpo Diplomático acreditado en la Santa Sede.

El Papa que paga sus cuentas. Leonardo Boff


El Papa que paga sus cuentas. Leonardo Boff.

BENEDICTO XVI. DIOS, EL HAMBRE Y NOSOTROS. Jon Sobrino. S. J.


(Tomado de http://www.eclesia.wordpress.com )

BENEDICTO XVI. DIOS, EL HAMBRE Y NOSOTROS
JON SOBRINO, S.J., director del Centro Monseñor Romero de la UCA, jsobrino@cmr.uca.edu.sv
SAN SALVADOR (EL SALVADOR).

ECLESALIA, 07/03/13.- La renuncia de Benedicto XVI es un hecho importante. Puede mover la vida de la Iglesia en una u otra dirección. Y por lo que tiene de “ruptura sin precedentes” -lo decimos sin saber si ocurrirá, pero con esperanza de que ocurra- puede generar un ambiente propicio para la ruptura de otras tradiciones eclesiales que parecen intocables. Unas, más categoriales, tienen que ver con el mínimo acceso de los laicos, sobre todo de la mujer, a la vida, misión y responsabilidad en la Iglesia. Otras, más de fondo, tienen que ver con la concepción misma de la Iglesia -también la dogmática- como Iglesia de los pobres.

1. La renuncia de Benedicto XVI. Honradez, esperanza, libertad y soledad ante Dios

El papa ha tomado una decisión importante, y lo ha hecho con sencillez en la forma y hondura en el fondo. Ha venido a decir: “no puedo más”, lo que parece evidente dadas sus mermadas fuerzas. Más a fondo ha dicho: “No está ya en mis manos limpiar la suciedad en la Iglesia”. Los vaticanistas discutirán en qué consiste. Graves escándalos en la gestión económica que hace años llevó al suicidio de Calvi. La sombra alargada de Maciel, que además trae a la mente el desconocimiento e inacción de Juan Pablo II. Las luchas de poder entre importantes cardenales de la curia. Los historiadores lo estudiarán, pero es indudable que Benedicto XVI ha vivido bajo fuertes presiones.

Aunque en lo profundo de los seres humanos solo podemos entrar con infinito cuidado y de puntillas, pensamos que Ratzinger ha tomado su decisión por honradez con su conciencia, y que lo ha hecho con esperanza, aunque sea contra esperanza: un sucesor, con más energía y nuevas luces, con más gracia o mejor fortuna, podrá facilitar el cambio necesario. La ha tomado con libertad, expresada en el duro lenguaje sobre los hechos: miseria, suciedad, y sobre las exigencias: conversión en el interior de la lglesia. Las palabras están dirigidas a todos, in membris et in capite, se decía antes. Y no suenan como rutinarias, sino salidas del corazón: la Iglesia, y símbolos suyos importantes, se han alejado de Jesús. A él tienen que volver.

Benedicto ha tomado la decisión en un momento importante de su vida, al final, cuando los seres humanos, normales y nobles, no suelen engañarse ni engañar. Y pienso que la ha tomado “solo ante Dios”. Habrá podido consultar a algunas personas, indudablemente, pero no a “un papa”, a alguien que es mayor que él en el organigrama de la Iglesia.

Qué significa “solo ante Dios” no es fácil de comprender. A mí me ha ayudado desde que llegó a mis manos -y que con el Padre Ellacuría lo publicamos en la Revista Latinoamericana de Teología- el final del diario espiritual de Monseñor Romero. Pocas semanas antes de ser asesinado hizo un retiro espiritual, y en privacidad total le comunicó a su Padre espiritual las tres cosas que más le preocupaban: sus escrúpulos (que en él no eran sino finura de espíritu) de haber descuidado su vida espiritual, la posibilidad de una muerte violenta y la dificultad extrema de trabajar con sus hermanos obispos. Monseñor Romero se puso ante Dios, y estuvo a solas con Dios. El diálogo con su confesor no le proporcionó un apoyo añadido a su propia experiencia, aunque si le ayudó a profundizar en ella, solo ante Dios. Es bueno tenerlo siempre presente como posible experiencia.

