Padre sólo hay uno, Papa también. Mari Paz López Santos


(Tomado de http://www.eclesalia.wordpress.com/ )

Padre solo hay uno, Papa también
Posted: 14 marzo, 2013 in ACTUALIDAD
Etiquetas: Comunidad, Iglesia, Jesús, Laicado, Mujeres, Papado, Pobreza

papa bendecido por el puebloPADRE SOLO HAY UNO, PAPA TAMBIÉN
MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@pazsantos.com
MADRID.

ECLESALIA, 14/03/13.- “No llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos” (Mt 23,9)… pero Papa, sí.

No pudimos participar en la elección, pero esperar, sí. Fumata blanca: habemus Papam. Y la oración sube como incienso en tu Presencia del corazón de millones de creyentes: habemus Papam.

No pudimos elegir, pero recibir, sí: tenemos Padre, que está en los cielos, y, de nuevo tenemos Papa, acá en la tierra. Se asomó a la ventana, imitando el abrazo de la columnata de Bernini, y presentó su rostro y su figura al mundo. Hubo sonrisas, aplausos, oraciones. Después, su primera despedida; la ventana se cerró y el Papa se adentró en la casa vaticana para iniciar su nueva vida al servicio del don que ha recibido.

¡No cierres la ventana! Deja que permanezca abierta. Di a los de la casa –los hermanos de la curia vaticana- que esa ventana se deja abierta. Al menos esa quede abierta para que el viento del Espíritu entre y ventile las estancias. Que sea tu primera acción y para ellos su primera obediencia. Más tarde, poco a poco, otras habrán de abrirse.

Asómate a esa ventana, siete veces al día, como el orante se asoma al corazón de Dios en el Oficio Divino, y mira al mundo con pasión y compasión. ¡Tantas veces tendrás que salir corriendo por la puerta de San Pedro y atravesar veloz la bella plaza, para salir al encuentro del hijo y de la hija que el mundo dejó sin dignidad; de la familia que ya no encuentra su sitio; del niño y de la niña que arrebataron su infancia, y lo harás profundamente conmovido, echándote al cuello, besando y abrazando (Lc 15,11-32)!

Algunos no estarán de acuerdo, en tu propia casa. Si alguien pretende cerrar la ventana… ¡ponle deberes!… que se asome también y ayude en la acogida, ocupándose de traer traje, anillo, sandalias, un buen plato en la mesa del banquete y música para el baile (Lc 1, 11-32).

Pero para correr hacia quien viene malherido y desprovisto de dignidad hay que soltar lastre. Los Jefes de los Estados no salen corriendo a la puerta de sus palacios o sedes institucionales, utilizan demasiada parafernalia protocolaria al recibir a quien llega.

¿Por dónde empezar en el Vaticano? Sin prisa pero con paso firme quizás fuera conveniente aplicar una buena terapia de sencillez en las formas exteriores y de simplificación en las normas. Pero ya sabemos que lo exterior siempre es fruto de lo interior y no se puede dar lo que no se vive por dentro.

Habrá que recorrer un serio camino de discernimiento eclesial para dejar de ser Estado, con todo lo que ello conlleva, y pasar a ser una Familia-Comunidad de hermanos a nivel universal. Y cuando digo “hermanos”, no lo digo en plan poético e idealista, lo digo reconociendo los dos prototipos de los hermanos de la parábola del Hijo Pródigo (Lc 15,11-32) que, ni uno ni otro eran un dechado de virtudes, más bien eran dos desastres, dos personas que no se reconocían a sí mismos, no sabían quienes eran. Cada uno a su desdichada manera, no se sabía hijo amado. Pero el Padre sí sabía quien era y se expresó con la libertad de quien ama, haciéndose ajeno a la conducta del mundo como decía S. Benito (RB IV, 20), “transgrediendo” las leyes mundanas con una de mayor calado: el Amor.

Al nuevo Papa se le pedirá mejorar la vida de la Iglesia. Seguramente en la mesa del que será su despacho, esperan ser abiertas muchas carpetas con diferentes rótulos, indicando temas pendientes, temas olvidados, temas traspapelados, temas que no se quieren tocar por unos y evitar por otros, temas que asustan, temas que disgustan, temas que preocupan, temas… infinidad de temas.

¿Por dónde empezar?: Encuentro con los POBRES

Ahí están esperando: los pobres, los que no tienen voz o son amenazados si se pronuncian (que le pregunten al obispo Pedro Casaldáliga, que a su edad y enfermo, sigue defendiendo lo que muchos quieren que no se defienda). Los que son invisibles para las sociedades ricas y los “nuevos pobres” de los países del “ex-estado del bienestar” que están sufriendo las consecuencias de un sistema económico deshumanizado, que olvida a la persona por el beneficio desmedido y repartido entre unos pocos.

Ponga la política vaticana en primera línea de actuación lo que ya dejó dicho el Concilio Vaticano II: “Demuestren (los obispos) en su enseñanza la preocupación maternal de la Iglesia para con todos los hombres, sean fieles o infieles, con especial amor a los pobres y débiles, a quienes les envió el Señor a evangelizar (“Christus Dominus”, 13).

Evangelizar con amor maternal significa que una madre y un padre (en este caso, la Iglesia) además de dar de comer, han de defender de la injusticia a sus hijos, por puro instinto natural y evangélico. La opción por los pobres permanece en estado de letargo desde arriba, pero desde abajo está viva en el recuerdo de quienes se comprometieron con ellos: Monseñor Romero, Ellacuría y sus compañeros, Elder Cámara, Samuel Ruiz y tantos otros.

Acercarse al pobre es muy bueno porque, a no ser que haya una huida para no ver esa realidad, te pone delante de todo lo que te sobra. Y aunque no sea de golpe, se puede ir avanzando hacia un despojamiento de carga innecesaria. Por eso, desde arriba de la Iglesia, sería muy beneficioso, casi un poco egoísta, pues tantos detalles de opulencia empezarían a caer a nivel ropajes, infraestructura, servicio, etc. y sería un primer signo sencillo y silencioso de que algo está cambiando.

¿Por dónde seguir?: Encuentro con los LAICOS

Llega la hora y, realmente, hace mucho que ha llegado, de que los laicos –hombres y mujeres- sean considerados “mayores de edad” en la vida de la Iglesia. No sólo por el trabajo que desempeñan y las tareas que sacan adelante, sino también en la toma de decisiones y responsabilidades.

Es un tema de concepto: ser considerados como iguales, ni más ni menos que un religioso o religiosa, un sacerdote, un obispo, un arzobispo, un cardenal, un monje o una monja… iguales. Eso significa hijos del mismo Dios con tareas diferentes por el Reino, dentro de la misma Iglesia.

¿Por dónde avanzar?: Encuentro con las MUJERES

No estoy abriendo la carpeta con el rótulo “Sacerdocio femenino”, no, todavía no. Eso vendrá después.

Millones de mujeres en el mundo desearían un cambio de mirada en la jerarquía de la Iglesia hacia ellas. Que desapareciera el miedo compulsivo a lo femenino. Jesús no infravaloró ni humilló a las mujeres. Jesús se encontró con ellas, no las obvió como si fueran seres de diferente categoría. Jesús las escuchó, empezando por su madre que fue la primera mujer en su vida y, como toda madre, le impulsó a dar el primer paso: de pequeño y en Caná; hasta la última, María Magdalena, primera en recibir el mensaje de su resurrección y enviada a comunicarlo. Jesús se interesó, ayudó, consoló y dio dignidad a las mujeres de su tiempo, y quedó escrito en las páginas del Evangelio. ¿Por qué todavía seguimos así?

El Padre de la parábola se hubiera conmovido igual si fuera una hija la que volvía a él, y animaría con la misma insistencia a la mayor, indignada por la presencia de su hermana.

Si el nuevo Papa empieza por los pobres va a encontrar por el camino a muchas mujeres, millones, pues en la precariedad, la pobreza, el abandono, la violencia y la injusticia, las mujeres se encuentran en primera línea, y además casi nunca van solas, llevan a su lado, entre las piernas, en el pecho, en los trabajos de campo a la espalda, a sus hijos, de todas las edades. Suelen estar solas o acompañándose unas y otras. Esto sucede en todas la latitudes.

Después, por supuesto, también habrá que hablar del sacerdocio femenino y de las diferencias en la vida religiosa, por ejemplo, de la clausura papal a las monjas, y de tantos temas relacionados con lo femenino.

Para terminar, contaré lo que me animó a escribir sobre la llegada al Vaticano de un nuevo Papa. Es una sencilla historia que me contó una amiga.

