Carta del cacique Seatle. (La más bella declaración de amor a la naturaleza)


La carta del cacique Seattle
(La más bella declaración de amor a la naturaleza)
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¿Cómo puede usted comprar o vender el cielo, o el calor de la tierra? La idea resulta extraña para nosotros. Si no nos pertenecen la frescura del ni el destello del agua, ¿cómo nos los podrían comprar ustedes?
Cada partícula de esta tierra es sagrada para mi pueblo. El majestuoso pino, la arenosa ribera, la bruma de los bosques, cada insecto que nace, con su zumbido… es sagrado en la memoria y la experiencia de mi pueblo. La savia que recorre los árboles, lleva los recuerdos del piel roja.
Los muertos del hombre blanco se olvidan de su tierra natal cuando se van a pasear entre las estrellas. Nuestros muertos jamás se olvidan a esta hermosa tierra, porque es ella madre del piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte nuestra. Las perfumadas flores son nuestras hermanas. El ciervo, el caballo, el águila majestuosa… son nuestros hermanos. Las rocosas cumbres, el olor de las praderas, el calor corporal del potrillo, y el hombre: todos pertenecemos a la misma familia.
Por eso, cuando el «Gran Jefe» en Washington nos manda decir que desea comprar nuestra tierra, es mucho lo que está pidiendo de nosotros. El «Gran Jefe» dice que nos reservará un lugar, de forma que vivamos cómodamente. El será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por eso, estamos considerando su oferta de comprar nuestra tierra. Pero no va a ser fácil, porque esta tierra es sagrada para nosotros.
El agua centelleante que corre por los arroyos y los ríos no es agua solamente: es sangre de nuestros antepasados. Si nosotros les vendemos la tierra, ustedes deberán recordar que es sagrada, y deberán enseñar a sus hijos que es sagrada, y que cada imagen que se refleja en el agua cristalina de los lagos, habla de acontecimientos y recuerdos de la vida de nuestro pueblo. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.
Los ríos son hermanos nuestros, mitigan nuestra sed, conducen nuestras canoas, alimentan a nuestros hijos. Si les vendemos nuestra tierra, ustedes deberán recordar y enseñar a sus hijos que los ríos son hermanos nuestros y hermanos de ustedes. Y deberán darles en adelante la atención que merece un hermano.
Sabemos que el blanco no entiende nuestra manera de ser. Un pedazo de tierra, para él, es igual que el siguiente. El es como un extraño que llega durante la noche y arranca de la tierra lo que necesita y se va. No mira a la tierra como su hermana, sino como su enemiga. Y cuando la ha conquistado, la abandona y se marcha a otra parte. Deja atrás las tumbas de sus padres, y no le importa. Viola la tierra de sus hijos y no le importa. Olvida la tumba de su padre y los derechos de sus hijos. Trata a su madre la tierra y a su hermano el cielo como cosas que pueden comprarse, saquearse, ser vendidas, como carneros o relucientes abalorios. Su apetito devorará la tierra, pero detrás sólo quedará un desierto.
No sé. Nuestras costumbres son diferentes a las de ustedes. La imagen de sus ciudades hiere la mirada del piel roja. Pero, posiblemente, es porque el piel roja es salvaje y no entiende.
No hay tranquilidad en las ciudades del blanco. No hay en ellas lugar donde se pueda escuchar el rumor de las hojas en primavera, o el susurro de las alas de un insecto. Pero quizá digo esto porque soy salvaje y no entiendo. En sus ciudades el ruido sólo insulta a los oídos. ¿Cómo sería la vida si el hombre no pudiera escuchar el grito solitario de la chotacabra o la animada conversación nocturna de los sapos en las ciénagas? Yo soy piel roja y no entiendo.
El indio ama el sonido suave de la brisa al deslizarse delicadamente sobre la superficie de la laguna, o ese olor característico del viento purificado por la llovizna mañanera y perfumado por la esencia de los pinos.
El aire es precioso para el piel roja, porque todas las cosas comparten el mismo aliento. La bestia, el árbol, el hombre… todos compartimos el mismo hálito. El hombre blanco parece no darse cuenta de que respira el aire. Como un ser que agoniza largamente, es insensible al mal olor. Pero, si nosotros les vendemos nuestra tierra, ustedes deberán recordar que el aire es precioso para nosotros. Que el aire comparte su espíritu con toda la vida que él sustenta.
El aire que permitió su primer aliento a nuestro abuelo, también recibe su último suspiro. Y si nosotros les vendemos nuestra tierra, ustedes deberán mantenerla intacta y sagrada, como un lugar a donde incluso el hombre blanco pueda ir a saborear el viento purificado por el perfume de las flores.
De manera pues, que nosotros estamos considerando su oferta de comprar nuestra tierra. Si decidimos aceptar, lo haremos con una condición: el hombre blanco deberá tratar como hermanas a las bestias de estas tierras.
Yo soy un salvaje y no entiendo otra forma de pensar. He visto miles de búfalos pudriéndose en la pradera, abandonados por los blancos después de balearlos desde un tren en marcha. Yo soy un salvaje y no entiendo cómo el humeante caballo de hierro puede ser más importante que el búfalo, al que nosotros sacrificamos sólo cuando lo necesitamos para subsistir.
¿Qué es el hombre sin las bestias? Si todas ellas desaparecieran, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu. Porque, cualquier cosa que les ocurre a las bestias, enseguida repercute en el hombre. Todos los seres estamos mutuamente vinculados.
Ustedes deberán enseñar a sus hijos que la tierra que pisan, son las cenizas de nuestros abuelos. Deberán honrar la tierra. Dirán a sus niños que la tierra está enriquecida con las vidas de nuestros parientes. Enseñarán a sus hijos lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros: que la tierra es nuestra Madre. Todo lo que sucede a la tierra sucede también a sus hijos. Cuando los hombres escupen sobre el suelo, escupen sobre sí mismos.
Nosotros sabemos esto: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra. Nosotros sabemos esto: todas las cosas están intercomunicadas, como la sangre que une a una familia. Todo está unido. El hombre no trama el tejido de la vida. El es, sencillamente, uno de sus hilos. Lo que él hace a ese tejido, se lo está haciendo a sí mismo.
Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios camina y habla con él como de amigo a amigo, puede exceptuarse de este destino común. Es posible que seamos hermanos, a pesar de todo. Veremos.
Nosotros sabemos algo que el hombre blanco descubrirá algún día: que nuestro Dios es el mismo Dios. Ustedes piensan ahora que él es propiedad de ustedes, de la misma forma que desean ser propietarios de nuestras tierras. Pero no puede ser. El es el Dios de todos los seres humanos, y su compasión es la misma tanto para el piel roja como para el blanco.
La tierra es preciosa para él, y hacer daño a la tierra es un enorme desprecio para el Creador. Los blancos también desaparecerán. Tal vez antes que las demás tribus. Ensucia tu propia cama y cualquier noche te verás sofocado por tus propios excrementos.
Pero, en tu agonía, brillarás fulgurantemente abrazado por la fuerza del Dios que te trajo a esta tierra y quien, para algún propósito especial, te dio dominio sobre la misma y sobre el piel roja. Este destino es un misterio para nosotros, ya que nosotros no entendemos cuando todos los búfalos son sacrificados, los caballos salvajes domados, las esquinas secretas de los bosques impregnadas por el olor de muchos hombres y la vista de las montañas mancilladas por las alambradas. ¿Dónde está el bosque? ¿Dónde está el águila? ¡Desaparecieron! Es el final de la vida, el comienzo de la supervivencia.

Desarrollo Sostenible o Desarrollo Sustentable: criterios


Tomado de http://filatina.wordpress.com/

Desarrollo Sostenible o Desarrollo Sustentable: criterios.