Pocos años antes el Padre Pedro Arrupe, superior general de los jesuitas, se planteó dejar el cargo, que entonces era de por vida. En su caso, sí había un papa a quien solicitar ese favor, pero Juan Pablo II no accedió a la petición. No le parecía oportuno, pues temía que la Compañía cayera en problemas y peligros todavía mayores. Y quizás pensase también que la dimisión del General de los jesuitas abriría la puerta a la expectativa de que también el papa pudiera dimitir. Arrupe no pudo dimitir. Y se mantuvo solo ante Dios.

2. Dios y el hambre

Cuando en 1966 comencé a estudiar teología en Sankt Georgen, Frankfurt, decíamos que el mejor profesor de la facultad era Ratzinger. No enseñaba allí, sino en Tübingen, pero leíamos con avidez sus textos de clase, que eran excelentes. Me alegré de haber encontrado al teólogo Ratzinger, y años más tarde ocurrió el cambio que menciona González Faus en un artículo suyo.

Ratzinger, ni como téologo ni como papa, ha dejado de rezumar la profundidad del Theos, de Dios, pero pareciera que algo no ha llegado a lo profundo de su teología: los pobres y oprimidos, inmensa mayoría de este mundo.

Benedico XVI siente como responsabilidad suya específica, quizás la mayor, hacer presente a Dios en el mundo, especialmente en el mundo en el que está más ausente: el mundo de abundancia. Busca hacer presente a Dios para “gloria” de Dios y simultáneamente para “humanización” del mundo. Sin Dios no es posible un mundo humano, insiste. Y de ahí que desde el principio de su pontificado haya insistido en la importancia de lo absoluto y en lo nocivo de la relativización.

Benedicto es, pues, muy sensible a la deshumanización que es producto del desaparecimiento de “Dios”. Pero no se ha mostrado tan sensible a lo absolutamente inhumano y deshumanizante que es el hambre: las mayorías de pobres, oprimidos, esclavos, marginados, excluidos, asesinados, masacrados, las inmensas mayorías de la humanidad.

En mi opinión un gran aporte de la teología de la liberación, la de Gustavo Gutiérrez, Ignacio Ellacuría, Pedro Casaldáliga, quizás el aporte mayor, es precisamente haber radicalizado lo absoluto, pero de una manera específica: lo absoluto de Dios y lo co-absoluto del hambre. Sin mantener lo primero (o su equivalente en el Dios no explicitado de los creyentes anónimos, en lenguaje de Rahner), y ciertamente sin mantener lo segundo (según Mateo 25) nos deshumanizamos. Pedro Casaldáliga lo dice en palabras lapidarias: “Todo es relativo menos Dios y el hambre”.

3. Nosotros. Humanización y desmitificación del Papa

Ojalá podamos humanizar y desmitificar al papa. La tarea no es nada fácil.

Con dificultad aceptamos que el Cristo fue Jesús de Nazaret, un ser humano, un hombre. Prácticamente no conocemos lo que dice la Carta a los Hebreos, que el Cristo es Jesús de Nazaret -con ese nombre lo menciona ocho veces en la Carta; que fue hecho menor que los ángeles; que tuvo que aprender obediencia, gemir y llorar ante Dios. Y que es mediador no por poseer añadidos sobrehumanos, sobrenaturales, sino por haber ejercitado en su vida la fidelidad ante Dios y la misericordia para con los hombres. Y aun cuando lo conocemos así, difícilmente lo hacemos central en nuestras vidas, y en nuestra Iglesia.

Con facilidad deshumanizamos y mitificamos a Jesús. Y también al Papa. Le llamamos vicario de Cristo, es decir, el que hace las veces de Cristo sobre la tierra. Dicho más provocativamente, el que hace las veces de Jesús sobre la tierra. Durante la edad media, vicarios de Cristo eran los pobres. Y si mal no recuerdo, un fraile, el primero que llamó al Papa “vicario de Cristo”, sufrió una sanción canónica.

Lo que está en juego no es minusvalorar que haya vicarios de Cristo sobre la tierra. Todo lo contrario. A hacerlo realmente presente estamos llamados todos los seres humanos, hombres y mujeres. Y todos lo somos en la medida en que somos su sacramento. Expresamos su realidad en la medida en que nos parecemos a él, vivimos, hablamos y trabajamos como él. Y los mártires, además, mueren como él. Son los vicarios de Jesús de Nazaret en la tierra. Esto no nos hace inhumanamente divinos, sino divinamente humanos.