Recogió a su nieta de nueve años del colegio y en el coche le preguntó qué tal le había ido en el colegio. La niña le dijo que le habían puesto buenas notas. Luego permaneció en silencio. Al poco le dice a su abuela:

– Abuela, te voy a poner un 10.

– ¿A mí por qué me vas a poner un 10?

– Por lo bien que me sabes escuchar y por las tortillas tan buenas que me haces.

ESCUCHA desde el corazón y los signos de los tiempos y ALIMENTO desde el Amor, estas son dos cosas que me atrevo a pedir al Papa Francisco.

FRANCISCO, SUCESOR DE BENEDICTO XVI. Salvador Flores LLamas


Francisco, sucesor de Benedicto XVI

SALVADOR FLORES LLAMAS

El cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio fue elegido el miércoles 13 de marzo sucesor de Benedicto XVI; tomó el nombre de Francisco, es persona sencilla, lucha por los desposeídos, la justicia social, la vida y la familia, y su primer mensaje fue un llamado a la fraternidad, el amor y la fe.

Del primer Papa nacido en América, en especial en Latinoamérica, se espera profundice la nueva evangelización, lanzada por el Concilio Vaticano II e impulsado por Juan Pablo II y Benedicto XVI para frenar la secularización y el éxodo de católicos de la Iglesia, y que reforme la Curia Romana.

Sucesor 266 de San Pedro y obispo de Roma, fue electo en el segundo día del cónclave y la quinta votación por 115 cardenales, sin ser considerado papable; aunque trascendió que en el cónclave de abril de 2005, que eligió a Benedicto XVI, él cedió 40 votos que llevaba, al cardenal Joseph Ratzinger.

Que no fuera citado entre los probables reafirmó el aforismo de que quien entra papable al cónclave, sale cardenal.

Al salir el esperado humo blanco por la chimenea de la Capilla Sixtina, señal de que ya había nuevo Papa, empezó a aumentar de inmediato la multitud en la Plaza de San Pedro y la Vía de la Conciliación, que se calculó en 160 mil personas.

Una hora después apareció Su Santidad en la logia central de la Basílica de San Pedro, ataviado con su sotana blanca y al iniciar su muy breve primer mensaje, pidió a los asistentes lo acompañara a rezar por Benedicto XVI.

Antes de impartir su primera bendición urbi et orbi (a la ciudad y al mundo) solicitó, con toda humildad, una oración por él.

Anunció su visita a la Basílica de Santa María la Mayor al día siguiente, por ser la Virgen la patrona de la diócesis de Roma y para encomendarle su papado, y la misa solemne de inicio de pontificado (ya no de coronación, pues la abolió Juan Pablo I en 1978) se programó para el 19 de marzo, festividad de San José.

Rápido empezaron a llegarle felicitaciones de la mayoría de mandatarios de los países; muchos anunciaron su asistencia a la misa de inicio, entre ellos Enrique Peña Nieto, presidente de México.

El nuevo Papa nació en Buenos Aires, Argentina, el 17 de diciembre de 1936, hijo del matrimonio de clase media, emigrado de Italia, de Mario Bergoglio, empleado ferroviario, y Regina Sívori, ama de casa.

De 76 años no es joven, como se cree recomendó Benedicto implícitamente en su dimisión; si bien se ve muy fuerte, pese a que le falta un pulmón.

Miembro de la Compañía de Jesús, fue su provincial en Argentina; hombre sencillo, vivía en un modesto departamento bonaerense, pues nunca quiso ocupar el palacio episcopal.

También renunció a su flamante limusina con chofer, y viajaba en el metro y transporte público de la capital platense.

Primero se tituló como técnico químico y luego ingresó al seminario; en marzo de 1958 pasó al noviciado. Estudió Humanidades en Chile; en 1960 regresó a Buenos Aires y obtuvo la licenciatura en Filosofía.

Fue maestro de Literatura y Psicología en el Colegio de la Inmaculada de Santa Fe de 64-65, dictó las mismas cátedras en el Colegio del Salvador de Buenos Aires en 66. De 67 a 70 cursó Teología en el Colegio Máximo de San Miguel y se tituló licenciado.

Ordenado sacerdote el 13 de diciembre de 1969, en abril de 1973 hizo su profesión perpetua de jesuita. Fue maestro de novicios en Villa Barilari, de San Miguel (1972-73) profesor en la Facultad de Teología, consultor de la Provincia de la Compañía de Jesús y Rector del Colegio Máximo.

El 31 de julio de 1973 fue elegido provincial jesuita en Argentina por 6 años. Al volver de Alemania a su país estuvo en el Colegio del Salvador, fue director espiritual y confesor en la iglesia de la Compañía en Córdoba. De 80 a 86 fue rector del Colegio Máximo de San Miguel y de las Facultades de Filosofía y Teología.

Juan Pablo II lo designó obispo titular de Auca y auxiliar de Buenos Aires el 20 de mayo de 1992; el 27 de junio recibió la ordenación episcopal y el 3 de junio de 1997 lo nombró arzobispo coadjutor de Buenos Aires.

Al suceder al cardenal Antonio Quarracino el 28 de febrero de 1998, se convirtió en el primer jesuita en ser primado de Argentina.

Es cardenal presbítero desde el 21 de febrero de 2001 y miembro de las Congregaciones para el Culto Divino, disciplina de los sacramentos, Clero, los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.

También del Pontificio Consejo para la Familia, la Comisión para América Latina, el Consejo Ordinario de la Secretaría General para el Sínodo de los Obispos y del consejo post-sinodal de la XI Asamblea General Ordinaria del mismo sínodo.

Fue vicepresidente de la Conferencia Episcopal Argentina (2002-05) y presidente (2005.08).

Como se dijo, participó en la elección de Benedicto XVI en abril de 2005.

El Papa Francisco llamado a restaurar la Iglesia. Leonardo Boff


El Papa Francisco llamado a restaurar la Iglesia
2013-03-15

En las redes sociales había anunciado que el futuro Papa se llamaría Francisco. Y no me equivoqué. ¿Por qué Francisco? Porque San Francisco comenzó su conversión al oír al Crucifijo de la capilla de San Damián decirle: “Francisco, ve y restaura mi casa, mira que está en ruinas” (San Buenaventura, Leyenda Mayor II, 1).


Francisco tomó al pie de la letra estas palabras y reconstruyó la iglesita de la Porciúncula, en Asís, que aún existe en el interior de una inmensa catedral. Después se dio cuenta de que era algo espiritual restaurar la «Iglesia que Cristo rescató con su sangre» (ibid.). Fue entonces cuando comenzó su movimiento de renovación de la Iglesia, presidida por el Papa más poderoso de la historia, Inocencio III. Comenzó a vivir con los leprosos y del brazo de uno de ellos iba por los caminos predicando el evangelio en lengua popular y no en latín.

Es bueno saber que Francisco nunca fue sacerdote sino laico solamente. Sólo al final de su vida, cuando los Papas prohibieron a los laicos predicar, aceptó ser diácono a condición de no recibir ningún tipo de remuneración por el cargo.

¿Por qué el cardenal Jorge Mario Bergoglio ha elegido el nombre de Francisco? Creo que ha sido porque se dio cuenta de que la Iglesia está en ruinas por la desmoralización debida a los diversos escándalos que han afectado a lo más precioso que ella tenía: la moral y la credibilidad.

Francisco no es un nombre, es un proyecto de la Iglesia, pobre, sencilla, evangélica y desprovista de todo poder. Es una Iglesia que anda por los caminos junto con los últimos, que crea las primeras comunidades de hermanos que rezan el breviario bajo los árboles con los pajaritos. Es una Iglesia ecológica que llama a todos los seres con las dulces palabras de «hermanos y hermanas». Francisco fue obediente a la Iglesia y a los papas y al mismo tiempo siguió su propio camino con el evangelio de la pobreza en la mano. Entonces escribió el teólogo Joseph Ratzinger: «El no de Francisco a ese tipo imperial de Iglesia no podía ser más radical, es lo que podríamos llamar una protesta profética» (en Zeit Jesu, Herder 1970, 269). Francisco no habla, simplemente inaugura lo nuevo.

Creo que el Papa Francisco tiene en mente una iglesia fuera de los palacios y de los símbolos del poder. Lo mostró al aparecer en público. Normalmente los Papas y Ratzinger principalmente ponían sobre los hombros la muceta, esa capita corta bordada en oro que sólo los emperadores podían usar. El Papa Francisco llegó sólo vestido de blanco. En su discurso inaugural se destacan tres puntos, de gran significado simbólico.