By FILATINA
Concepción de Desarrollo Sostenible o Desarrollo Sustentable
Desde lo etimológico y desde lo ideológico.
Según interpretación del Lic. Carlos Musfeldt.©
carlos.musfeldt@yahoo.com
Existen a nuestro entender, dos explicaciones posibles del uso diferenciado de los términos Desarrollo Sostenible o Desarrollo Sustentable. Una explicación es analítica e ideológica; y la otra, es una explicación mas etimológica y lingüística.
La primera explicación:
Desarrollo Sostenible: el desarrollo que se puede sostener a lo largo del tiempo, sin superar excesivamente la capacidad de renovación de los recursos naturales y su capacidad para soportar/absorber la carga contaminante de los desechos de la producción agrícola/pecuaria, o industrial. Crecimiento económico, cuidando de no degradar/dilapidar en demasía los recursos naturales (pues se precisan como materias primas para producir). Concepción empresaria, posterior a la planteada por la Comisión Brundtland y la ECO’92.
Desarrollo Sustentable: el desarrollo, que se puede sustentar a lo largo del tiempo, con un adecuado y vital manejo de los recursos naturales, conservando su estado actual y su capacidad de renovación; es decir: desenvolviendo todas las capacidades productivas (humanas y naturales) de una localidad o país, logrando crecimiento económico, con equidad social y calidad ambiental. La original y coetánea de la Comisión Brundtland y la ECO’92.
Estas dos ‘definiciones’ pretenden ser sintéticas y por eso no son exhaustivas. No reflejan fielmente, las ‘sutiles’ diferencias de la conocida ambigüedad de éstos dos términos (que deberían ser uno, con un concepto).
El Desarrollo Sostenible, tiene un posicionamiento más “productivista”, es decir, le importa más mantener los índices de crecimiento (como se miden hoy en nuestra economía global), sin superar los índices de destrucción de la Naturaleza, actuales. Es decir, hace hincapié en la producción económica-tecnológica, basada en un sistema de valoración, que excluye riquezas humanas y naturales, no ponderadas por el sistema económico-social de Mercado.
Se iguala el desarrollo al crecimiento económico, y la sostenibilidad está, en no destruir muchos más recursos naturales como hasta ahora, o pagar más por su ‘imprescindible’ destrucción. Filosóficamente hablando, dentro de este paradigma de administración ambiental en el cual el Mundo está lentamente introduciéndose, la sostenibilidad tiene un perfil más marcadamente antropocéntrico-tecnocéntrico.
En cambio, Desarrollo Sustentable, tiene un posicionamiento más “recursista”, es decir, parte de una “base natural” la cual hay que administrar adecuadamente, para producir bien. Pretende cambiar el concepto mismo de desarrollo económico, al poner en ‘pie de igualdad’ el desarrollo económico, el desarrollo social y el desarrollo natural. En la sustentabilidad, la Sociedad y su Economía (el Capital Social y el Capital Económico) son sustentados “materialmente” (todo lo producido es Naturaleza transformada por Cultura) por el Sistema Natural (el Capital Natural). Ésta interpretación, tiene una inclinación hacia el ecodesarrollo, introduciendo conceptos de valoración que reconocen la diversidad y riquezas (aunque no los reproducen totalmente), de los diferentes ecosistemas y culturas humanas. La sustentabilidad tiene un perfil más antropocéntrico-biocéntrico.
En ambas terminologías, se supone implícita la tríada de: crecimiento económico-equidad social-calidad ambiental; pero en relación al concepto de equidad social (inter e intra-generacional), se notan diferencias de tenor. Por la experiencia que tenemos al tratar en toda Latinoamérica, a ambientalistas de diferentes sectores; vemos que entre los pretendidos “sustentabilistas”, defensores del Desarrollo Sustentable, se rescata más el concepto de equidad social, que en los “sostenibilistas”. Ideológicamente hablando, los primeros serían más progresistas-socialdemócratas; y los segundos, más conservadores-neoliberales. No debería existir semejante ambigüedad en el uso de las palabras y lo que ellas denotan conceptualmente, en una terminología tan institucionalizada a nivel global y/o nacional. Es más, a nuestro entender, la CDS y la CNUMAD, el PNUD y el PNUMA, de Naciones Unidas, no deberían usar, ni admitir/permitir tal confusión en los documentos internacionales/nacionales. Para eso, son ellos mismos los que deben aclarar el tema; sino, somos todos nosotros, trabajadores por la Naturaleza, el equilibrio del Ambiente y las Comunidades Ancestrales Autóctonas, que nos encargaremos de “dividir y aclarar las aguas”.
Se percibe (a grandes rasgos), que cada grupo ha elegido su terminología, y la mayoría, incauta sobre esto, sigue indistintamente el uso de cualquiera de las dos palabras. A algunos “productivistas” del sector industrial o agropecuario, o a algunos ambientalistas, les cae mejor hablar de sostenible; mientras que a algunos “neonaturalistas”, “ecologistas o ambientalistas” progresistas o de izquierda, les cae mejor hablar de sustentable. En los dos grupos, se habla de conservación de la Naturaleza, aunque con matices diferentes; que se pueden ver en el tratamiento sobre los temas de la biodiversidad y la manipulación genética, de los usos de la áreas de protección, o los motivos e intenciones de la investigación natural.
La segunda explicación:
Otra explicación más simplista e inocente, habla de una simple confusión o de elección, a la hora de traducir la palabra sustainable desde la lengua inglesa, a las lenguas latinas, por parte de los asesores de la Comisión Brundtland o en la CNUMAD. Ya que la raíz “sustain”, tiene entre varias otras, dos acepciones: “maintain/support”, que sería preservar/sustentar, (la Vida, la Naturaleza, por ejemplo), y “keep-up/hold-up”, que sería prolongar/sostener, (la fuerza, el crecimiento, por ejemplo). Es así, como también en el inglés, dos palabras con la misma raìz: sustained: sostenido (un esfuerzo, por ejemplo), y sustaining: nutritivo (un alimento, por ejemplo); denotan a nuestro entender, “dos espacios y tiempos”, del poder y/o de la fuerza, de un objeto y/o un sujeto.
En el primer caso, se mantiene la fuerza ya desplegada; en el segundo, se busca lo que da origen o estabiliza la fuerza. Y he aquí, que la acepción que se va a usar, da las orientaciones de una idea central, he implica las interpretaciones posteriores.
Y confusión inocente e incauta o no, los problemas de una lengua, se terminaron transmitiendo y profundizando, en las traducciones a otra. ¿Qué significa esto?. Que sustainable podría ser tanto: sustentable como sostenible. Y de hecho, se utilizan tendenciosamente o no, las dos versiones.
¿Qué es lo que nosotros preferimos?. Usar la versión: sustentable. Y promovemos su uso a nivel público y privado, en documentos técnicos y políticos. Pues la típica ‘picardía’ criolla argentina y la astucia de operadores de empresas (y en otros países latinoamericanos también), permite a algunos sectores interesados usar frases en documentos corporativos u oficiales, como “crecimiento sostenible” (lo que implica no apartarse mucho de frases o conceptos parecidos, y usados tanto por el desarrollismo como por el neoliberalismo, sin ningún tipo de connotación ambiental), o como “sostener el crecimiento económico”, o “crecimiento sostenido” (de la economía). Cuando justamente lo que hay que diferenciar es “el tipo de crecimiento económico” (es decir “otro” modelo de crecimiento); por eso, desarrollo sostenible, se hermana con éstos términos-frases y se ‘instala’ en el subconsciente. Preferimos desarrollo sustentable, pues nos obliga a pensar que el crecimiento económico también lo tiene que ser, “sustentándose” (a conciencia) en la riqueza ecosistémica que hay que preservar y de la cual provienen históricamente todas las riquezas (incluso la más rica: la especie humana).
Aunque siempre hemos aclarado personalmente, en todos los eventos, foros y escritos, que adherimos filosófica e ideológicamente, a la denominación de Ecodesarrollo (la primera y original de Estocolmo ’72); que lamentamos su desuso oficial, pero que la consideramos más acorde a la preservación/reproducción ecosistémica y de la biodiversidad. Es un desarrollo fundamentado en los conocimientos naturales y ecológicos, que sólo permitirían el desarrollo humano y comunitario, en cuanto conservador y reproductor del desarrollo natural y ecosférico. La Cultura Humana (Civilización) tendría que armonizar perfectamente con la evolución y conservación de la Naturaleza, como su fuente, origen y motor de su desarrollo, junto con la Conciencia del Homo Sapiens.
Hablamos de una armónica y trascendental evolución entre la Comunidad Natural y la Comunidad Humana, de este Planeta Tierra.

El equipo de comunicadores del IISD, en la cumbre climática de Copenhague


IISD Reporting Services equipo en la COP15. L-R: Asheline Appleton (Kenya); Anna Schulz (EE.UU.); Kimo Gorée, Director de Servicios de Información del IIDS; Tomi Akanle (Nigeria); Kati Kulovesi (Finlandia); Leila Mead (EE.UU.); Yulia Yamineva (Federación de Rusia), y Matt Sommerville (EE.UU.).

Foto IISD

Ecología y socialismo. Leonardo Boff


(De Agenda Latinoamericana, 2009)