Cuesta ver así al Papa. Pero bueno será comprometernos, dentro de nuestras posibilidades, a que salga elegido alguien que, además de amplias dotes de gobierno pastoral, se parezca a Jesús y nos anime a parecernos a Jesús. Y que, con la modestia del caso, le ayudemos a parecerse a Jesús. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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El colapso de su teología: ¿razón mayor de la renuncia de Benedicto XVI?. Leonardo Boff


El colapso de su teología: 

¿razón mayor de la renuncia de Benedicto XVI?

2013-03-09

  Siempre es arriesgado nombrar a un teólogo para la función de papa. Él puede hacer de su teología particular la teología universal de la Iglesia e imponerla a todo el mundo. Sospecho que este ha sido el caso de Benedicto XVI, primero como cardenal, nombrado Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex-Inquisición) y después como Papa. Tal hecho no goza de legitimidad y se transforma en fuente de condenaciones injustas. Efectivamente condenó a más de cien teólogos y teólogas por no encuadrarse en su lectura teológica de la Iglesia y del mundo.

Razones de salud y sentimiento de impotencia frente a la gravedad de la crisis en la Iglesia lo llevaron a renunciar. Pero no solo eso. El texto de su renuncia habla de la “disminución de vigor del cuerpo y del espíritu” y de “su incapacidad” para enfrentar las cuestiones que dificultaban el ejercicio de su misión. Detrás de estas palabras, estimo que se oculta la razón más profunda de su renuncia: la percepción del colapso de su teología y del fracaso del modelo de Iglesia que quiso implementar. Una monarquía absolutista no es tan absoluta hasta el punto de vencer la inercia de envejecidas estructuras curiales.

Las tesis centrales de su teología siempre fueron problemáticas para la comunidad teológica. Tres de ellas acabaron siendo refutadas por los hechos: el concepto de Iglesia como un «pequeño mundo reconciliado»; que la Ciudad de los Hombres sólo adquiere valor delante de Dios pasando por la mediación de la Ciudad de Dios, y el famoso «subsistit» que significa: sólo en la Iglesia católica subsiste la verdadera Iglesia de Cristo, todas las otras Iglesias no se pueden llamar Iglesias. Esta concepción estrecha de una inteligencia aguda pero rehén de sí misma, no tenía la suficiente fuerza intrínseca ni la adhesión necesaria para ser implementada. ¿Benedicto habría reconocido el colapso y coherentemente renunciado? Hay razones para esta hipótesis.

El Papa emérito tuvo en san Agustín a su maestro e inspirador, de hecho fue objeto de algunas conversaciones personales con él. De Agustín asumió la perspectiva de base, comenzando por su esdrújula teoría del pecado original (se transmite por el acto sexual de la procreación). Esto hace que toda la humanidad sea una «masa condenada». Pero dentro de ella, Dios por Cristo instauró una célula salvadora, representada por la Iglesia. Ella es «un pequeño mundo reconciliado» que tiene la representación (Vertretung) del resto de la humanidad perdida. No es necesario que tenga muchos miembros. Bastan pocos, siempre que sean puros y santos. Ratzinger incorporó esta visión. La completó con la siguiente reflexión: la Iglesia está constituida por Cristo y los doce apóstoles. Por eso es apostólica. Es solo este pequeño grupo. Excluye a los discípulos, a las mujeres y las masas que seguían a Jesús. Para él no cuentan. Son alcanzadas por la representación (Vertretung) que «el pequeño mundo reconciliado» asume. Este modelo eclesiológico no tiene en cuenta el vasto mundo globalizado. Quiso entonces hacer de Europa «el mundo reconciliado» para reconquistar la humanidad. Fracasó porque el proyecto no fue asumido por nadie y hasta fue puesto en ridículo.

La segunda tesis está tomada también de san Agustín y de su lectura de la historia: la confrontación entre la Ciudad de Dios y la Ciudad de los Hombres. En la Ciudad de Dios está la gracia y la salvación: ella es el único camino que conduce a la salvación. La Ciudad de los Hombres se construye por el esfuerzo humano. Pero, como ya está contaminado todo su humanismo y sus otros valores, no consiguen salvarse porque no han pasado por la mediación de la Ciudad de Dios (Iglesia). Por eso ella está plagada de relativismos. Consecuentemente el cardenal Ratzinger condena duramente la teología de la liberación, porque ésta buscaba la liberación por los mismos pobres, hechos sujetos autónomos de su historia. Pero como no se articula con la Ciudad de Dios y su célula, la Iglesia, es insuficiente y vana.