El primero: dijo que quiere «presidir en la caridad», algo que se pedía desde la Reforma y los mejores teólogos del ecumenismo. El Papa no debe presidir como un monarca absoluto, revestido de poder sagrado, como prevé la ley canónica. Según Jesús, debe presidir en el amor y fortalecer la fe de los hermanos y hermanas.

El segundo: dio centralidad al Pueblo de Dios, como destaca el Concilio Vaticano II, pero dejado de lado por los dos papas anteriores en favor de la jerarquía. El Papa Francisco pide humildemente al pueblo de Dios que rece por él y lo bendiga. Sólo después él bendecirá al pueblo de Dios. Esto significa que él está allí para servir y no para ser servido. Pide que le ayuden a construir un camino juntos y clama por fraternidad para toda la humanidad, donde los seres humanos no se reconocen como hermanos y hermanas sino atados a las fuerzas de la economía.

Por último, evitó todo espectáculo de la figura del Papa. No extendió ambos brazos para saludar a la gente. Se quedó inmóvil, serio y sobrio, yo diría, casi asustado. Solamente se veía una figura blanca que saludaba con cariño a la gente. Pero irradiaba paz y confianza. Mostró humor hablando sin la retórica oficialista, como un pastor habla a sus fieles.
Vale la pena mencionar que es un Papa que viene de Gran Sur, donde están los más pobres de la humanidad y donde vive el 60% de los católicos. Con su experiencia como pastor, con una nueva visión de las cosas, desde abajo, podrá reformar la Curia, descentralizar la administración y dar un rostro nuevo y creíble a la Iglesia.
Página de Boff en Koinonía

Página de Leonardo Boff

ANÁLISIS A FONDO. J. Francisco Gómez Maza. ¿UN PAPA EVANGÉLICO?


MIE 13-3-13

FRANCISCO GÓMEZ MAZA

ANÁLISIS A FONDO: ¿UN PAPA EVANGÉLICO?

¿Francisco I. Papa de los pobres?

¿Dejará la Iglesia de ser romana?

Francisco I, ¿un nuevo Juan XXIII, revolucionario de su tiempo, que puso a la estructura clerical al modo de su tiempo? ¿Reformador de una gran empresa clerical, que ha venido perdiendo bonos entre sus millones de feligreses? ¿Un Papa que meterá en cintura a la diabólica Curia Vaticana? ¿Un Papa que viajara por las calles de Roma en autobús, que caminará si cortesanos, como lo hacía en Buenos Aires donde fue arzobispo hasta anteayer? ¿Un Papa que convivirá con la gente de la calle, con los menesterosos, con los desempleados, con los pobres? ¿Un Papa que reivindicará a los teólogos de la liberación condenados por Joseph Ratzinger, el hasta hace poco indomable perro guardián de la fe? ¿Alguien que le reconocerá su dignidad a las mujeres, sojuzgadas, reprimidas, excluidas, violadas; a las inmensas mayorías que no tienen acceso al gran banquete de la Iglesia y del concierto de las naciones?

Francisco I (por qué eligió el nombre de Francisco ¿Por el Poverello de Asís, una voz y un instrumento crítico de la Iglesia de su tiempo, tan llena de boato y lujuria, como la de ahora, que ofendía la dignidad de los pobres de Roma? ¿Un Francisco I, que llega a revolucionar al imperio eclesiástico, de la lujuria, del alejamiento total del pueblo, que condena a sus hijos que no están de acuerdo con que el Papa y los obispos sean siempre aliados de los poderosos?

¿Un reformador que destruye el carácter mercantil de una Iglesia, que más parece una trasnacional que comercia con mercancía sagrada y cuyo principal producto es un dios que no acaba de identificarse con los seres humanos, ni con los demás seres vivos e inertes de la Madre Tierra?

Tantas preguntas vienen a la mente de un periodista laico, en los momentos en que el nuevo Pontífice es anunciado y está de pie en la ventana principal de la Basílica San Pedro, enviando su primer mensaje a los fieles de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana. ¿Dejará de ser Romana la Iglesia de Francisco I, y se convertirá en una real Iglesia Universal, verdaderamente franciscana, no al servicio de los hombres y mujeres sufrientes, sino hecha sufriente con ellos y ellas?

¿Un Papa que le dará su lugar en la Iglesia y en el mundo a las mujeres, a los homosexuales, al mundo excluido por una Iglesia que dejó de ser evangélica hace ya muchos siglos, y que se alió con los emperadores romanos para convertirse en cabeza de una Cristiandad dominadora, explotadora, aliada con los poderosos económicamente?

Tareas urgentes no le van a faltar al nuevo Papa. Se le acumula el trabajo desde hace siglos. Dicho sea con todo respeto, no le arriendo la ganancia.
Entre esas tareas urgentes hay una perentoria e insoslayable, que además puede dinamizar otras muchas tareas también urgentes. Lo formulo como “democratizar la estructura organizativa de la Iglesia”. Significa devolver al pueblo su voz y su voto… escribió hace un par de días Pope Godoy, teólogo y profesor de la Universidad de Navarra, España.

Lo menos importante es que Jorge Mario Bergoglio sea latinoamericano, argentino. Lo importante es que asuma su papel de representante, no de Jesucristo, que Jesucristo no necesita representantes, sino del pueblo católico, de los pobres, de los miserables, de los indigentes de todas las creencias, como lo hacía el Poverello con los árabes masacrados por los Cruzados del Papa.

Pero las preguntas del principio de esta historia deberán de tener una respuesta pronta del nuevo Papa. Y en la medida en que sean contestadas, la Iglesia católica empezará a reconstruirse, saldrá de las cenizas antievangélicas en las que se ha estado hundiendo desde que renunció a las enseñanzas de su fundador Jesucristo, un iluminado que sólo vivió – si es que vivió me diría un historiador racionalista – para los demás y que no tenía dónde reclinar la cabeza; que convivía con “pecadores” y publicanos, y con leprosos y prostitutas.

analisisafondo@cablevision.net.mx

Francisco Gómez Maza

El naciente culto a Hugo Chávez. Jorge G. Castañeda


El naciente culto a Hugo Chávez
Jorge G. Castañeda
El País
11/03/2013
ELPAIS

Sacar el balance de la gestión de Hugo Chávez en Venezuela tomará tiempo, al igual que cualquier análisis de su legado en América Latina. Más allá del evidente fervor que despertó entre sus millones de seguidores venezolanos, y su notable conexión con los sectores más desfavorecidos de su país, se necesitarán datos duros para saber si sus entristecidos adeptos de hoy realmente se beneficiaron de su magnanimidad petrolera. O tal vez su devoción proviene más bien de una identificación étnica y social intangible —crucial, sin duda— y duradera.

Las cifras tendrán que ser recopiladas por fuentes confiables, las mismas que proporcionan números económicos y sociales de otros países, para ser comparables con el pasado venezolano y con otras sociedades latinoamericanas, sobre todo a la luz del gasto de más de un billón (en castellano) de dólares a lo largo de los 14 años de Gobierno chavista. Los avances deberán ser medidos para poder ser aquilatados y cotejados con los costos, principalmente en materia social: educación, salud, vivienda, pobreza, desigualdad. Me atrevo a sospechar que la raíz del naciente culto a Chávez en Venezuela se origina en la sensación etérea que genera su martirio y la inclusión impresionista de los excluidos, y no tanto en las estadísticas de bienestar, que probablemente resulten ser mucho menos exitosas de lo que se piensa.

En cuanto a su legado latinoamericano, más allá de la fatigada e irritante retórica bolivariana, habrá que ver cómo sobreviven varios países a la posible interrupción, a mediano plazo, del inmenso subsidio chavista a sus economías: Cuba, Nicaragua, Bolivia, El Salvador, y en menor medida la República Dominicana. Como se ha escrito muy bien en estas y otras páginas, una parte de la severa crisis económica —déficit público, desplome de las reservas monetarias, inflación, escasez de todo tipo de bienes— que heredará el nuevo mandatario proviene de la cantidad de barriles de petróleo ya comprometidos con China, Cuba y otros países, y que o bien no generan ingresos, o los que generaron ya fueron dilapidados. Para los beneficiarios de esa generosidad chavista, prescindir de esos barriles dolerá tanto como la pérdida del amigo. El agradecimiento a Chávez por su apoyo difícilmente durará más que el apoyo mismo; este puede tener los días contados, cualquiera que sea el resultado de las elecciones del mes de abril.