Ecología y socialismo
Leonardo Boff
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En 2007, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, organismo de la ONU que estudia el planeta Tierra, afirmó que el calentamiento es debido a las prácticas irresponsables de los seres humanos. Estas prácticas están ligadas al proceso industrial mundial, que ya tiene más de tres siglos. Por él, las sociedades humanas se han propuesto explotar todos los recursos de la Tierra, de forma ilimitada. Han lanzado anualmente a la atmósfera 27 mil millones de toneladas de dióxido de carbono, que, densificadas, equivaldrían a una montaña de 1 km de altura por 19 km de base. ¿Cómo va la Tierra a digerir tal polución? Está dando señales de que no consigue hacerlo.
En razón de la pérdida de auto-regulación, ha subido su temperatura, lo que tiene como consecuencia final sequías por una parte, e inundaciones por otra, el deshielo de los cascos polares y de las montañas nevadas, tifones, y la desaparición de millares de especies vivas. ¿Hacia dónde vamos? Ésta es la cuestión que todos se plantean. Si continúa este proceso, vamos hacia un desastre con millones de víctimas humanas y una degradación generalizada de la biosfera.
La voracidad industrial ha sido puesta en práctica históricamente por dos modelos de sociedad: la capitalista y la socialista.
El llamado socialismo real de la Unión Soviética y de otros Estados burocráticos, devastó y produjo gran tensión en los ecosistemas. Pero no figuraba en los ideales del socialismo originario ese tipo de práctica. Es verdad que Marx no incluyó el momento ecológico en sus análisis, porque, en su época, se daba por descontada una capacidad permanente e ilimitada de regeneración del sistema-Tierra. Los ideales socialistas anunciaban una reconciliación del ser humano consigo mismo, con el otro y con la naturaleza. Las fuerzas productivas, en sí mismas, no serían destructivas. Estarían al servicio de más igualdad y más justicia para todos.
En todo caso, el balance del socialismo real en términos ecológicos es negativo. Pero queda ahí la propuesta de una relación integradora del ser humano con la naturaleza. El socialismo, en su sentido físico y político, es anti-ecológico sólo accidentalmente. Entre el socialismo originario y ecología hay una verdadera afinidad, y no una incompatibilidad, pues ambos se basan en la inclusión, y en la superación de todo tipo de explotación.
No se podría decir otro tanto del capitalismo. Éste es esencialmente antiecológico, porque su propósito es usar la naturaleza y explotar la fuerza de trabajo humano para acumular riqueza, en el tiempo más breve posible, con una inversión lo menor posible y con una capacidad de competitividad lo mayor posible. El capitalismo lo ha transformado todo en mercancía: los bienes de la naturaleza, los órganos humanos… hasta ha inventado el «mercado de los derechos de polución»: si un país no alcanza la cuota de polución a la que «tiene derecho» (en realidad, nadie tiene ese derecho), puede vendérsela a otro. ¿Cómo hacer dinero con algo que, en sí mismo, es perverso y contrario a la naturaleza? Pero ésa es la lógica del capitalismo.
Marx, en El Capital, intuyó que la tendencia del capitalismo es destruir las dos columnas que lo sostienen: el trabajo humano, al sustituirlo por la máquina, y la naturaleza, agotándola totalmente. Por eso, preveía un final trágico al capitalismo. Hoy estamos viendo la verdad de la previsión de Marx.
Actualmente, el modo de producción capitalista es el que domina en el mundo globalizado. Si fuera llevado hasta el final, podría destruirnos a todos y herir gravemente a Gaia, la Tierra viva. Por eso, es urgente su deslegitimación ética y política y su superación histórica. Eso implica presentar una alternativa al capitalismo.
Es en este contexto donde resurge el socialismo como proyecto político, ético y ecológico, capaz de salvar la Tierra. No se trata de un socialismo utópico, en el sentido de que va a realizarse en un futuro imprevisible, sino de una propuesta a ser realizada ya ahora en la historia, en caso de que queramos salir del impasse al que el capitalismo mundial está sometiendo a todo el sistema de la vida.
¿ Cómo será este ecosocialismo? En primer lugar, hay que recordar claramente cuál es la intuición básica del socialismo. Es colocar la sociedad y el «nosotros» en el centro de las preocupaciones humanas, y no el individuo o el yo. Esto significa que el proyecto económico debe estar al servicio del proyecto social y del proyecto ecológico de sustentación de toda la vida. La economía debe someterse a la política, y la política a la ética de la solidaridad y de la participación del mayor número posible de personas.
Entendido así, el socialismo representa la realización radical de la democracia. En esta democracia, la sociedad como un todo, y no sólo las élites, se hacen sujetos de la acción política. Es una democracia sin fin, como expresó el pensador portugués Boaventura de Souza Santos, democracia participativa y no sólo representativa y delegaticia, democracia vivida en la familia, en la comunidad, en las organizaciones sociales y en la construcción del Estado.
Por detrás del ideal democrático está una idea, ancestral: todo lo que interesa a todos debe ser discutido y decidido por todos. Por tanto, democracia es participación activa de todos por los caminos más diversos.
Principalmente la democracia debe realizarse también en el proceso productivo, pues en el sistema capitalista, la democracia acaba en la puerta de la fábrica. Dentro reina la dictadura de los dueños y de sus técnicos. Esto implica que los trabajadores no sean meros productores de productos, sino también agentes humanos que discuten entre sí y co-deciden las formas de producción, subordinando el valor de cambio al valor de uso, y organizando la producción en función de las necesidades sociales y de las exigencias de salvaguarda del medio ambiente.
Como escribió uno de los teóricos del ecosocialismo, el brasileño-francés Michael Löwy: «El socialismo ecológico sería una sociedad ecológicamente racional, fundada en el control democrático, en la igualdad social y en el predominio del valor de uso: tal sociedad supone la propiedad colectiva de los medios de producción, una planificación democrática que permita a la sociedad definir los objetivos de la producción y las inversiones, y una nueva estructura tecnológica de las fuerzas productivas» (Ecologia e socialismo, Cortez Editora, São Paulo 2005, 49).
Como postulaba Walter Benjamín, un marxista que enriqueció el marxismo con un pensamiento humanista, a partir de las víctimas y de la sociedad integrada en la naturaleza, citando a Fourier, uno de los fundadores del socialismo utópico: «soñamos con un trabajo que, lejos de explotar a la naturaleza, haga que de ella nazcan creaciones acunadas en su seno».
El trabajo deja así de ser mercancía a ser comprada o vendida. Rescata su función de obra por la cual el ser humano se moldea a sí mismo y plasma la naturaleza de forma que garantiza su supervivencia sin agotar el capital natural.
En este contexto cobra relevancia la cuestión básica para toda sociedad: la energía. El ecosocialismo postula el uso de energías renovables y perennes como el sol, el viento, las mareas. Especialmente la energía solar, despreciada por el capitalismo por no poderse hacer con ella negocios, al ser gratuita. Hasta ha surgido una corriente que se denomina «comunismo solar».
Traducido a términos prácticos, el ecosocialismo subraya soluciones que nacen de las bases y que ahorran recursos naturales o reducen la polución atmosférica. Así, por ejemplo, se empeña en el trasporte colectivo gratuito, que retiraría de las calles millares de carros y evitaría la polución, productora del efecto invernadero, causante del calentamiento del planeta. Valora las luchas más sencillas de la población, que se oponen a la implantación de una industria que poluciona los suelos y las aguas o que implica deforestación y aumenta por tanto el dióxido de carbono.
En una perspectiva más amplia, que anticipa un nuevo paradigma de civilización capaz de responder al clamor ecológico, el ecosocialismo postula la superación de la actual configuración política, asentada sobre los Estados nacionales. Una humanidad unificada en la única Casa Común, la Tierra, exige un centro de organización de los recursos y servicios naturales, responsable en nombre de toda la población del planeta. Se hace necesaria una gobernabilidad planetaria. O repartimos con equidad los pocos recursos naturales, o la Tierra no conseguirá satisfacer a la voracidad de los consumistas, y podrá entrar en un proceso de caos que nos afectará a todos sin distinción. O nos hacemos socialistas por motivos ético-políticos o incluso meramente estadísticos, o sufriremos las consecuencias desastrosas de la insostenibilidad de la Tierra.
Uno de los iconos del ecosocialismo es Chico Mendes. Unió la lucha de los pueblos de la selva –indígenas, seringueiros y los sin tierra- con los ideales universalistas del socialismo. Quería un socialismo ecológico que hiciese justicia a todos, comenzando por las víctimas de los sistemas imperantes, y que al mismo tiempo hiciese justicia a la naturaleza agredida y devastada. Murió víctima de su sueño, que continúa vivo en todos aquellos que no aceptan la destrucción del futuro causada por el capitalismo globalizado, y que creen que otra Tierra y otra Humanidad mejores son posibles.

Leonardo Boff
Petrópolis, RJ, Brasil

Presidida por Connie Hedegaard, centro, reunión del grupo de contacto de la COP15


Foto IISD

Primer Ministro de Dinamarca, Lars Lokke Rasmussen


Intervención en la cumbre climática, en Copenhague. Foto IISD

La Madre Tierra como sujeto de dignidad y de derechos. Leonardo BOFF


(Tomado de Logos 117)