La tercera es una interpretación muy personal suya que da del Concilio Vaticano II cuando habla de la Iglesia de Cristo. La primera redacción conciliar decía que la Iglesia católica es la Iglesia de Cristo. Las discusiones buscando el ecumenismo, substituyeron es por subsiste para dar lugar a que otras Iglesias cristianas, a su modo, realizasen también la Iglesia de Cristo. Esta interpretación sustentada en mi tesis doctoral mereció una explícita condena del cardenal Ratzinger en su famoso documento Dominus Jesus (2000), donde afirma que subsiste viene de «subsistencia» que sólo puede ser una y se da en la Iglesia católica. Las demás «iglesias» poseen «solamente» elementos eclesiales. Este «solamente» es un añadido arbitrario que hace al texto oficial del Concilio. Tanto algunos notables teólogos como yo mismo mostramos que este sentido esencialista no existe en latín. El sentido es siempre concreto: «conseguir cuerpo», «realizarse objetivamente». Este era el «sensus Patrum» el sentido de los Padres conciliares.

Estas tres tesis centrales han sido refutadas por los hechos: dentro del «pequeño mundo reconciliado» hay demasiados pedófilos hasta entre los cardenales, y ladrones de dineros del Banco Vaticano. La segunda, que la Ciudad de los Hombres no tiene densidad salvadora delante de Dios, se construye sobre un error al restringir la acción de la Ciudad de Dios solamente al campo de la Iglesia. Dentro de la Ciudad de los Hombres se encuentra también la Ciudad de Dios, no bajo forma de conciencia religiosa sino bajo forma de ética y de valores humanitarios. El Concilio Vaticano II garantizó la autonomía de las realidades terrestres (otro nombre para secularización) que tiene valor independientemente de la Iglesia. Cuentan para Dios. La Ciudad de Dios (Iglesia) se realiza por la fe explícita, por la celebración y por los sacramentos. La Ciudad de los Hombres, por la ética y por la política.

La tercera, que solamente la Iglesia Católica es la única y exclusiva Iglesia de Cristo y, todavía más, que fuera de ella no hay salvación, tesis medieval resucitada por el cardenal Ratzinger, fue simplemente ignorada como ofensiva a las demás Iglesias. En vez de «fuera de la Iglesia no hay salvación», se introdujo en el discurso de los papas y de los teólogos «la oferta universal de salvación a todos los seres humanos y al mundo».

Alimento la seria sospecha de que tal fracaso y colapso de su edificio teológico, le quitó “el necesario vigor del cuerpo y del espíritu” hasta el punto de, como confiesa, de “sentirse incapaz de ejercer su ministerio”. Cautivo de su propia teología, no le quedó otra alternativa sino honestamente renunciar.

MOSAICO, 28-II-013


MOSAICO, 28-II-013.

Del L’OSSERVATORE ROMANO, 3-III-013



Sencillamente un peregrino

El pontificado de Benedicto XVI finaliza

A tres horas de que se hiciera efectiva su renuncia y diera inicio el período de la sede apostólica vacante, el jueves 28 de febrero -pasadas las 17 horas- Benedicto XVI dejó el Vaticano. En helicóptero, llegó al palacio apostólico de Castelgandolfo, desde cuyo balcón, unos cuarenta minutos después, saludó a la multitud que le esperaba. Estas fueron las palabras que pronunció espontáneamente en el último momento público de su pontificado.

¡Gracias! ¡Os doy las gracias!
Queridos amigos: estoy feliz de estar con vosotros, rodeado de la belleza de la creación y de vuestra simpatía que me hace mucho bien. Gracias por vuestra amistad, vuestro afecto. Sabéis que este día mío es distinto de los precedentes; ya no soy Sumo Pontífice de la Iglesia católica: hasta las ocho de la tarde lo seré todavía, después ya no más. Soy sencillamente un peregrino que inicia la última etapa de su peregrinación en esta tierra. Pero desearía todavía, con mi corazón, con mi amor, con mi oración, con mi reflexión, con todas mis fuerzas interiores, trabajar por el bien común y el bien de la Iglesia y de la humanidad. Y me siento muy apoyado por vuestra simpatía. Vamos adelante con el Señor por el bien de la Iglesia y del mundo. Gracias; os imparto ahora con todo el corazón mi bendición.
Que nos bendiga Dios omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Gracias, ¡buenas noches! A todos vosotros, ¡gracias!