Lo factible desde ahora, entonces, es formular una serie de preguntas sobre lo que sucedió realmente durante estos dos años de trágica agonía y muerte de un gobernante con suerte hasta que se le agotó. Las interrogantes que siguen merecerán una respuesta durante la campaña electoral que comienza en Venezuela, pero también en la conciencia de las personas que siguen acontecimientos como estos y muchos otros.

¿Qué hubiera sucedido en otro país si durante dos años el jefe de Estado en funciones se atendiera médicamente en otra nación, bajo un sigilo completo, que aseguraba que los gobernantes del segundo país supieran más del estado de salud del enfermo que la población, la oposición, los médicos y hasta el Poder Legislativo y Judicial del país propio? ¿Qué pasaría en otro país si las principales decisiones médicas las tomaran no solo galenos extranjeros y en otra nación, sino personas subordinadas por completo al poder político de ese otro país? Una cosa son los jeques y los príncipes del golfo Pérsico que se atienden de sus males cardiacos en la Cleveland Clinic, donde el Gobierno de Estados Unidos sabe obviamente cómo evolucionan, pero donde difícilmente da órdenes a los cardiólogos de lo que deben hacer. ¿Qué hubiera acontecido en otro país si durante dos años un Gobierno extranjero coadyuvara a mantener un velo de silencio y de secreto casi perfectos sobre el destino más elemental del gobernante de una nación? A estas preguntas hipotéticas se suman varias más, de orden factual, emanadas de los mismos acontecimientos.

¿Cuándo supieron Chávez y sus colaboradores que su cáncer era terminal y que le restaban pocos meses de vida? ¿Antes o después de lanzar su candidatura a la presidencia el 11 de junio de 2012? ¿Antes o después de los comicios celebrados el 16 de diciembre del año pasado? ¿Se enteraron a mitad de la campaña? ¿Cómo hubiera reaccionado el electorado venezolano de haber votado sabiendo que la persona a la que iban a elegir a la presidencia no tomaría posesión y fallecería dos meses después de su victoria electoral? ¿Cómo hubieran respondido los votantes venezolanos si a media campaña se hubiera filtrado, con fundamentos y de manera fidedigna, que el verdadero estado médico de Chávez era de encontrarse desahuciado, y que en realidad los electores estaban enviando a Nicolás Maduro a la presidencia y no a Hugo Chávez?

¿Es imaginable hoy en día algo por el estilo en un país democrático? Existe el precedente de Franklin D. Roosevelt en las elecciones norteamericanas de noviembre de 1944, cuando fue electo por cuarta vez, en condiciones de salud guardadas en secreto, y que llevarían a su muerte apenas seis meses más tarde, y en el ínterin, a su extrema debilidad en la Conferencia de Yalta. Pero eso sucedió hace 70 años. Hoy se antoja inconcebible.

Siguen más interrogantes. ¿Bajo qué condiciones de sedación, de dolor, de sufrimiento y angustia, tomó Chávez decisiones importantes a lo largo de los últimos meses, a partir del momento en que se enteró del desenlace fatal que se asomaba en el horizonte? ¿A qué tantas presiones estuvieron sujetos por parte de los cubanos? ¿Con qué autonomía y conciencia pudo resolver asuntos delicados como la devaluación del bolívar, el curso de la campaña presidencial, el apoyo o el sabotaje a las conversaciones de paz en Colombia, y la selección de su sucesor? ¿Fue óptimo el tratamiento sugerido / impuesto / escogido por los cubanos? ¿Se transfirió de verdad el equivalente de la tercera parte de las reservas actuales del Banco Central a La Habana?

Estas son algunas preguntas que deben importarles a los venezolanos y que ojalá obtengan respuesta a lo largo de la breve campaña electoral que comienza, en condiciones terriblemente adversas para la oposición. Las exequias son un acto de campaña chavista; la designación de Maduro como presidente encargado es un acto de campaña chavista; las amenazas del almirante Molero Bellavia, ministro de Defensa, de “darle en la madre a toda esa gente fascista de este país” es un acto de campaña chavista; la asistencia de varios jefes de Estado latinoamericanos al sepelio, en estas condiciones, es un acto de campaña chavista.

Pero aunque la oposición no pueda remontar todas estas tremendas desventajas, si logra arrancarle al chavismo pos-Chávez respuestas a las interrogantes planteadas, habrá avanzado mucho en preparar la reconstrucción del país. Chávez le hereda a su pueblo la veneración que este siente por uno de los suyos, junto con una sociedad polarizada al extremo y una economía devastada. Como escribió Moisés Naím, entrega una oportunidad perdida. Quizás le convenga más a la democracia venezolana que el chavismo recoja los platos rotos; pero ojalá la sociedad venezolana sepa, con pleno conocimiento de causa, cómo y cuándo se rompieron.

Benedicto,en paz. Por Armando Fuentes Aguirre (Catón)


(Proporcionado por Salvador Flores LLamas)

Benedicto, en paz

Armando Fuentes Aguirre (Catón)

“He caminado leguas y leguas, todas las leguas que Dios ha querido, y me siento cansado y un poco triste. Me detengo a reposar un momento mi fatiga, y vuelvo la vista hacia atrás. El camino recorrido es largo; se pierde en una lejanía indefinible. Pasé por lugares apacibles, de sosiego deleitoso, con verdes lontananzas que le pusieron inefable paz a mi espíritu, y atravesé por otras áridas tierras, grises, polvorosas, llenas de agrios peñascales y cardos punzadores que me acometían para desgarrar mis carnes. Veo hacia adelante, y el sendero se dobla en un recodo oscuro metido entre negros y grandes peñascales informes. ¿Está cerca, está lejos esa revuelta de la vía? Sólo Dios sabe la distancia.

Yo estoy pronto, Señor, para cuando Tú ordenes que entre en la tiniebla misteriosa de esa noche intempesta. Mas para ese atardecer tengo mi lámpara, y mientras Él no me llame para sí cum­pliré contento mi destino. Mi vida ya se encuentra en sosegada tranquilidad. Se ha aquietado en ella toda turbación; se halla en serenidad contemplativa; está en paz.

La paz de la conciencia, la dulce satisfacción del deber cumplido, valen y duran tanto para el corazón humano como la más perdurable gloria…”.

Esas palabras las aprendí de memoria hace mucho tiempo, y las he recordado hoy. Las escribió poco antes de su muerte mi ilustrísimo paisano saltillense, don Artemio de Valle Arizpe. Iba a leerlas él en una presentación pública como parte del ciclo “Trato con escritores” que presentó el INBA en la Sala Ponce del Palacio de Bellas Artes. Anciano, enfermo, Valle Arizpe asistió al acto, pero no pudo dar lectura ya a su hermoso texto, que tituló “Historia de una vocación”. Lo leyó en su lugar, con galanu­ra y sentimiento, quien era incuestionablemente el mejor lector de México: Salvador Novo. Estuve presente en la ocasión, y evoco la emoción que me causó aquel testamento literario de don Artemio, tan bien escrito, tan sincero. Memoricé después -lo dije ya- algunas de sus páginas, y las he llevado conmigo hasta este día.

Hoy las transcribo en homenaje de otro hombre anciano también, también enfermo, que se ha des­pedido del mundo con la misma serenidad y semejante paz con que le dijo adiós aquella tarde mi insigne conterráneo. Ahora el Papa Benedicto tiene el título de Emérito. Tuvo el supremo valor y la humildad suprema de la renunciación. Se va para que otra mano más firme que la suya guíe la nave de San Pedro. Milenario navio es ése; ha conocido otros vientos y otras tempestades. Los tiempos de hoy son para la Iglesia aciagos, borrascosos.

Algunos hijos suyos -pocos cuando se les compara con el número inmenso de los buenos- extravia­ron el rumbo y la dañaron. Más contra la borrasca está la roca. La renuncia de Benedicto, lejos de hacerle daño, le da a la nave más fortaleza y nuevo impulso. Aquellas palabras que arriba transcribí, escritas en México hace ya más de medio siglo por un hombre de profunda fe cristiana, Valle Arizpe, podría decirlas ahora Benedicto. También él se va tranquilo, en paz, a esperar la perdurable gloria que aguarda a quienes en medio de las tinieblas supieron dar su luz… FIN.

BENEDICTO XVI. DIOS, EL HAMBRE Y NOSOTROS. Jon Sobrino. S. J.