La Madre Tierra como sujeto de dignidad y de derechos
Leonardo BOFF
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El día 22 de abril de 2009 la Asamblea General de las Naciones Unidas en su 63ª sesión ha aprobado por unanimidad el proyecto presentado por el Presidente de Bolivia Evo Morales Ayma de que todo 22 de abril sea celebrado como el Día internacional de la Madre Tierra. Ya no se trata del Día de la Tierra, sino del Día de la Madre Tierra.
Este cambio significa una revolución en nuestra forma de mirar el Planeta Tierra y de relacionarnos con él. Una cosa es decir Tierra, sin más, que se puede comprar, vender, investigar científicamente y explotar económicamente. Diferente es decir Madre Tierra, porque a una madre no se la puede explotar económicamente, ni mucho menos comprar o vender. A una madre hay que amarla, cuidarla, respetarla y reverenciarla.
Atribuir tales valores a la Tierra, por que es Madre, conlleva afirmar que es sujeto de dignidad y portadora de derechos.
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1. Argumentos en pro de los derechos de la Tierra
¿Cuál es la base científica y filosófica que nos permite considerar a la Tierra como Madre y con derechos? Veo cinco razones principales.
La primera es la más alta ancestralidad de la tradición transcultural que siempre consideró la Tierra como Madre. En su visión cósmica, los pueblos originarios sentían que la Tierra era y es parte del Universo a quien rendían culto con un respeto reverencial ante a su majestad. Tenían clara conciencia de que recibían de ella todo lo que necesitaban para vivir. Era la Magna Mater y Nana.
Esta visión ancestral continúa viva en los pueblos originarios, como los andinos, y otros, que contemplan la Tierra como Pacha Mama y sostienen con ella una relación de profundo respeto y cuidado.
La segunda razón es la constatación científica realizada por parte de sectores importantes de las ciencias de la Tierra (nueva biología, astrofísica, física cuántica). Según ellos, la Tierra es un superorganismo vivo, que articula lo físico, lo químico, lo biológico y lo ecológico, de forma tan interdependiente y sutil que se hace siempre propicia a producir y reproducir la vida.
Fue mérito de los científicos James Lovelock, Lynn Margulis, Elisabet Sahtouris, José Lutzenberg y otros, a partir de los años 70 del siglo pasado, después de investigaciones minuciosas, el haber propuesto esta visión que más y más se está imponiendo a la comunidad científica internacional, y que está siendo asumida por amplios sectores de la cultura. Inicialmente era una hipótesis, que a partir de 2001 pasó a una teoría científica, el grado más alto del reconocimiento en el campo de las ciencias. A la Tierra viva la llamaron
Gaia
, uno de los nombres de la mitología griega para designar la vitalidad de la Tierra.
La atmósfera actual no resulta solamente de mecanismos físicos, químicos y de fuerzas directivas del universo, sino principalmente de la interacción de la vida misma con todo el entorno ecológico. De esta interacción resulta que la atmósfera como la tenemos hoy es un producto biológico. La sinergia de los organismos vivos con los elementos de la Tierra va creando y manteniendo el habitat adecuado que denominamos biosfera.
Si así es, podemos entonces decir: no solamente hay vida sobre la Tierra. La Tierra misma es viva, un superorganismo extremamente complejo, hecho de inter-retro-relaciones con el ambiente conjuntamente con las energías cósmicas siempre actuantes.
La vida debe ser amada, cuidada y fortalecida. No puede ser amenazada y eliminada. No puede ser transformada en mercancía y puesta en el mercado. La vida es sagrada. Por lo tanto, la Tierra viva, la Madre Tierra es sujeto de dignidad, y portadora de derechos, por que todo lo que vive, tiene un valor intrínseco, independientemente del uso humano, y merece existir y tiene derecho a vivir.
Un tercer argumento es la unidad Tierra y Humanidad como legado de los astronautas desde sus viajes espaciales. Desde la Luna o de sus naves han podido contemplar, llenos de admiración y de sacralidad, la Tierra. Han testimoniado esta experiencia (overview effect): entre Tierra y Humanidad no hay diferenciación. Ambos constituyen una única entidad, resplandeciente, azul-blanca, compleja y bien ordenada. Una capa tenue, de unos pocos kilómetros, forma la biosfera, que garantiza la existencia de una multitud incalculable de formas de vida. Tierra y Humanidad componen un todo orgánico compuesto de ecosistemas, con sus diferentes formas de vida, especialmente la humana. Esta entidad, una, compuesta de Tierra y Humanidad nos permite decir que la Tierra está viva y es Madre.
La cuarta razón es cosmológica: la Tierra y la vida constituyen momentos del vasto proceso de la evolución del universo. Es generalmente aceptado que todo el Universo, todos los seres, el Sol, la Tierra y cada uno de nosotros, estábamos juntos en aquel punto pequeñísimo, pero cargado de energía y de información, que en un momento intemporal explotó. Ocurrió el big bang, hace como 13,7 mil millones de años.
Las energías y las partículas elementales se difundieron creando el espacio y el tiempo y dando origen al proceso de la evolución. Esas energías y los elementos primordiales se han condensado en estrellas rojas, dentro de las cuales, en mil millones de años, se han forjado todos los elementos físicos y químicos que componen el Universo.
Al explotar las estrellas rojas lanzaron estos elementos hacia afuera y han dado origen a las galaxias, a las estrellas y al Sol con sus planetas en un proceso de expansión, de auto-creación, de auto-organización y de complejificación que todavía continúa. El cosmos no acabó de nacer, se encuentra en cosmogénesis. Todos somos hijos y hijas del polvo cósmico.
Hace 4,5 mil millones de años irrumpió la Tierra como el tercer planeta del sistema solar. Con el aumento de la complejidad y de órdenes cada vez más altas dentro de la misma Tierra, emergió, hace 3,8 mil millones de años, la vida, posiblemente en el seno de un océano primitivo.
En un momento avanzado de la expansión de la vida y con el aumento de su complejidad interna, apareció, hace unos 5 millones de años, la vida conciente e inteligente. Es la entrada del ser humano en el escenario de la evolución.
Entonces podemos decir: la Tierra es un momento de la evolución del universo. La vida es un momento de la evolución de la Tierra. Y la vida humana es un momento de la evolución de la vida. Pero para que la vida pueda existir y reproducirse necesita de todas las preconcidiones energéticas, físicas y químicas sin las cuales no puede irrumpir ni subsistir. Por eso hay que incluir todo el proceso de la evolución anterior para entender adecuadamente la Tierra y la vida.
El ser humano, por ser la parte consciente e inteligente de la misma Tierra, debe ser visto como la Tierra que siente, piensa, ama, cuida y venera.
Hay un consenso universal expresado por las varias Declaraciones y Convenciones Internacionales de que el ser humano, hombre y mujer, tiene dignidad y derechos inalienables. Si asumimos que el ser humano es la misma Tierra consciente y inteligente, ello implica admitir que ella participa de la misma dignidad y de los mismos derechos. Por lo tanto, la Tierra es sujeto de dignidad y de derechos.
Hay una quinta razón que sustenta nuestra tesis, que se deriva de la naturaleza relacional y informacional de todo el universo y de cada ser. La materia no tiene solamente masa y energía. Tiene una tercera dimensión que es su capacidad de conexión y de información. Desde el primer momento en que los primeros elementos materiales se formaron –los hadrions y toquarks– establecieron relaciones entre sí y intercambiaron informaciones.
Este carácter de inter-retro-conexiones es transversal a todos los seres, de forma que se pude decir con los físicos cuánticos que “todo tiene que ver con todo, en todos los puntos y en todas las circunstancias”. El universo, más que la suma de todos los seres existentes y por existir, es el conjunto de todas las relaciones y redes de relaciones con sus informaciones que todos mantienen con todos. Todo es relación y nada puede existir fuera de la relación. Esto funda el principio de cooperación, como la ley más fundamental del universo que relativiza el principio de la selección natural.
Por el hecho de que todos están dentro proceso cosmogénico, todos los seres tienen historia. Cada uno posee su manera de relacionarse con los demás. Por eso, tiene su singularidad, que genera cierto nivel de subjetividad. La diferencia entre la subjetividad del universo y de cada ser y la humana no es de principio sino de grado. Todos están interconectados (principio) pero cada uno realiza la conexión a su manera (grado). En nosotros altamente compleja y por esto autoconsciente, y en el universo y en cada ser de su manera propia y menos compleja.
Este carácter informacional de la realidad, con historia y subjetividad, permite ampliar la personalidad jurídica de los seres especialmente de la Tierra. Como ya fue notado por muchos, la Declaración de los derechos del Hombre tuvo el mérito de decir “todos los hombres” tienen derechos, pero el defecto de pensar que “solo los hombres” tienen derechos. Las mujeres, los indígenas y los afrodecendientes tuvieron que luchar mucho para garantizar sus derechos y lo han conseguido.
Ahora tenemos que empeñarnos mucho para garantizar los derechos de la Madre Tierra, de la naturaleza, de los animales, de las selvas, de las aguas, en fin, de todos los ecosistemas.
Si el siglo XX fue el siglo de los derechos humanos –decía en Presidente Morales en su intervención en 22 de abril de 2009 en la Asamblea de las Naciones Unidas – el siglo XXI será el siglo de los derechos de la naturaleza, de la Madre Tierra y de los seres vivos y de todos los seres.
A la luz de esta visión, la democracia ya no puede ser antropocéntrica y sociocéntrica, como si el ser humano y la sociedad lo fueran todo. Ellos también están dentro del proceso cosmogénico universal y de la naturaleza. Esta visión tiene que incorporar los nuevos ciudadanos, el primer de todos que es la Madre Tierra – presupuesto para todos los demás –; en seguida toda la naturaleza, con sus bienes y servicios, las aguas, los ríos y océanos, la fauna y la flora, los paisajes y el medio ambiente como un todo. Debe ser una democracia sociocósmica, o una biocracia, o una cosmocracia.

2. Individuación de los derechos de la Madre Tierra
Realizada la tarea teórica de dar razones para afirmar que la Madre Tierra tiene dignidad y es sujeto de derechos, cabe ahora detallar cuáles son sus principales derechos.
Sería largo articular este discurso. Una buena orientación la dio el Presidente Evo Morales Ayma en el la referida intervención en las Naciones Unidas el 22 de abril de 2009. Resumidamente afirmó:
– el derecho de regeneración de la biocapacidad de la Madre Tierra,
– el derecho a la vida de todos los seres vivos,
– el derecho a una vida pura, porque la Madre Tierra tiene el derecho de vivir libre de contaminación y de polución,
– el derecho al bien vivir de todos los ciudadanos,
– el derecho a la armonía y al equilibrio con todas la cosas,
– el derecho a la conexión con el Todo del que somos parte.
Esta visión funda una paz perenne con la Madre Tierra, base para la paz entre los pueblos. La Tierra ya no es vista como un simple baúl de recursos infinitos que podemos extraer ilimitadamente para nuestro bienestar humano, visión ésta que está entre las causas principales que crearon los cambios climáticos y la crisis ecológica y humanitaria generalizada. La Tierra es la Madre que nos sustenta y alimenta.
Porque ella tiene derechos originarios, nosotros tenemos deberes fundamentales: tratarla bien, cuidar de su salud y de su vitalidad para que continúe haciendo lo que viene ya haciendo durante millones y millones de años.
Un tiempo nuevo empieza, el de la biocivilización, en la cual Tierra y Humanidad reconocen su recíproca pertenencia, su origen común y su común destino.