(©L’Osservatore Romano – 3 de marzo de 2013)

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De modo nuevo


GIOVANNI MARIA VIAN

Una extraordinaria y conmovedora audiencia general y el encuentro con los cardenales han sido los últimos grandes momentos públicos del pontificado de Benedicto XVI. Un pontificado que, por primera vez en la historia, se concluye quietamente, sin el drama de la muerte del obispo de Roma, sin las conmociones que llevaron a las renuncias papales del pasado, tan lejanas en el tiempo y tan distintas que no pueden considerarse precedentes reales. Ahora, de un “modo nuevo”, el Romano Pontífice permanece junto al Señor en la cruz, jamás abandonado en el curso de una vida larga y extraordinariamente fructífera. Que se abre, desde hoy más que antes, al espacio reservado a la oración y a la meditación.
Sí: Benedicto permanece en la Iglesia, cerca del sucesor de Pedro que sea elegido por los cardenales. Un grupo de hombres, cierto, pero que de manera misteriosa es vivificado por el soplo del Espíritu y está motivado por un sentido de responsabilidad único, que el colegio ha demostrado saber honrar, como la historia demuestra, sobre todo desde finales del siglo XVIII. Por esto Joseph Ratzinger volvió de alguna forma a su elección al encontrar, en el último día del pontificado, a ese colegio -jamás tan numeroso hasta entonces- que el 19 de abril de 2005 le votó en pocas horas, aunque él no había buscado el papado en modo alguno. “La Iglesia nunca muere”, escribía en el medioevo el teólogo Egidio Romano, teorizando que “durante la vacancia de la sede la potestad papal permanece” en los cardenales reunidos para elegir al Pontífice.
Del cónclave de hace ocho años habló Benedicto XVI también en una plaza de San Pedro repleta e iluminada por un sol tardoinvernal: “Señor, ¿por qué me pides esto y qué me pides?”, era la pregunta que se agitaba en aquel momento en su corazón y que encontró una primera respuesta en los labios del propio Papa, cuando dijo durante la misa inaugural del pontificado que su programa era escuchar cada día, junto a la Iglesia, la voluntad del Señor. Y durante ocho años Cristo ha guiado al Pontífice, como repitió, añadiendo que nunca se había sentido solo “al llevar la alegría y el peso” de un papel único en el mundo. Y esto porque “el Papa pertenece a todos y muchísimas personas se sienten muy cerca de él”.
Cercanía que, también visiblemente, Benedicto XVI ha experimentado desde el 11 de febrero, cuando anunció su renuncia en plena libertad y públicamente, pero que cada día ha advertido en los ocho años de un pontificado que la historia reconocerá en su grandeza. Una grandeza no buscada, pero que se ha impuesto, y no sólo en una dimensión espiritual. A Peter Seewald el Pontífice, elegido a una edad muy avanzada, dijo que en los siglos a los grandes Papas se habían alternado pequeños Papas, especificando con sencillez y sin ninguna afectación que se sentía un pequeño Papa, instrumento en las manos de Dios. Pero precisamente por esto no sólo los católicos, ni sólo los cristianos, ni únicamente los creyentes, sino en gran número mujeres y hombres de todo el mundo han comprendido cada vez más que tenían delante a un Papa entre los más grandes, un gran hombre de nuestro tiempo.
Y precisamente la renuncia, acto serio y nuevo que algunos no entienden, ha mostrado a todos la valentía apacible pero firmísima y la serenidad gozosa de este hombre: ni una sola vez Benedicto XVI ha retrocedido ante los lobos y jamás se ha dejado aplastar por la turbación frente a suciedad y escándalos, que en cambio ha contrarrestado con determinación. Sostenido por muchos colaboradores, como varias veces ha repetido, pero sobre todo por la oración que por él se elevaba en la Iglesia, como por el apóstol Pedro. Y tal vez la serenidad gozosa -que viene de la confianza en Dios y se trasluce tan visiblemente en su rostro- es el legado más duradero de este Papa, que concluye en la paz y de un modo nuevo un pontificado inolvidable.

(©L’Osservatore Romano – 3 de marzo de 2013)

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