(Tomado de http://www.eclesia.wordpress.com )

BENEDICTO XVI. DIOS, EL HAMBRE Y NOSOTROS
JON SOBRINO, S.J., director del Centro Monseñor Romero de la UCA, jsobrino@cmr.uca.edu.sv
SAN SALVADOR (EL SALVADOR).

ECLESALIA, 07/03/13.- La renuncia de Benedicto XVI es un hecho importante. Puede mover la vida de la Iglesia en una u otra dirección. Y por lo que tiene de “ruptura sin precedentes” -lo decimos sin saber si ocurrirá, pero con esperanza de que ocurra- puede generar un ambiente propicio para la ruptura de otras tradiciones eclesiales que parecen intocables. Unas, más categoriales, tienen que ver con el mínimo acceso de los laicos, sobre todo de la mujer, a la vida, misión y responsabilidad en la Iglesia. Otras, más de fondo, tienen que ver con la concepción misma de la Iglesia -también la dogmática- como Iglesia de los pobres.

1. La renuncia de Benedicto XVI. Honradez, esperanza, libertad y soledad ante Dios

El papa ha tomado una decisión importante, y lo ha hecho con sencillez en la forma y hondura en el fondo. Ha venido a decir: “no puedo más”, lo que parece evidente dadas sus mermadas fuerzas. Más a fondo ha dicho: “No está ya en mis manos limpiar la suciedad en la Iglesia”. Los vaticanistas discutirán en qué consiste. Graves escándalos en la gestión económica que hace años llevó al suicidio de Calvi. La sombra alargada de Maciel, que además trae a la mente el desconocimiento e inacción de Juan Pablo II. Las luchas de poder entre importantes cardenales de la curia. Los historiadores lo estudiarán, pero es indudable que Benedicto XVI ha vivido bajo fuertes presiones.

Aunque en lo profundo de los seres humanos solo podemos entrar con infinito cuidado y de puntillas, pensamos que Ratzinger ha tomado su decisión por honradez con su conciencia, y que lo ha hecho con esperanza, aunque sea contra esperanza: un sucesor, con más energía y nuevas luces, con más gracia o mejor fortuna, podrá facilitar el cambio necesario. La ha tomado con libertad, expresada en el duro lenguaje sobre los hechos: miseria, suciedad, y sobre las exigencias: conversión en el interior de la lglesia. Las palabras están dirigidas a todos, in membris et in capite, se decía antes. Y no suenan como rutinarias, sino salidas del corazón: la Iglesia, y símbolos suyos importantes, se han alejado de Jesús. A él tienen que volver.

Benedicto ha tomado la decisión en un momento importante de su vida, al final, cuando los seres humanos, normales y nobles, no suelen engañarse ni engañar. Y pienso que la ha tomado “solo ante Dios”. Habrá podido consultar a algunas personas, indudablemente, pero no a “un papa”, a alguien que es mayor que él en el organigrama de la Iglesia.

Qué significa “solo ante Dios” no es fácil de comprender. A mí me ha ayudado desde que llegó a mis manos -y que con el Padre Ellacuría lo publicamos en la Revista Latinoamericana de Teología- el final del diario espiritual de Monseñor Romero. Pocas semanas antes de ser asesinado hizo un retiro espiritual, y en privacidad total le comunicó a su Padre espiritual las tres cosas que más le preocupaban: sus escrúpulos (que en él no eran sino finura de espíritu) de haber descuidado su vida espiritual, la posibilidad de una muerte violenta y la dificultad extrema de trabajar con sus hermanos obispos. Monseñor Romero se puso ante Dios, y estuvo a solas con Dios. El diálogo con su confesor no le proporcionó un apoyo añadido a su propia experiencia, aunque si le ayudó a profundizar en ella, solo ante Dios. Es bueno tenerlo siempre presente como posible experiencia.

Pocos años antes el Padre Pedro Arrupe, superior general de los jesuitas, se planteó dejar el cargo, que entonces era de por vida. En su caso, sí había un papa a quien solicitar ese favor, pero Juan Pablo II no accedió a la petición. No le parecía oportuno, pues temía que la Compañía cayera en problemas y peligros todavía mayores. Y quizás pensase también que la dimisión del General de los jesuitas abriría la puerta a la expectativa de que también el papa pudiera dimitir. Arrupe no pudo dimitir. Y se mantuvo solo ante Dios.

2. Dios y el hambre

Cuando en 1966 comencé a estudiar teología en Sankt Georgen, Frankfurt, decíamos que el mejor profesor de la facultad era Ratzinger. No enseñaba allí, sino en Tübingen, pero leíamos con avidez sus textos de clase, que eran excelentes. Me alegré de haber encontrado al teólogo Ratzinger, y años más tarde ocurrió el cambio que menciona González Faus en un artículo suyo.

Ratzinger, ni como téologo ni como papa, ha dejado de rezumar la profundidad del Theos, de Dios, pero pareciera que algo no ha llegado a lo profundo de su teología: los pobres y oprimidos, inmensa mayoría de este mundo.

Benedico XVI siente como responsabilidad suya específica, quizás la mayor, hacer presente a Dios en el mundo, especialmente en el mundo en el que está más ausente: el mundo de abundancia. Busca hacer presente a Dios para “gloria” de Dios y simultáneamente para “humanización” del mundo. Sin Dios no es posible un mundo humano, insiste. Y de ahí que desde el principio de su pontificado haya insistido en la importancia de lo absoluto y en lo nocivo de la relativización.

Benedicto es, pues, muy sensible a la deshumanización que es producto del desaparecimiento de “Dios”. Pero no se ha mostrado tan sensible a lo absolutamente inhumano y deshumanizante que es el hambre: las mayorías de pobres, oprimidos, esclavos, marginados, excluidos, asesinados, masacrados, las inmensas mayorías de la humanidad.

En mi opinión un gran aporte de la teología de la liberación, la de Gustavo Gutiérrez, Ignacio Ellacuría, Pedro Casaldáliga, quizás el aporte mayor, es precisamente haber radicalizado lo absoluto, pero de una manera específica: lo absoluto de Dios y lo co-absoluto del hambre. Sin mantener lo primero (o su equivalente en el Dios no explicitado de los creyentes anónimos, en lenguaje de Rahner), y ciertamente sin mantener lo segundo (según Mateo 25) nos deshumanizamos. Pedro Casaldáliga lo dice en palabras lapidarias: “Todo es relativo menos Dios y el hambre”.

3. Nosotros. Humanización y desmitificación del Papa

Ojalá podamos humanizar y desmitificar al papa. La tarea no es nada fácil.

Con dificultad aceptamos que el Cristo fue Jesús de Nazaret, un ser humano, un hombre. Prácticamente no conocemos lo que dice la Carta a los Hebreos, que el Cristo es Jesús de Nazaret -con ese nombre lo menciona ocho veces en la Carta; que fue hecho menor que los ángeles; que tuvo que aprender obediencia, gemir y llorar ante Dios. Y que es mediador no por poseer añadidos sobrehumanos, sobrenaturales, sino por haber ejercitado en su vida la fidelidad ante Dios y la misericordia para con los hombres. Y aun cuando lo conocemos así, difícilmente lo hacemos central en nuestras vidas, y en nuestra Iglesia.

Con facilidad deshumanizamos y mitificamos a Jesús. Y también al Papa. Le llamamos vicario de Cristo, es decir, el que hace las veces de Cristo sobre la tierra. Dicho más provocativamente, el que hace las veces de Jesús sobre la tierra. Durante la edad media, vicarios de Cristo eran los pobres. Y si mal no recuerdo, un fraile, el primero que llamó al Papa “vicario de Cristo”, sufrió una sanción canónica.

Lo que está en juego no es minusvalorar que haya vicarios de Cristo sobre la tierra. Todo lo contrario. A hacerlo realmente presente estamos llamados todos los seres humanos, hombres y mujeres. Y todos lo somos en la medida en que somos su sacramento. Expresamos su realidad en la medida en que nos parecemos a él, vivimos, hablamos y trabajamos como él. Y los mártires, además, mueren como él. Son los vicarios de Jesús de Nazaret en la tierra. Esto no nos hace inhumanamente divinos, sino divinamente humanos.

Cuesta ver así al Papa. Pero bueno será comprometernos, dentro de nuestras posibilidades, a que salga elegido alguien que, además de amplias dotes de gobierno pastoral, se parezca a Jesús y nos anime a parecernos a Jesús. Y que, con la modestia del caso, le ayudemos a parecerse a Jesús. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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La Iglesia del futuro. Óscar A. CAMPANA


(Tomado de http://www.servicioskoinonia.org/logos )

La Iglesia del futuro

Óscar A. CAMPANA


No sé cómo será la Iglesia del futuro. Sólo sé cómo la sueño. Si aún hay un lugar para un sueño histórico-teológico, aquí va uno. Invito a las personas y comunidades que lean estas líneas a soñar conmigo, para que, quizás un día, soñemos todos el mismo sueño.