Leonardo Boff
Teólogo brasileño, comisionado de la Carta de la Tierra

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Secretario general de la ONU Ban Ki–moon consulta con sus asesores


En la conferencia COP15 sobre cambio climático, en Copenhague. Foto IISD

Una vista durante el segmento de alto nivel en Copenhague


Foto IISD

Tesis sobre la justicia climática. Guillermo KERBER


(Tomado de Servicios Koinonía. Relat 395)

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Tesis sobre la justicia climática
Guillermo KERBER

1. El cambio climático es una cuestión de vida o muerte en la actual situación de la humanidad
El cambio climático se ha convertido en uno de los desafíos más importantes y concretos que la humanidad experimenta hoy en día. La llamada preocupación ecológica de los últimos veinte o treinta años se ha convertido en una cuestión que ocupa los titulares de los noticieros de la televisión y de los periódicos. Por décadas, el cambio climático fue una cuestión exclusiva de científicos, ecologistas y algunos organismos internacionales. Las discusiones sobre la realidad o no del cambio, la contribución del ser humano a estos cambios, la desaparición de especies, las medidas para responder a estos desafíos se daban fundamentalmente en congresos o revistas de orden científico, el movimiento ambientalista y reuniones de las Naciones Unidas y otros organismos internacionales. Hoy ha trascendido estos ámbitos y ha alcanzado al ciudadano común que vive cotidianamente los embotellamientos del tráfico en las grandes y no tan grandes ciudades o los avatares meteorológicos que no le permiten prever el tiempo de lluvia o de sequía para sembrar o cosechar.
Este proceso de difusión ha tenido aspectos positivos y negativos. Ha sido positivo que la población en general tenga acceso a saber lo que está ocurriendo. Cuando, por ejemplo, siguiendo lo que describíamos más arriba, los campesinos en determinado lugar se dan cuenta que una sequía sin precedentes puede ser una de las consecuencias del cambio climático, tienen más elementos para adaptarse a esta situación.
El conocimiento de las causas y los efectos del cambio climático ha sido posible por múltiples investigaciones que se han llevado a cabo en las últimas décadas. En particular, los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (GIECC/IPCC en inglés) de la ONU[1], han servido para establecer un consenso en el mundo científico, a pesar de la existencia de algunos grupos de escépticos. El más reciente informe del GIECC, presentado en el 2007[2], es el resultado de más de seiscientos científicos en 130 países. El mismo afirma sin ambages no sólo la realidad del cambio climático sino también el componente antrópico del mismo. En efecto, los estudios llevados a cabo en la última década muestran claramente que el cambio climático que estamos padeciendo tiene como una de sus causas principales la acción humana. En particular, la emisión de los comúnmente llamados gases de efecto invernadero (GEI), y entre ellos el CO2, han contribuido sustancialmente y en forma exponencial en los últimos dos siglos al calentamiento del planeta. Éste ya tiene consecuencias en algunas regiones del mundo. Pero en el mediano plazo, las consecuencias serán aún más dramáticas si no se reducen radicalmente las emisiones. La concentración promedio de CO2 en la atmósfera ha llegado a 387 partes por millón (ppm). Los científicos afirman que una atmósfera puede contener un máximo de 350 ppm[3] y que la temperatura no podrá aumentar más de 2° Celsius si se quieren evitar consecuencias muy graves en los ecosistemas.
Entre los aspectos negativos de la amplia difusión que ha tenido el cambio climático está la “inflación” que ha sufrido el concepto, de forma que cualquier anomalía inmediatamente se explica con el cambio climático: que hizo más calor un verano o más frío un invierno, catástrofes como el Tsunami, son apresuradamente vinculadas con el cambio climático. Y la “moda verde” pretende frívolamente, en una sociedad de consumo exacerbado, que protegemos el ambiente cuando compramos el último modelo de automóvil, porque emite menos CO2!
Más allá de los titulares, es importante afirmar que el cambio climático es una cuestión de vida o muerte[4]. Miles de personas ya han muerto por fenómenos que pueden vinculares con el cambio climáticos. Decenas de miles han debido dejar sus casas y hábitats naturales en Bangladesh o regiones como los Grandes Lagos o el Cuerno de África debido a inundaciones, sequías y cambios en los patrones de lluvia que han hecho imposible la agricultura y el pastoreo. Otros han debido ser ya evacuados de zonas bajas, por ejemplo en las islas Fiji o Salomón, hacia zonas más altas de estas islas por los efectos del crecimiento del nivel del mar y la salinización de los recursos de agua dulce. Y en los casos extremos, según las previsiones científicas, en las próximas décadas estados-islas enteros desaparecerán por el aumento del nivel de los océanos. Tal es el caso de Tuvalu o Kiribati en el Océano Pacífico o las Maldivas en el Océano Indico.
Paradójicamente, o tal vez no tanto, estas poblaciones afectadas no son las que más han contribuido al cambio climático. Estos países no son los que más GEI han emitido. Hay, evidentemente, una responsabilidad muy diferente entre los países industrializados y los países pobres. Esta diferente responsabilidad está recogida en los instrumentos internacionales que se refieren al cambio climático, como la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC)[5] adoptada en la Cumbre de la Tierra, en Rio de Janeiro, Brasil, en 1992 y el Protocolo de Kyoto, adoptado en 1997, que explicita la implementación de la Convención y tiene un carácter vinculante para los Estados partes.
La Convención, por ejemplo, reconoce, por un lado las “responsabilidades comunes pero diferenciadas, sus capacidades respectivas “a la vez que señala la denominada responsabilidad histórica de los países industrializados ya que “tanto históricamente como en la actualidad, la mayor parte de las emisiones de gases de efecto invernadero del mundo han tenido su origen en los países desarrollados, que las emisiones per cápita en los países en desarrollo son todavía relativamente reducidas y que la proporción del total de emisiones originada en esos países aumentará para permitirles satisfacer a sus necesidades sociales y de desarrollo”[6]. Debido a esta responsabilidad histórica, los países industrializados (listados en el Anexo 1 del Protocolo de Kyoto) deben no sólo reducir drásticamente sus emisiones de CO2 (mitigación) sino contribuir financieramente a que los países en desarrollo afectados, puedan responder a los efectos del cambio climático (adaptación).

2. Los grupos más vulnerables sufren y sufrirán las peores consecuencias del cambio climático
El cambio climático se ha presentado como un fenómeno global que afectará a todo el mundo. Pero no todos serán afectados de la misma manera. En particular, algunos grupos sufrirán en mayor grado las consecuencias del cambio climático. El Informe del GIECC utiliza el término “vulnerabilidad” para referirse a estos grupos. Las comunidades vulnerables son aquéllas que viven en algunas determinadas zonas geográficas, por ejemplo en África, Asia, el Ártico u Oceanía y en general los que habitan zonas costeras o islas pequeñas.
Pero los grupos vulnerables no son sólo aquéllos que están en determinadas áreas geográficas. Aquéllos que tengan menores recursos económicos serán menos capaces de responder adecuadamente a los efectos. Como señala el informe “existen marcadas diferencias entre regiones, y las de economía más débil suelen ser las más vulnerables al cambio climático”. Y más aún “las comunidades pobres podrían ser especialmente vulnerables, en particular las que se concentran en áreas de alto riesgo”[7].
Además de regiones geográficas y condiciones económicas existen otros grupos que son los que el informe presenta como más vulnerables: las comunidades indígenas, los ancianos.
La diferente vulnerabilidad de los grupos humanos en relación con el cambio climático apela a una mirada ética, porque como decíamos más arriba, el cambio climático que experimenta hoy la Tierra tiene un fuerte componente humano en el que no todos han contribuido de la misma manera. Los que más sufren y más serán afectados en el futuro son aquéllos que menos han contribuido a las causas del cambio climático. A su vez, los que más han contribuido y contribuyen tienen una responsabilidad para con la Tierra y los más afectados.
Antes de desarrollar un poco más esta dimensión ética del cambio climático, detengámonos en algunos elementos de la Biblia que pueden ayudar nuestro discernimiento.

3. El Dios bíblico es un Dios que ama y hace justicia a los pobres y vulnerables
La Biblia no nos habla, evidentemente del cambio climático. Este, con su componente antrópico, es un fenómeno nuevo en la historia de la humanidad, cuyo impacto puede ser rastreado en los últimos doscientos años, luego de la denominada revolución industrial.
La Biblia nos habla, en primer lugar, del cuidado de la creación “Entonces el Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el huerto del Edén, para que lo cultivara y lo cuidara” (Gen 2, 15[8]), contrapeso del mandato del “dominio” del primer relato de la creación: “Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y ejerza dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados, sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra. Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sojuzgadla; ejerced dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra”[9]. El cultivo y el cuidado ofrecen otra clave de interpretación en una teología de la creación que asuma los desafíos de una visión antropocéntrica que ha contribuido en gran medida a la destrucción del planeta. A la vez resalta a Dios en la creación a través de su Espíritu, que ha dado lugar a un desarrollo del concepto teológico clásico de la perijoresis (circumincesión) a través del panenteísmo (todo-en-Dios)[10].
La Biblia también nos habla de los grupos vulnerables de la época y del especial amor que Dios tiene por ellos: las viudas, los huérfanos, los extranjeros, agrupados en la categoría de los pobres. Estos recogen varios términos del lenguaje veterotestamentario. Junto a “ras”, el indigente, también está “dal”, el flaco o raquítico, “ebyon”, el mendigo o insaciado y “aní” (o “anav”, plural “anavim”) el hombre abajado y afligido. Los pobres, además, muchas veces son víctimas de la injusticia de los poderosos, son los oprimidos, “aniyyim”[11].
La viuda, el huérfano y el extranjero son una tríada que ejemplifica, en varios lugares de la Biblia hebrea, el amor y cuidado de Dios por los pobres.
Como expresa el Salmo 146, “El Señor ama a los justos, el Señor protege a los extranjeros, sostiene al huérfano y a la viuda, pero trastorna el camino de los impíos” (8b-9). Este amor es un amor de protección, de cuidado, es un amor que hace justicia: “El (Dios) hace justicia al huérfano y a la viuda, y muestra su amor al extranjero dándole pan y vestido” (Deut 10,18).
El mismo Dios comparecerá ante los tribunales para defender los derechos de los pobres: “Me acercaré a vosotros para el juicio, y seré un testigo veloz contra los hechiceros, contra los adúlteros, contra los que juran en falso y contra los que oprimen al jornalero en su salario, a la viuda y al huérfano, contra los que niegan el derecho del extranjero y los que no me temen, dice el Señor de los ejércitos” (Malaquías 3,5). Y en consecuencia tal debe ser la actitud del justo, como expresa Isaías “aprended a hacer el bien, buscad la justicia, reprended al opresor, defended al huérfano, abogad por la viuda” (Is 1,17)
A la vez, esta justicia es condición de paz como poéticamente expresa el Salmo 85 (10-13):
“La misericordia y la verdad se han encontrado,
la justicia y la paz se han besado.
La verdad brota de la tierra,
y la justicia mira desde los cielos.
Ciertamente el SEÑOR dará lo que es bueno,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia irá delante de El,
y sus pasos pondrá por camino”.
¿Qué significan estos textos en relación a las comunidades más vulnerables a los efectos del cambio climático? Que en una perspectiva teológica, al mirar las implicaciones éticas del cambio climático y desarrollar los contenidos de una justicia climática, ésta deberá ser una justicia de los más vulnerables, de los pobres.

4. Jesús a través de sus palabras y sus obras, su vida, muerte y resurrección realiza la justicia para los pobres
El ministerio de Jesús es el cumplimiento de las profecías mesiánicas veterotestamentarias que anuncian la venida del Dios de Justicia: “¿Dónde está el Dios de la justicia? He aquí, yo envío a mi mensajero, y él preparará el camino delante de mí” (Malaquías 2,17 – 3,1).
En el Nuevo Testamento, en particular en los Evangelios, las acciones de Jesús, en especial sus encuentros con los vulnerables y excluidos de su tiempo (mujeres, niños, publicanos, pecadores, enfermos, extranjeros) son expresión de la presencia del Dios de amor y justicia que realiza la liberación, como lo expresa Jesús cuando lee el pasaje del profeta Isaías en la sinagoga de Nazaret: “ ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres. Me ha enviado para proclamar la libertad a los cautivos, y la recuperación de la vista a los ciegos; para poner en libertad a los oprimidos; para proclamar el año de favorable del Señor’. Cerrando el libro, lo devolvió al asistente y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en El.Y comenzó a decirles: ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que habéis oído’ (Lc 4,18-21).
En las Bienaventuranzas, obertura del discurso programático del Jesús, los pobres y la justicia volverán a tener un lugar central: “Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios” (Lc 6,20, véase Mt 5,3ss). Más adelante, en la versión de Mateo, “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados” (Mateo 5,6). Cerrando el ministerio público de Jesús, antes de los relatos de la Ultima Cena y la Pasión, la parábola del Juicio Final será un fuerte llamado a la solidaridad y la justicia para con los pobres (Mt 25,31-46).
Ha sido suficientemente demostrado, por exégetas y teólogos, la centralidad que la justicia y los pobres tienen en la Biblia y en el mensaje de Jesús. Los párrafos anteriores pretenden ofrecer algunos de los textos que consideramos claves en esta temática. Pero ¿qué implica esto en relación a la justicia climática?

5. Los instrumentos internacionales ofrecen algunos principios para la justicia climática
Los instrumentos internacionales que mencionamos más arriba, la Convención Marco sobre el Cambio Climático y el Protocolo de Kyoto, abren la posibilidad de una aproximación ética que sienta las bases para la justicia climática.
La Convención, por ejemplo, en su artículo 3, bajo el título de Principios, presenta una serie de elementos que ofrecen las bases para una justicia climática.
El primer principio expresa: “Las Partes deberían proteger el sistema climático en beneficio de las generaciones presentes y futuras, sobre la base de la equidad y de conformidad con sus responsabilidades comunes pero diferenciadas y sus respectivas capacidades”.
Aquí se condensan varios elementos de relevancia. En primer lugar el principio de ‘responsabilidades comunes pero diferenciadas y respectivas capacidades’ alude al compromiso de todos por luchar contra el componente antrópico del cambio climático y sus efectos devastadores. Todos somos responsables de la vida en sus múltiples manifestaciones del planeta Tierra. Pero no todos somos responsables de la misma manera. Los países industrializados tienen, como veíamos más arriba una responsabilidad histórica por sus emisiones. Las sociedades de estos países y las élites de los países pobres, tienen una responsabilidad frente a un estilo de vida que agota los recursos y va más allá de la sostenibilidad de la Tierra. El consumo de estos grupos es decenas de veces más grande que el de las comunidades pobres y concomitantemente su emisión de GEI es exponencialmente mayor. Consecuentemente sus acciones deben ser más importantes sobre todo en lo que tiene que ver con la mitigación (reducción de las emisiones).
El principio alude además a la responsabilidad para con las generaciones presentes y futuras. El daño ocasionado a la Tierra tiene consecuencias no sólo para nosotros sino para el futuro. Aún si hoy se dejara de emitir GEI, las emisiones acumuladas tendrán un efecto de varias generaciones. La justicia climática implica, pues, superar una mirada egoísta y cortoplacista y asumir el deber de legar un planeta con condiciones de vida al menos similares al que han recibido nuestra generación.
Finalmente el principio se refiere al valor de la equidad, que se convierte en fundamental, habida cuenta de las desigualdades en la responsabilidad y los efectos en relación con el cambio climático.
El segundo principio establece que “deberían tenerse plenamente en cuenta las necesidades específicas y las circunstancias especiales de las Partes que son países en desarrollo, especialmente aquellas que son particularmente vulnerables a los efectos adversos del cambio climático, y las de aquellas Partes, especialmente las Partes que son países en desarrollo, que tendrían que soportar una carga anormal o desproporcionada en virtud de la Convención”.
Este principio presta especial atención a los países vulnerables que sufren más los efectos del cambio climático. Es significativo, en este sentido el trabajo y los pronunciamientos sobre el cambio climático, que viene llevando adelante la Alianza de Pequeños Estados Insulares (Alliance of Small Island States – AOSIS) en el marco de la Red de Pequeños Estados Insulares en Desarrollo Small Island Developing States Network – SIDS)[12].
Pero como reconoce el informe del GIECC que citamos más arriba, además de considerar los países vulnerables es imperativo reconocer y dar una atención privilegiada a los grupos vulnerables dentro de los países.
El tercer principio expresa que “las Partes deberían tomar medidas de precaución para prever, prevenir o reducir al mínimo las causas del cambio climático y mitigar sus efectos adversos”.
En este principio se subrayan las medidas de prevención de las causas y de reacción frente a sus efectos. Entre las primeras la reducción de las emisiones de carbono ha ocupado un lugar primordial. En un proceso de concretar en términos prácticos las implicaciones para las comunidades, se vuelve imprescindible la necesidad de un cambio en los modelos de desarrollo y de estilos de vida presentados por la civilización occidental como los patrones a seguir o imitar. Mientras que los Estados Unidos tienen una emisión de 19 toneladas de CO2 per capita, países pobres como Uganda, República Democrática de Congo o Nepal, apenas alcanzan 0.1 toneladas[13]. El desafío asume tales características que puede ser catalogado como un cambio de paradigma que apueste por un estilo de desarrollo y de vida compatible con una vida digna para todos sobre la Tierra[14].
El cuarto principio reconoce que “las Partes tienen derecho al desarrollo sostenible y deberían promoverlo”. Este principio tiene importancia ya que responde al dilema en que se encuentran los países pobres. Estos aspiran a mejorar las condiciones de vida de su población. En los dos últimos siglos, esta mejora de las condiciones de vida ha estado vinculada a un desarrollo que ha implicado un consumo creciente de combustibles fósiles y en consecuencia un aumento de las emisiones de CO2. El principio reconoce el derecho al desarrollo pero lo adjetiviza calificándolo de sostenible, es decir, una mejora de las condiciones de vida que no atente ni contra la Tierra, el ambiente ni las generaciones futuras. En varios países industrializados la utilización de energías renovables, en especial la energía solar y la eólica va creciendo, aunque no en la medida necesaria para reducir drásticamente las emisiones. Hasta el momento estas energías son extremadamente caras, en especial para países o regiones con bajos recursos económicos. Este principio abre a la consideración de la necesaria “transferencia de tecnología” que ocupará varias discusiones en el marco de la Convención. Los países pobres necesitan esta transferencia de tecnología y los recursos para hacerla accesible. Se discute, actualmente, en las negociaciones internacionales el acceso a estos recursos, ya que los países pobres reclaman que los fondos para la adaptación y la mitigación sean agregados y no parte de la asistencia oficial al desarrollos, que a pesar de lo acordado en la Asamblea de las Naciones Unidas, nunca alcanzó, en la inmensa mayoría de los países industrializados, la meta del 0,7% del Producto Bruto Interno.
Finalmente, la Convención proclama que “las Partes deberían cooperar en la promoción de un sistema económico internacional abierto y propicio que condujera al crecimiento económico y desarrollo sostenibles de todas las Partes, particularmente de las Partes que son países en desarrollo, permitiéndoles de ese modo hacer frente en mejor forma a los problemas del cambio climático”.
El principio reconoce la íntima relación entre cambio climático y sistema económico internacional. La interacción entre economía y cambio climático es clara. Además de este componente, que condiciona fuertemente las acciones en relación al cambio climático, pensemos por ejemplo en las dificultades que ha tenido la creación e implementación del Fondo de Adaptación previsto en la misma Convención, no hay que olvidar otras dimensiones del cambio climático. Tradicionalmente se lo percibía fundamentalmente como una cuestión ambiental. Hoy hay que reconocer junto a las dimensiones ambiental y económica, la dimensión política, social y cultural del mismo. Esta complejidad obliga a procurar una visión y respuesta holística a la problemática. No alcanza, por ejemplo, un acuerdo a nivel político para la reducción de las emisiones en el segundo período de compromiso del Protocolo de Kyoto que comenzará en el 2012, en el seno de las discusiones de la Conferencia de Estados Partes. Los países y las comunidades deben interiorizar efectivamente, con las implicaciones sociales y culturales que eso conlleva, los cambios para pasar de sociedades basadas en el petróleo y sus derivados a sociedades sostenibles en que los recursos renovables sean la base de la convivencia. Lamentablemente, la crisis financiera y económica del 2008 – 2009 que ofrecía una oportunidad para avanzar en este sentido, se convirtió en una oportunidad perdida cuando los gobiernos de los países industrializados volcaron billones de dólares para “salvar” al sistema financiero víctima de su propia codicia y crearon programas de incentivo al consumo (por ejemplo con descuentos para la compra de automóviles nuevos). A pesar de numerosas propuestas alternativas y novedosas, la respuesta fue convencional y reforzó a los mismos actores que produjeron la crisis. No obstante, el anhelo de comunidades y sociedades sostenibles, permanece como un desideratum que espera su oportunidad para mostrar que “otro mundo es posible”, en la feliz expresión del Foro Social Mundial. Para dar contenido y sentido a estas sociedades sostenibles, experiencias marginales y excluidas, como la de algunas comunidades alternativas o de pueblos indígenas, ofrecen pautas a tener en cuenta.