La Iglesias locales

La Iglesia del futuro será aquella del pasado, aquella que el Concilio Vaticano II insinuó: una comunidad de comunidades. La Iglesia será, ante todo, la Iglesia local. Cuando pensemos a la Iglesia la imagen que asomará ya no será la de la pirámide sino la de la reunión. La Koinonía-Comunión será su nombre propio.

Para esa altura, habrán desaparecido ya los ordinariatos castrenses –resabio escandaloso de las cruzadas–, y las prelaturas personales.

No habrá otra dignidad en la Iglesia que la de ser bautizado y no habrá otra pertenencia que no sea la de una comunidad. Porque la Iglesia del futuro habrá comprendido que el sueño de comunión del Vaticano II sólo es posible si cada Iglesia local es a la vez ella misma comunidad de comunidades. Y más allá de los nombres que éstas reciban, resultará claro que la Iglesia es lo que hace, y lo que hace es crear comunidad allí donde se encuentre. Sólo la comunidad es el lugar de la Teo-fanía, porque sólo en ella puede manifestarse un Dios que en lo más profundo de su ser no es una soledad inmóvil, sino comunión de un Padre y un Hijo en la dinámica del Espíritu. Por eso la Iglesia incesantemente alentará en la historia de los seres humanos la utopía de la fraternidad de la que nos da cuenta todo el Nuevo Testamento.

El obispo de Roma

Un día, en la Iglesia del futuro, todos se habrán dado cuenta que la curia romana no tenía sustento teológico. Y entonces se disolverán los dicasterios, las secretarías y las pontificias comisiones. “La guardia suiza” será el nombre de una chocolatería, y la carrera diplomática de la santa sede será considerada una aberración no menor a la inquisición y a las cruzadas.

Ya no habrá príncipes de la Iglesia ni capellanes de su santidad. El papa dejará sus aposentos apostólicos y se retirará a San Juan de Letrán. La basílica de San Pedro será el templo de todos y el patrimonio artístico del Vaticano pasará a manos de la Unesco.

El papa será, más que nunca, el obispo de Roma. Se encargará, como todo obispo, de los problemas de su diócesis, a la que caminará incesantemente renunciando al papamóvil, sin olvidar que, como decía en el siglo II Ignacio de Antioquía, es el obispo de la iglesia local que “preside a las otras en la caridad”.

Cada tanto se reunirá con los otros obispos, quienes lo visitarán espontáneamente, sin agenda ni protocolos. Cada tanto ocupará su lugar en el Consejo Mundial de Iglesias. Y cuando el obispo de Roma muera, y como ocurrirá con todos los obispos, las comunidades de su diócesis, a través de los presbíteros y con el consentimiento de los demás obispos de la región, elegirán a su sucesor, quien no se le cambiará el nombre ni se le agregará un número.

Las Iglesias hermanas

En la Iglesia del futuro dejará de hablarse de ecumenismo. Porque ya no hará falta. Las distintas iglesias habrán aceptado sus diferencias y convivirán en el mutuo respeto, en el fecundo diálogo y en el compromiso común. Dejarán de disputarse a la gente como si fuera un botín y tratarán de dar el testimonio de la unidad desde la diferencia.

Ya no habrá comisiones teológicas que acerquen posiciones porque no habrá posiciones que acercar. Se reunirán para celebrar el pan de la Palabra y de la Eucaristía orando juntos a Dios “para que todos sean uno” (Jn 17,3). Y darán testimonio de Cristo en medio de la vida y del sufrimiento de los más pequeños.

Los ministerios

En esa Iglesia del futuro, comunidad de comunidades, toda ella bautismal, habrá estallado la pluralidad de los ministerios en la unidad de la fe, la esperanza y el amor. Por fin habrá caído el muro o el escalón que separaba al clero y al laicado. La Iglesia será, toda ella, pueblo de Dios. Y lo será realmente en cada uno de sus miembros.

Por fin se habrá comprendido la necesidad y la importancia de distinguir en el sacerdocio entre el carisma del celibato y el ministerio. Y como aún ocurre en la Iglesia que está en Oriente, habrá sacerdotes casados y sacerdotes célibes. Su formación no se hará en el aislamiento de un claustro sino en medio de la vida de la sociedad y de las comunidades. Y, como Pablo, trabajarán para ganarse su pan. El diaconado le habrá mostrado a la Iglesia que toda ella es diácona, servidora. Y este ministerio, el primero que la Iglesia se dio a sí misma, será el más anhelado por los cristianos. Los teólogos enseñarán sin otra condición que la de su compromiso con las comunidades, dejando atrás el modelo aún vigente del teólogo medieval, el “escolástico”, y volviendo al de la Iglesia de los primeros siglos, el del “teólogo-pastor”.

La catequesis, la liturgia, la lectura de la Biblia, la espiritualidad y las diversas formas de piedad popular habrán dado lugar a una gran variedad de ministerios surgidos en el seno de las comunidades y para el servicio de las mismas.

La mujer

En esa Iglesia ministerial las mujeres ocuparán un lugar nuevo y destacado. Saldrán de la sombra a la que tantos siglos de machismo y de lectura masculinizante de los escritos cristianos las habían confinado.

No habrá diversidad de sexos en los ministerios, ni siquiera en el sacerdotal. Nadie ya podrá decir que “la mujer no puede ser signo personal de Cristo porque Cristo fue varón”, como si la gracia de Dios fuera sexuada y sólo se comprendiera desde el género masculino.

Porque en la Iglesia del futuro Dios será celebrado como el Padre misericordioso que nos prepara la fiesta del reencuentro y el perdón y también como la Madre que entrañablemente nos abraza en su regazo. Tras tantos siglos de sexismo y capellanocracia, la Iglesia del futuro será profundamente comunitaria, ministerial y femenina.

La Biblia

En la Iglesia del futuro se recordará al Concilio Vaticano II como aquel que devolvió la Biblia al pueblo de Dios. Y en él, ella hizo su camino. Su lectura en las comunidades hizo descubrir en ella nuevos sentidos que estaban allí, esperando su momento. Ella alimentó la oración y el compromiso. El pueblo supo leerse en sus palabras y releerse en la historia que ella nos relata.

En ella los creyentes se reencontraron con aquel Dios misericordioso que atraviesa todas sus páginas: desde aquel que escuchó el clamor de la sangre de Abel hasta el que, en el final de la historia, enjugará todas las lágrimas. En ella habrán redescubierto el drama de Jesús de Nazaret, el profeta itinerante que no tenía donde apoyar su cabeza pero que ofreció su pecho para que el discípulo apoye la suya en él. Aquel que celebró al Dios que reveló sus secretos a los pequeños y sencillos, los pobres con los que él se identificó hasta el punto de compartir su suerte.

En la Iglesia del futuro el pueblo de Dios, comunidad de comunidades, con la Biblia en la mano, sabrá hacerse él mismo libro abierto en el que Dios siga siendo contado a los seres humanos como relato viviente de amor y misericordia.

Los pobres

La Iglesia del futuro habrá experimentado que en su cercanía a los pobres estaba toda su credibilidad y autenticidad. Y que sólo así ella podía ser, como lo quería Juan XXIII al convocar el Concilio Vaticano II, “la Iglesia de los pobres”:

“Para los países subdesarrollados la Iglesia se presenta como es y como quiere ser, como la Iglesia de todos, en particular como la Iglesia de los pobres” (Juan XXIII, Radiomensaje del 11 de setiembre de 1962, Ecclesia Christi 3. “El misterio de Cristo en la Iglesia es siempre, pero sobre todo hoy, el misterio de Cristo en los pobres, ya que la Iglesia, como dijo el Santo Padre Juan XXIII, es la Iglesia de todos, pero especialmente ‘la Iglesia de los pobres’”: Cardenal Lercaro, intervención del 6 de diciembre de 1962).

La teología de la liberación será recordada como la expresión de aquella Iglesia que mejor comprendió las insinuaciones del Espíritu que salpican aquí y allá el texto conciliar:

“Cristo fue enviado por el Padre a evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos, para buscar y salvar lo que estaba perdido; así también la Iglesia abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo.” (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 8).

“Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los seres humanos de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo.” (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes 1).