6. La justicia climática tiene varias dimensiones: distributiva, procedimental y restauradora
La justicia climática tiene varias dimensiones[15]. Una de ellas, es la justicia distributiva. Desde esta perspectiva, hay que garantizar la equidad en la distribución de los recursos atmosféricos. Para garantizar esta equidad, hay que tener en cuenta el total de bienes a ser distribuidos, el proceso y la fórmula para la distribución de los bienes. En esta dimensión de la justicia, la consideración de la deuda climática, recientemente desarrollada conceptualmente, ofrece criterios relevantes. La deuda climática afirma que por un lado, los países industrializados mantienen una deuda de emisiones y de adaptación con los países pobres por sus excesivas emisiones (en el pasado y en la actualidad) y por su contribución desproporcionada a los efectos del cambio climático. Por otro lado, la deuda climática es también una deuda respecto a la Tierra que ha sido destruida irreparablemente[16].
Otra dimensión de la justicia climática es la referida a la justicia procedimental. Esta se refiere a la equidad en los procesos de administración de justicia para resolver disputas y la asignación de recursos. En algunos lugares la justicia procedimental ha sido conceptualizada como el debido proceso. Aplicada a las negociaciones internacionales sobre el clima, la justicia procedimental debe evaluar en términos de quién y cómo se toman las decisiones, en especial quienes son reconocidos y tomados en cuenta en las mismas.
Una tercera dimensión de la justicia climática es la vinculada a la justicia restauradora. Esta ha sido desarrollada sobre todo en relación a la justicia familiar y juvenil y tiene como claves el protagonismo de la víctima en el proceso, la relación víctima-victimario, el involucramiento de la comunidad en la transformación del conflicto. Ha sido utilizada como fundamento teórico de diversas Comisiones de Verdad y Reconciliación[17]. En el ámbito de la justicia climática esta dimensión de la justicia subraya particularmente los derechos de las víctimas del cambio climático. Este aspecto de la justicia restauradora es el que desarrollamos en la siguiente tesis.

7. La justicia climática implica la justicia de las víctimas del cambio climático
La justicia de las víctimas ha sido desarrollada tanto a nivel filosófico como teológico. En el primero, Reyes Mate señala que “víctimas ha habido siempre, pero hasta ahora eran invisibles porque se las consideraba el precio obligado de la marcha de la historia. Ahora se han hecho visibles y eso significa que entienden su situación no como algo natural o inevitable, sino como una injusticia que espera respuesta”[18].
En relación con el cambio climático, las víctimas de éste también comienzan a ser visibles. Los muertos o desplazados en las inundaciones en Bangladesh, por tomar un ejemplo, ocuparon por unos días los titulares de los noticieros. Pero el fenómeno plantea nuevos desafíos. ¿Qué son estos desplazados: refugiados, migrantes, desplazados internos? Se discute una nueva terminología: refugiados climáticos, desplazados ambientales, desplazados climáticos. Más allá de las discusiones académicas y en los ámbitos internacionales, nos interesa resaltar que éstos, sea cual sea su definición, son, ya, víctimas del cambio climático.
Jürgen Moltmann, por su parte, desde una óptica teológica, cuando habla de la justicia de las víctimas, apela a la justicia creadora de Dios, que más allá de una justicia retributiva, reconoce los derechos de las víctimas[19].
Los derechos de las víctimas, son una evolución (si no revolución) en el ámbito del Derecho Internacional de los Derechos Humanos ya que cambian la perspectiva y de un Derecho centrado en el Estado pasan a reconocer los derechos de las víctimas. Esta perspectiva emergente no hubiera sido posible sin la lucha y el trabajo de incidencia a nivel internacional de organizaciones de víctimas, acompañadas por diversos actores de la sociedad civil. Es cierto que hasta ahora, los derechos de las víctimas se han desarrollado sobre todo en relación a las violaciones de derechos civiles y políticos y a la impunidad de los crímenes cometidos en este ámbito, pero una consideración desde la perspectiva del cambio climático y de sus víctimas ofrece elementos interesantes de resaltar.
En 1997 el jurista francés Louis Joinet, como experto independiente, presentaba ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, su informe sobre la “Cuestión de la impunidad de los autores de violaciones de los derechos humanos (civiles y políticos)”[20]. Lo que más tarde se ha conocido como el Informe Joinet fundamentaba su presentación en los procesos vividos en varios países, en que las asociaciones de víctimas fueron protagonistas activos de las lucha por la verdad y la justicia.
El Informe Joinet, proclama tres ámbitos de derechos de las víctimas: el derecho a saber, el derecho a la justicia y el derecho a la reparación.
El derecho a saber, subraya Joinet, “no se trata solamente del derecho individual que toda víctima, o sus parientes o amigos, tiene a saber qué pasó en tanto que derecho a la verdad. El derecho de saber es también un derecho colectivo que tiene su origen en la historia para evitar que en el futuro las violaciones se reproduzcan. Por contrapartida tiene, a cargo del Estado, el ‘deber de la memoria’ a fin de prevenir contra las deformaciones de la historia que tienen por nombre el revisionismo y el negacionismo; en efecto, el conocimiento, para un pueblo, de la historia de su opresión pertenece a su patrimonio y como tal debe ser preservado”[21]. ¿Que implica este derecho para las víctimas del cambio climático? Implica el derecho a conocer las causas y efectos de lo que sufren, las diversas responsabilidades, los medios para adaptarse. Es interesante notar que también en el ámbito del cambio climático, muchos estados han recurrido al negacionismo, rechazando la realidad del cambio climático, no sólo aquéllos que han sido históricamente responsables del calentamiento global, también algunos países vulnerables que ya sufren las consecuencias del cambio climático.
Por su parte, el derecho a la justicia “confiere al Estado una serie de obligaciones: la de investigar las violaciones, perseguir a sus autores y, si su culpabilidad es establecida, de asegurar su sanción. Si la iniciativa de investigar corresponde en primer lugar al Estado, las reglas complementarias de procedimiento deben prever que todas las víctimas puedan ser parte civil y, en caso de carencia de poderes públicos, tomar ella misma la iniciativa”[22]. Aquí, dadas las características del cambio climático, es necesario ir más allá de la responsabilidad de los Estados individualmente y ver de qué forma la comunidad internacional en forma colectiva y los países industrializados en razón de su responsabilidad histórica, responden a este derecho de las víctimas.
Por último, el derecho a obtener reparación entraña medidas individuales como medidas generales y colectivas. En el plano individual, las víctimas, ya sean víctimas directas, parientes o personas a cargo, deben beneficiarse de un recurso eficaz. El derecho a reparación debe cubrir la integralidad de perjuicios sufridos por la víctima y comprende los tres tipos de medidas siguientes:
a) Medidas de restitución (tendientes a que la víctima pueda volver a la situación anterior a la violación);
b) Medidas de indemnización (perjuicio psíquico y moral, así como pérdida de una oportunidad, daños materiales, atentados a la reputación y gastos de asistencia jurídica); y
c) Medidas de readaptación (atención médica que comprenda la atención psicológica y psiquiátrica).
En el plano colectivo, las medidas de carácter simbólico, a título de reparación moral, tales como el reconocimiento público y solemne por parte del Estado de su responsabilidad, las declaraciones oficiales restableciendo a las víctimas su dignidad, las ceremonias conmemorativas, las denominaciones de vías públicas, los monumentos, permiten asumir mejor el deber de la memoria[23]. (Véanse los párrafos 40 – 42).
Este derecho es particularmente relevante para las víctimas del cambio climático. Las diferentes medidas de reparación, incluyendo las reparaciones económicas, no son, por tanto, una prerrogativa de los causantes del cambio climático sino un derecho de las víctimas que debe ser cumplido.

8. La justicia climática debe ser entendida en el marco de la justicia y la justicia ecológica
La justicia climática responde un aspecto particular de la justicia, la referente al cambio climático. Como justicia no puede considerarse aisladamente. Debe entenderse en relación con otras dimensiones de la justicia, algunas de las cuales mencionamos más arriba. Debe interactuar con la justicia social, en especial por el efecto que el cambio climático tendrá en los grupos vulnerables. Debe conjugarse también con la justicia económica, por la vinculación que existe entre cambio climático, sistemas económicos y modelos de desarrollo.
En especial, la justicia climática debe entenderse en el marco de la justicia ecológica o eco-justicia. Esta, comprende ciertos enunciados básicos:
– La solidaridad con otras personas y criaturas – compañeros, víctimas y aliados – en la comunidad de la Tierra, reflejando un profundo respeto por la diversidad de la creación;
– La sostenibilidad ecológica – modos de vida y de trabajo ambientalmente adecuados que posibiliten que la vida florezca y que utilicen tecnologías apropiadas social y ambientalmente;
– La suficiencia como un patrón de un compartir organizado con niveles mínimos y máximos para un consumo equitativo;
– La participación social justa en las decisiones sobre cómo obtener la subsistencia y cómo organizar la vida de la comunidad para el bien común y los bienes para todos[24].
En resumen, la justicia climática, recoge en clave ética algunos de los desafíos que el cambio climático plantea al mundo contemporáneo. Desde una óptica teológica, la centralidad de la justicia en la Biblia hebrea y en la praxis de Jesús de Nazaret abre a la preocupación, el cuidado y la defensa de los más pobres y vulnerables. Estos son y serán los más afectados por el cambio climático. Pero además los pobres y vulnerables como comunidades, como países, son los que menos han contribuido a la crisis ambiental que vive el mundo hoy en día. No obstante, al sufrir los efectos del cambio climático, se convierten en víctimas del mismo. Realizar la justicia de las víctimas del cambio climático implica reconocer e implementar sus derechos en el ámbito comunitario, nacional e internacional. La justicia climática no puede ser considerada aisladamente de la justicia económica, la justicia social, la justicia ecológica. Al interactuar con ellas promueve la solidaridad, la sostenibilidad, la suficiencia y la participación de todos y todas, seres humanos y otras criaturas para el bien común y la comunidad de la Tierra.

________________________________________
[1] Cf. http://www.ipcc.ch/home_languages_main_spanish.htm#1
[2] Ver la Síntesis de este informe en: http://www.ipcc.ch/pdf/assessment-report/ar4/syr/ar4_syr_sp.pdf. En adelante citado como Síntesis.
[3] Cf. e.g. http://www.350.org
[4] Cf. Por ejemplo las declaraciones de Fei Tevi, Secretario General de la Conferencia de Iglesias del Pacífico, en http://www.tourism-watch.de/node/1156
[5] Accesible en: unfccc.int/resource/docs/convkp/convsp.pdf
[6] CMNUCC, Preámbulo.
[7] Síntesis, p. 19, 48.
[8] Citamos la versión de la Biblia de las Américas.
[9] Escapa a las posibilidades de este artículo una exégesis más detallada de estos versículos que muestran la tensión “dominio – cuidado” del mandato de Dios al ser humano en/frente a la creación. Una interpretación basada exclusivamente en el primer relato es el que da las bases a un famoso artículo de Lynn White Jr, aparecido en la Revista Science en su edición de marzo de 1967 (Volume 155, Number 3767) sobre “las raíces históricas de nuestra crisis ecológica” en el que acusa al cristianismo de la destrucción de la naturaleza por su contenido dominador y antropocéntrico. Una adecuada respuesta al desafío de White es la que ofrece, por ejemplo, Jürgen Moltmann en su Dios en la creación, Sígueme, Salamanca 1987. Comentamos el artículo de White en nuestro O ecológico e a teologia latinoamericana, Porto Alegre, Sulina 2006, p. 56-59. El artículo está disponible también en la página de información y materiales complementarios de la Agenda Latinoamericana’2010: latinoamericana.org/2010/info
[10] Así lo presenta, por ejemplo Leonardo BOFF en Ecologia: grito da terra, grito dos pobres, São Paulo, Atica 1995, cuando presenta la Trinidad y el rol del Espíritu Santo, p. 237-265. El panenteísmo ha sido desarrollado particularmente por teólogas ecofeministas como Yvone Gebara, Rosemary Radford Ruether y Sally McFague. Desarrollamos la noción de panenteísmo en estos autores en KERBER, Guillermo, O ecológico e a teologia latinoamericana, Porto Alegre, Sulina 2006, p. 142 – 151 y 176 – 184.
[11] Cf. e.g. ROY, Leon, voz «Pobres» en LEON-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teología Bíblica, Barcelona, Herder, 1978. Profundizamos este tema en KERBER, Guillermo, Jesús, el Mesías de los pobres, Montevideo, Centro Cultural La Teja 1985, p. 21-28.
[12] Cf. http://www.sidsnet.org/aosis y http://www.sidsnet.org/index.html
[13] Es cierto que los países del Golfo tienen emisiones más altas, llegando a 52 toneladas en el caso de Qatar o 31 en el caso de los Emiratos Arabes Unidos o Kuwait, pero su relativa escasa población es la que eleva el guarismo, como es el caso también, por ejemplo de Trinidad y Tobago con 25.3. A la vez, países como China o India se benefician por su población, alcanzando 4.6 y 1.3 toneladas respectivamente. Cf. en.wikipedia.org/wiki/List_of_countries_by_carbon_dioxide_emissions_per_capita
[14] La declaración del Consejo Mundial de Iglesias ante la Conferencia de Estados Partes de la Convención Marco de Cambio Climático celebrada en Bali, Indonesia en diciembre de 2007 apelaba a este cambio de paradigma. Cf. http://www.oikoumene.org/?id=5323
[15] Seguimos aquí la publicación preparada por Johannah BERNSTEIN para APRODEV en el marco de la Campaña Countdown to Copenhagen, Copenhagen legal options and equity. An evaluation of legal outcome options for a post 2012 climate change agreement from an equity and climate justice perspective, November 2009, accessible en:
http://www.aprodev.net/climate/Documents/Copenhagen_Legal_Outcome&Equity-Aprodev_Report-November2009.pdf, p. 11.
[16] Cf. e.g. en un contexto más amplio de la deuda ecológica, los estudios de casos que presenta Athena PERALTA en Ecological Debt: The Peoples of the South are the Creditors, Geneva, WCC 2006.
[17] Hemos desarrollado recientemente diversos aspectos de la justicia restauradora en KERBER, Guillermo, Ethique, justice restauratrice et droits des victimes en MARTIN, Arnaud, La mémoire et le pardon, Paris, L’Harmattan 2009.
[18] REYES MATE, Justicia de las víctimas y reconciliación en el País Vasco, Fundación Alternativas (Documento de trabajo 96/2006), 2006, p. 5. Ver también su reciente libro REYES MATE, Justicia de las víctimas, Madrid, Anthropos 2008
[19] Cfr. inter alia, MOLTMANN, J, The final judgement: Sunrise of Christ’s liberating justice, 37th National Theological Conference, Trinity Institute, 23 de enero de 2007, accesible en:
http://www.trinitywallstreet.org/onlinetv/webcast.php?t=webcast&id=40242&s=1; MOLTMANN, J.; Justice for victims and perpetrators, Reformed World, volume 44 number 1 (March 1994).
[20] “Cuestión de la impunidad de los autores de violaciones de los derechos humanos (civiles y políticos)” Informe final revisado preparado por M. L. Joinet, (E/CN.4/Sub.2/1997/20/Rev.1). En adelante citado como Informe Joinet. Accesible en: http://www.unhchr.ch/huridocda/huridoca.nsf/(Symbol)/E.CN.4.sub.2.1997.20.Rev.1.Sp . Estos principios fueron reafirmados en el 2005, por la experta independiente Prof. Diane Orentlicher “Conjunto de principios actualizado para la protección y la promoción de los derechos humanos mediante la lucha contra la impunidad” (E/CN.4/2005/102/Add.1).
[21] Informe Joinet, párrafo 17.
[22]Ib., pár. 27.
[23] Ib, pár. 40 – 42.
[24] HESSEL, Dieter T. , Eco-justice Ethics, Forum on Religion and Ecology, 8 Mayo 2007, accesible en: environment.harvard.edu/religion/disciplines/ethics/eco-justice.html
Guillermo Kerber (Uruguay) es Doctor en Ciencias de la Religión
(UMESP, São Bernardo doCampo, Brasil)
y graduado en Filosofia y Teología (ITU-PUC, Montevideo, Uruguay).
Actualmente coordina el Programa de Cambio Climático del Consejo
Mundial de Iglesias en Ginebra, Suiza.