Ya nunca más la Iglesia estará del lado de los poderosos. Nunca se sentirá “mediadora” en los conflictos que involucren a los más desprotegidos: ella estará a su lado. Por fin sentirá su misión como la del buen samaritano, haciéndose signo visible del Dios que en su regazo consolará todo el dolor de la historia, del Dios que no tiene otra perfección a ser imitada que la de la misericordia. Desde su lugar junto a los pobres celebrará espontáneamente, y sin causas ni procesos, a los santos y a los mártires de los desheredados, como Angelelli, Romero y Proaño. Y luchará con todas sus fuerzas contra las causas de la pobreza y la opresión.

La Iglesia será ella misma de los pobres, que, como quienes toman posesión de una casa, habrán acomodado todo a su gusto. Y la Iglesia, por lo tanto, será ella misma pobre, no como fruto de un “voto”, sino como natural consecuencia de su conversión.

Los derechos humanos

Desde su fidelidad a los pobres la Iglesia del futuro querrá estar acompañando el compromiso de los hombres de buena voluntad por los derechos humanos, en nombre de aquel Dios que, como nos dice Santiago en su carta, no hace acepción de personas, porque en Cristo Jesús decía Pablo ya no hay ni judío ni griego, ni esclavo ni ciudadano libre, ni hombre ni mujer…

La Iglesia podrá dar la cara por otros porque en su propio seno los derechos de todos serán tenidos en cuenta: ella respetará la libertad de conciencia de los creyentes en los más variados temas y circunstancia, tomando muy en serio que la conciencia es el “santo de los santos” donde en cada ser humano Dios se manifiesta (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes 16).

En nombre de quien vino a liberarnos para ser libres la Iglesia no estará defendiendo su lugar y sus privilegios sino que será servidora de todos y testigo de la vida allí donde ésta se manifieste. Ya no cerrará sus puertas a Raquel que llora a sus hijos, sino que ella misma tendrá una pañuelo blanco en su cabeza. Ya no cerrará sus puertas a nadie, porque su casa, anticipo de la patria definitiva, será la casa de todos.

La Iglesia, taller abierto hacia el futuro

Despertando de mi sueño me encuentro con este texto escrito hace ya unos cuantos años por el cardenal Roger Etchegaray:

“… la Iglesia es capaz de encontrar las huellas del Evangelio en el peregrinar de las personas y de los pueblos. Pero cuanto más se adapta a los tiempos, con mayor razón debe dejar traslucir su aspecto original. El hombre moderno, con frecuencia decepcionado o traicionado por sus propias obras, espera mucho de la Iglesia, mucho más de lo que él mismo declara o incluso piensa. La Iglesia no puede tratar de seducir una clientela; ella sabe, desde luego, que el mundo la superará en todos los campos. Ante los retos gigantescos de este mundo, la Iglesia es como el pequeño David ante Goliat. ¿Qué tiene ella, que el mundo no pueda brindarse a sí mismo? ¿Qué será ella, que no pueda ser inventado por el mundo? La Iglesia no contesta a todos los interrogantes, pero llama a todos a que vayan más lejos, hasta las extremidades de lo humano. No traza un camino suyo propio, sino que abre un taller cada vez más amplio, hasta más allá del año 2000. No da oro ni plata, pero en nombre de Jesucristo dice: ‘levántate y anda’. Ofrece, sencillamente, el encuentro con el Resucitado, con Aquel que despierta y sacia, al mismo tiempo, un hambre de justicia más profunda que aquella de los seres humanos. Una Iglesia que enseñara a las personas sólo aquello que pueden aprender por sí solas, llegaría pronto a ser una Iglesia insignificante, carente de interés, no sería Iglesia. ¡Feliz Iglesia peregrinante en la edad nuclear, pero cuyas alforjas se encuentran llenas sólo de pequeñas piedrecillas pulidas por el torrente del Espíritu! Todos los salvamentos de este mundo, tan necesarios como sean, nunca llegarán a ser una salvación. Y esa salvación, por débil e irrisoria que pueda parecer, es la única que salva verdaderamente al ser humano, a toda la humanidad. He aquí la única ‘fuerza del Evangelio’” (“La doctrina social de la Iglesia”, en «Crecer» 35 (1990) 6).

Después de todo, quizás no seamos tan pocos. Después de todo, este sueño, en distintas formas, ya ha comenzado a ser soñado por muchas personas. Paradójicamente, para alcanzar la Iglesia soñada habrá que permanecer atentos en la vigilia del Espíritu, aquella de la mística y el compromiso, del canto y la liberación, de la gratuidad y la justicia, aquella que, como el lector atento se habrá dado cuenta, ya ha comenzado a ser dada a luz entre nosotros.

El colapso de su teología: ¿razón mayor de la renuncia de Benedicto XVI?. Leonardo Boff


El colapso de su teología: 

¿razón mayor de la renuncia de Benedicto XVI?

2013-03-09

  Siempre es arriesgado nombrar a un teólogo para la función de papa. Él puede hacer de su teología particular la teología universal de la Iglesia e imponerla a todo el mundo. Sospecho que este ha sido el caso de Benedicto XVI, primero como cardenal, nombrado Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex-Inquisición) y después como Papa. Tal hecho no goza de legitimidad y se transforma en fuente de condenaciones injustas. Efectivamente condenó a más de cien teólogos y teólogas por no encuadrarse en su lectura teológica de la Iglesia y del mundo.

Razones de salud y sentimiento de impotencia frente a la gravedad de la crisis en la Iglesia lo llevaron a renunciar. Pero no solo eso. El texto de su renuncia habla de la “disminución de vigor del cuerpo y del espíritu” y de “su incapacidad” para enfrentar las cuestiones que dificultaban el ejercicio de su misión. Detrás de estas palabras, estimo que se oculta la razón más profunda de su renuncia: la percepción del colapso de su teología y del fracaso del modelo de Iglesia que quiso implementar. Una monarquía absolutista no es tan absoluta hasta el punto de vencer la inercia de envejecidas estructuras curiales.

Las tesis centrales de su teología siempre fueron problemáticas para la comunidad teológica. Tres de ellas acabaron siendo refutadas por los hechos: el concepto de Iglesia como un «pequeño mundo reconciliado»; que la Ciudad de los Hombres sólo adquiere valor delante de Dios pasando por la mediación de la Ciudad de Dios, y el famoso «subsistit» que significa: sólo en la Iglesia católica subsiste la verdadera Iglesia de Cristo, todas las otras Iglesias no se pueden llamar Iglesias. Esta concepción estrecha de una inteligencia aguda pero rehén de sí misma, no tenía la suficiente fuerza intrínseca ni la adhesión necesaria para ser implementada. ¿Benedicto habría reconocido el colapso y coherentemente renunciado? Hay razones para esta hipótesis.

El Papa emérito tuvo en san Agustín a su maestro e inspirador, de hecho fue objeto de algunas conversaciones personales con él. De Agustín asumió la perspectiva de base, comenzando por su esdrújula teoría del pecado original (se transmite por el acto sexual de la procreación). Esto hace que toda la humanidad sea una «masa condenada». Pero dentro de ella, Dios por Cristo instauró una célula salvadora, representada por la Iglesia. Ella es «un pequeño mundo reconciliado» que tiene la representación (Vertretung) del resto de la humanidad perdida. No es necesario que tenga muchos miembros. Bastan pocos, siempre que sean puros y santos. Ratzinger incorporó esta visión. La completó con la siguiente reflexión: la Iglesia está constituida por Cristo y los doce apóstoles. Por eso es apostólica. Es solo este pequeño grupo. Excluye a los discípulos, a las mujeres y las masas que seguían a Jesús. Para él no cuentan. Son alcanzadas por la representación (Vertretung) que «el pequeño mundo reconciliado» asume. Este modelo eclesiológico no tiene en cuenta el vasto mundo globalizado. Quiso entonces hacer de Europa «el mundo reconciliado» para reconquistar la humanidad. Fracasó porque el proyecto no fue asumido por nadie y hasta fue puesto en ridículo.

La segunda tesis está tomada también de san Agustín y de su lectura de la historia: la confrontación entre la Ciudad de Dios y la Ciudad de los Hombres. En la Ciudad de Dios está la gracia y la salvación: ella es el único camino que conduce a la salvación. La Ciudad de los Hombres se construye por el esfuerzo humano. Pero, como ya está contaminado todo su humanismo y sus otros valores, no consiguen salvarse porque no han pasado por la mediación de la Ciudad de Dios (Iglesia). Por eso ella está plagada de relativismos. Consecuentemente el cardenal Ratzinger condena duramente la teología de la liberación, porque ésta buscaba la liberación por los mismos pobres, hechos sujetos autónomos de su historia. Pero como no se articula con la Ciudad de Dios y su célula, la Iglesia, es insuficiente y vana.

La tercera es una interpretación muy personal suya que da del Concilio Vaticano II cuando habla de la Iglesia de Cristo. La primera redacción conciliar decía que la Iglesia católica es la Iglesia de Cristo. Las discusiones buscando el ecumenismo, substituyeron es por subsiste para dar lugar a que otras Iglesias cristianas, a su modo, realizasen también la Iglesia de Cristo. Esta interpretación sustentada en mi tesis doctoral mereció una explícita condena del cardenal Ratzinger en su famoso documento Dominus Jesus (2000), donde afirma que subsiste viene de «subsistencia» que sólo puede ser una y se da en la Iglesia católica. Las demás «iglesias» poseen «solamente» elementos eclesiales. Este «solamente» es un añadido arbitrario que hace al texto oficial del Concilio. Tanto algunos notables teólogos como yo mismo mostramos que este sentido esencialista no existe en latín. El sentido es siempre concreto: «conseguir cuerpo», «realizarse objetivamente». Este era el «sensus Patrum» el sentido de los Padres conciliares.

Estas tres tesis centrales han sido refutadas por los hechos: dentro del «pequeño mundo reconciliado» hay demasiados pedófilos hasta entre los cardenales, y ladrones de dineros del Banco Vaticano. La segunda, que la Ciudad de los Hombres no tiene densidad salvadora delante de Dios, se construye sobre un error al restringir la acción de la Ciudad de Dios solamente al campo de la Iglesia. Dentro de la Ciudad de los Hombres se encuentra también la Ciudad de Dios, no bajo forma de conciencia religiosa sino bajo forma de ética y de valores humanitarios. El Concilio Vaticano II garantizó la autonomía de las realidades terrestres (otro nombre para secularización) que tiene valor independientemente de la Iglesia. Cuentan para Dios. La Ciudad de Dios (Iglesia) se realiza por la fe explícita, por la celebración y por los sacramentos. La Ciudad de los Hombres, por la ética y por la política.

La tercera, que solamente la Iglesia Católica es la única y exclusiva Iglesia de Cristo y, todavía más, que fuera de ella no hay salvación, tesis medieval resucitada por el cardenal Ratzinger, fue simplemente ignorada como ofensiva a las demás Iglesias. En vez de «fuera de la Iglesia no hay salvación», se introdujo en el discurso de los papas y de los teólogos «la oferta universal de salvación a todos los seres humanos y al mundo».

Alimento la seria sospecha de que tal fracaso y colapso de su edificio teológico, le quitó “el necesario vigor del cuerpo y del espíritu” hasta el punto de, como confiesa, de “sentirse incapaz de ejercer su ministerio”. Cautivo de su propia teología, no le quedó otra alternativa sino honestamente renunciar.

Contra el olvido del Espíritu Santo. Leonardo Boff


Contra el olvido del Espíritu Santo

2013-03-08

  En el artículo anterior nos esforzábamos por rescatar la dimensión del “espíritu” muy ahogado en la cultura materialista y consumista de la modernidad. Ahora queremos rescatar la figura del Espíritu Santo, siempre al margen u olvidada en la Iglesia latina. Como es una Iglesia de poder, convive mal con el carisma, propio del Espíritu Santo. Él es la fantasía de Dios y el motor del cambio, todo lo que la vieja institución jerárquica no desea. Pero Él está volviendo.

El Concilio Vaticano II afirma enfáticamente: «El Espíritu de Dios dirige el curso de la historia con admirable providencia, renueva la faz de la Tierra y está presente en la evolución» (Gaudium et Spes, 26/281). El Espíritu está siempre en acción. Pero aparece con mayor intensidad cuando se producen rupturas instauradoras de lo nuevo. Cuatro rupturas, cercanas a nosotros, merecen ser mencionadas: la realización del Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965), la Conferencia Episcopal de obispos latinoamericanos en Medellín (1969), el surgimiento de la Iglesia de la Liberación, y la Renovación Carismática Católica.

Por el Vaticano II (1962-1965), la Iglesia acompasó su paso con el del mundo moderno y sus libertades. Especialmente estableció un diálogo con la tecnociencia, con el mundo del trabajo, con la secularización, con el ecumenismo, con otras religiones y con los derechos humanos fundamentales. El Espíritu rejuveneció con aire nuevo el crepuscular edificio de la Iglesia.

En Medellín (1968) se puso a caminar con el submundo de la pobreza y de la miseria que caracterizaba y sigue caracterizando al continente latinoamericano. En la fuerza del Espíritu Santo, los pastores latinoamericanos hicieron una opción por los pobres y contra la pobreza y decidieron llevar a cabo una práctica pastoral que fuese de liberación integral: liberación no sólo de nuestros pecados personales y colectivos, sino liberación del pecado de opresión, del empobrecimiento de las masas, de la discriminación de los pueblos indígenas, del desprecio por los afrodescendientes y del pecado de la dominación patriarcal de los hombres sobre las mujeres desde el Neolítico.

De esta práctica nació la Iglesia de la liberación. Ella muestra su cara en la apropiación de la lectura de la Biblia por el pueblo, en la nueva forma de ser Iglesia de las comunidades eclesiales de base, en las diferentes pastorales sociales (de los indígenas, los afrodescendientes, de la tierra, la salud, los niños y otras) y en su reflexión correspondiente que es la Teología de la Liberación.

Esta Iglesia de la liberación creó cristianos comprometidos políticamente del lado de los oprimidos y en contra de las dictaduras militares, que sufrieron persecuciones, encarcelamientos, torturas y asesinatos. Es posiblemente una de las pocas Iglesias que puede contar con tantos mártires, como la hermana Dorothy Stang e incluso obispos como Angelleli en Argentina y Oscar Arnulfo Romero en El Salvador.

La cuarta irrupción fue el surgimiento de la Renovación Carismática Católica en Estados Unidos desde 1967 y en América Latina desde los años 70 del siglo XX. Ella trajo de vuelta la centralidad de la oración, la espiritualidad, la vivencia de los carismas del Espíritu. Se crearon comunidades de oración, de cultivo de los dones del Espíritu Santo y de asistencia a los pobres y enfermos. Esta renovación ayudó a superar la rigidez de la organización eclesial, la frialdad de las doctrinas y rompió el monopolio de la Palabra, en poder del clero, abriendo espacio a la libre expresión de los creyentes.

Estos cuatro eventos sólo se evalúan bien teológicamente cuando se ponen bajo la óptica del Espíritu Santo. Él irrumpe siempre en la historia y de forma innovadora en la Iglesia, que entonces se hace generadora de esperanza y de alegría de vivir la fe.

Hoy en día vivimos en la, tal vez, mayor crisis de la historia humana. Es su mayor crisis, porque puede ser terminal. En efecto, nos hemos dado los instrumentos de auto-destrucción. Hemos construido una máquina de muerte que puede matarnos a todos y liquidar toda nuestra civilización tan costosamente construida a lo largo de miles y miles de años de trabajo creativo. Y con nosotros podrá morir gran parte de la biodiversidad. Si esta tragedia ocurre, la Tierra continuará su camino, cubierta de cadáveres, devastada y empobrecida, pero sin nosotros.

Por esta razón, decimos que nuestra tecnología de muerte ha abierto una nueva era geológica: el Antropoceno. Es decir, el ser humano se está mostrando como el gran meteorito rasante amenazador de la vida. Él puede preferir autodestruirse a sí mismo y dañar perversamente a la Tierra viva, Gaia, a cambiar su estilo de vida y su relación con la naturaleza y con la Madre Tierra. Como una vez en Palestina los judíos prefirieron Barrabás a Jesús, los enemigos actuales de la vida pueden preferir Herodes a los niños inocentes. Se mostrará en realidad como el Satanás de la Tierra en lugar de ser el ángel guardián de la creación.

En ese momento invocamos, suplicamos y gritamos la oración litúrgica de la fiesta de Pentecostés: Veni, Sancte Spiritus et emite coelitus, Lucis tuae radio: «Ven Espíritu Santo y envía del cielo un rayo de tu luz».

Sin la vuelta del Espíritu, corremos el riesgo de que la crisis deje de ser una oportunidad de acrisolamiento y degenere en una tragedia sin retorno. En las comunidades eclesiales se canta: «Ven Espíritu Santo y renueva la faz de la Tierra».